Algunas agencias de Cáritas (Caridades Católicas) en diócesis estadounidenses habían venido recibiendo fondos federales para asistir a solicitantes de estatus de refugiado mientras esperaban audiencia judicial. Con la llegada de la administración Trump, estas instituciones perdieron repentinamente tanto el acceso a información oficial sobre las personas atendidas como los recursos económicos destinados a brindar alojamiento y otros servicios humanitarios.
El 22 de enero, la conferencia episcopal de Estados Unidos (USCCB) emitió un comunicado lamentando la retórica y las políticas migratorias implementadas a través de órdenes ejecutivas firmadas por el presidente en las 48 horas anteriores. Días después, el vicepresidente JD Vance realizó declaraciones controvertidas que encendieron el debate dentro del ámbito eclesiástico y político. En respuesta clara a la retórica de la nueva administración y específicamente a las expresiones de Vance, el Papa Francisco envió una carta de apoyo a los obispos.
EN DEFENSA DE LOS MIGRANTES
El intercambio comenzó cuando el arzobispo Timothy P. Broglio, presidente de la USCCB, manifestó su preocupación ante algunas disposiciones de dichas órdenes ejecutivas, señalando que aquellas relacionadas con el tratamiento de migrantes y refugiados, la ayuda exterior, la expansión de la pena de muerte y el medio ambiente tendrían consecuencias negativas, afectando especialmente a los más vulnerables.
Por su parte, el obispo Mark J. Seitz, de El Paso y presidente del comité de migración de la USCCB, reafirmó el compromiso de la Iglesia con la dignidad de cada persona, independientemente de su estatus migratorio. Si bien reconoció el derecho de un Estado a proteger sus fronteras, condenó las políticas que, mediante generalizaciones radicales, etiquetan a todos los migrantes indocumentados como “criminales” o “invasores”.
Citando al Papa Francisco, Seitz subrayó que, aunque nunca se dirá que los migrantes no son humanos, en la práctica se les trata como si no lo fueran, lo cual constituye una afrenta a Dios. Además, criticó las órdenes ejecutivas de Trump por socavar las protecciones humanitarias, el debido proceso y el reasentamiento de refugiados, y advirtió contra la restricción del asilo y la limitación de la ciudadanía por derecho de nacimiento, abogando por una reforma migratoria basada en la justicia y la misericordia. Esta última exhortación de los obispos es casi ancestral, pues desde hace décadas es ignorada con obstinación por la clase política.
ERROR DE NEÓFITO
La polémica se profundizó cuando, el 26 de enero, en una entrevista televisiva JD Vance comentó a Margaret Brennan, de la cadena CBS:
“Pero permítame abordar este tema en particular, Margaret. Porque como católico practicante, esa declaración me rompió el corazón. Y creo que la conferencia episcopal católica de Estados Unidos necesita mirarse un poco al espejo y reconocer que cuando reciben más de 100 millones de dólares para ayudar a reasentar a los migrantes ilegales, ¿están preocupados por cuestiones humanitarias? ¿O están realmente preocupados por sus resultados (financieros)? Vamos a hacer cumplir la ley de migración. Vamos a proteger al pueblo estadounidense”.
Y tres días después, le dijo a Sean Hannity, de Fox News:
“Como líder estadounidense, pero también como ciudadano estadounidense, tu compasión pertenece primero a tus conciudadanos. No significa que odies a las personas de fuera de tus propias fronteras. Pero existe este [concepto] de la vieja escuela –y creo que un concepto muy cristiano, por cierto– de que ames a tu familia, y luego ama a tu prójimo, y luego ama a tu comunidad, y luego ama a tus conciudadanos en tu propio país, y luego, después de eso puedes concentrarte y priorizar al resto del mundo. Mucha de la extrema izquierda ha invertido completamente eso. Parecen odiar a los ciudadanos de su propio país y preocuparse más por las personas fuera de sus propias fronteras. Esa no es forma de dirigir una sociedad”.
EL PAPA RESPALDA A LOS OBISPOS (Y LA DIGNIDAD DE TODOS)
En su carta pública del 10 de febrero, el Papa Francisco animó a los obispos a seguir reafirmando la dignidad de cada migrante a la luz de las enseñanzas bíblicas, evocando el Éxodo y la experiencia de la Sagrada Familia como refugiados. El pontífice advirtió contra equiparar el estatus de indocumentado con criminalidad, a la vez que reconocía el derecho de un país a garantizar su seguridad. Su denuncia es consistente con las abundantes estadísticas que demuestran menor incidencia delictiva entre migrantes indocumentados que entre aquellos con estatus regular, quienes a su vez son más respetuosos de la ley que el conjunto de los ciudadanos estadounidenses. El Papa condenó las deportaciones masivas que dejan indefensas a familias vulnerables y pidió políticas migratorias arraigadas en la justicia, la solidaridad y la dignidad humana. Francisco respondió claramente al intento de pontificación de Vance al afirmar:
“El amor cristiano no es una expansión concéntrica de intereses que poco a poco se amplían a otras personas y grupos. Dicho de otro modo: ¡La persona humana no es un mero individuo, relativamente expansivo, con algunos sentimientos filantrópicos! La persona humana es un sujeto con dignidad que, a través de la relación constitutiva con todos, en especial con los más pobres, puede gradualmente madurar en su identidad y vocación. El verdadero ordo amoris que es preciso promover, es el que descubrimos meditando constantemente en la parábola del ‘buen samaritano’ (cf. Lc 10,25-37), es decir, meditando en el amor que construye una fraternidad abierta a todos, sin excepción”.
Por último, el Santo Padre elogió la labor de los obispos con los migrantes, alentó a rechazar las narrativas discriminatorias e invocó a Santa María de Guadalupe –“que supo reconciliar a los pueblos cuando estaban enemistados”– para pedirle que proteja a quienes sufren a causa de la migración y la deportación.
El 12 de febrero, en el marco de una iniciativa de la universidad de Georgetown, el obispo Mark Seitz criticó explícitamente los comentarios de JD Vance sobre el trabajo de reasentamiento de refugiados encabezado por los obispos estadounidenses. Seitz se ofreció a reunirse con Vance, para que, si el vicepresidente desea expresarse de nuevo sobre la labor de la Iglesia, lo haga con conocimiento. El prelado de El Paso señaló, entre otras cosas, que la Iglesia invierte anualmente más recursos en el reasentamiento de refugiados que lo recibido en fondos gubernamentales para tal fin, y de nuevo denunció la manera en que la retórica política etiqueta a los migrantes de criminales, contribuyendo a profundizar su trauma y a fomentar prejuicios racistas. Asimismo, elogió la elocuencia del Papa y su apoyo incondicional a la misión caritativa de la Iglesia en el país norteamericano.
CONTEXTO DE POLÍTICAS PÚBLICAS
Por otro lado, por decreto presidencial quedó suspendido el programa de admisión de refugiados (USRAP) desde el 27 de enero, hasta que el ingreso de más refugiados “se ajuste a los intereses de este país”. El 3 de febrero el gobierno publicó que la secretaria de seguridad interior y exgobernadora de Dakota del Sur, Kristi Noem, determinó que las condiciones en Venezuela ya no respaldan la designación de ese país para el estatus de protección temporal (TPS), lo que provocaría que más de 300,000 personas pierdan sus beneficios en 60 días. También fueron cancelados los vuelos de refugiados que ya habían obtenido permiso de viaje, separándolos indefinidamente de sus familiares. El 6 de febrero, el nuevo jefe de la Patrulla Fronteriza, Michael Banks, afirmó que el número de cruces fronterizos ilegales se había reducido en un 90% desde la asunción de Trump. Tal parece que el despliegue de personal militar en la frontera y otras medidas recientes han dado resultado.
En cuanto a las “deportaciones masivas”, los informes noticiosos no corresponden a esa descripción, que si está en el papel tanto de las órdenes presidenciales como de la misiva papal y las declaraciones episcopales. Se ha informado que el servicio de migración y control de aduanas (ICE) está llevando a cabo búsquedas y deportaciones individuales, focalizando sus esfuerzos en migrantes indocumentados que además sean fugitivos criminales. Aunque, como de costumbre, se ha seguido removiendo del país a muchos migrantes indocumentados pacíficos, trabajadores y decentes, lo reportado aún palidece ante la expulsión de 14,000 haitianos mediante vuelos militares ordenados durante la administración Biden. Hasta el momento las cifras todavía indican que las administraciones de este último y Obama fueron mucho más efectivas también en la crueldad de las redadas en supermercados y lugares de trabajo en el interior del país.
Al mismo tiempo, asesorado por Elon Musk, el gobierno despidió a 10,000 trabajadores de la agencia de Estados Unidos para el desarrollo internacional (USAID) y congeló sus fondos. Se ha sabido que en 2024 el 97% de las contribuciones a campañas políticas provenientes de funcionarios de esta institución beneficiaron a los demócratas. Si bien mucho del presupuesto que administraban iba a parar a maniobras incluidas en el recetario globalista, como la promoción del aborto y la agenda de género, otra fracción se asignaba a programas de alimentación, alfabetización, educación para el trabajo y otros proyectos desarrollados por organizaciones como Cáritas y Catholic Relief Services. La suspensión de estos recursos y los despidos masivos han generado temores de crisis humanitarias, pese a las promesas del secretario de Estado, Marco Rubio, de mantener la financiación de ayudas auténticas alineadas con el interés nacional.
REALIDAD DE LOS MIGRANTES
Resulta paradójico que ninguna administración reciente –sin importar su tendencia política– haya incluido en su agenda la mejora en la persecución o sanción de la explotación de migrantes indocumentados por parte de empleadores. Para la clase política el asunto es obviamente muy lucrativo electoralmente; tal vez nada más. Para el país la migración indocumentada también parece ser muy rentable económicamente. Los trabajadores migrantes indocumentados suplen a personas menos productivas que viven de los planes permanentes de beneficios gubernamentales (¿votantes cautivos?). En un contexto histórico más amplio, también han venido a sustituir el trabajo de los esclavos. Los líderes de ambos partidos suelen tener un doble discurso sobre la migración irregular.
Con estimaciones que sitúan entre 11 y 14 millones el número de residentes no autorizados en el país, una deportación masiva se presenta como una tarea imposible desde el punto de vista logístico, económico y social. Muy pronto se producirían crisis que ningún gobierno desea. El presidente está enardeciendo a su base de votantes, mientras alardea para negociar a su modo con quien caiga en la trampa de agacharse ante él. En este contexto, la respuesta del Papa ha servido para unir a los obispos estadounidenses y enviar un mensaje claro al presidente, poniendo en su sitio al vicepresidente. La medida pontificia ya se prueba sabia para el bien de la Iglesia, de los migrantes y del anuncio del Evangelio. Si la retórica del gobierno sobre la migración se suaviza en las próximas semanas, así se seguirá demostrando.
Mientras tanto, Vance probablemente debería abstenerse de actuar como censor moral del cuerpo episcopal y desistir en su intento de parafrasear teología, que claramente no es su fuerte. Es admirable su historia de superación personal, partiendo de un contexto que hacía de lo más improbable su trayectoria profesional y política. Además, destaca su conversión a la fe católica como parteaguas en su búsqueda de la verdad y su afán de hacer el bien. Es un hombre que conoce y entiende el dolor humano porque lo ha vivido en carne propia. No es difícil imaginar que ha aprendido esta lección política para bien propio, del país y de la Iglesia. El panorama con el nuevo vicepresidente estadounidense se advierte esperanzador, aunque por ahora los migrantes tendrán que seguir pagando el saldo de la tensión política.
LECCIÓN A LOS OBISPOS Y A LOS CATÓLICOS
Hace 4 años, el presidente de la USCCB era el arzobispo de Los Ángeles, José Gómez, hábil operador. En aquel entonces publicó un posicionamiento similar al de Broglio, analizando desde la doctrina católica las propuestas de política pública de la recién iniciada administración Biden. La actitud del gobierno frente a la Iglesia fue muy distinta. Al mismo tiempo, el cuerpo episcopal agudizaba su polarización interna ante el riesgo de profanación pública de las especies eucarísticas por parte de políticos católicos que abiertamente promueven el grave crimen del aborto. Debatían la conveniencia de aplicar el precepto 915 del Código de Derecho Canónico, según el cual no deben ser admitidos a la sagrada comunión “los que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave”. El Papa también les escribió una carta, instándolos a mantener su unidad y no dar lugar a ciertas narrativas que colocasen como rehén político e ideológico a la Sagrada Eucaristía. Sin embargo, algunos ignoraron esa recomendación y tanto Biden como Nancy Pelosi instrumentalizaron la misa desafiando la autoridad episcopal con actitud embustera, sin diatriba ni alardes retóricos. Él se hizo fotografiar en una iglesia en Inglaterra y otra en Roma, ella en la Basílica de San Pedro. Hoy parece que la lección ha calado en la Jerarquía; esperemos que siga surtiendo su efecto.
Al respaldar la unidad episcopal, el Papa ha asestado un duro golpe mediático a la administración Trump y especialmente al vicepresidente. Lamentablemente, muchos articulistas católicos neoconservadores, cuyo profeta parece ser el reincidente inquilino de la casa blanca y no el Sucesor de Pedro, también han aprovechado la oportunidad para seguir oponiéndose públicamente al Papa y obtusamente al Evangelio. Por un lado, aseguran que Francisco se mete en un terreno partidista que no le corresponde y recurren al sofisma fantoche según el cual la defensa de la dignidad de los migrantes sería un asunto “prudencial”, distinguiéndose de la categoría de “no negociable” que solo correspondería a los crímenes de la izquierda política. Se olvidan de la Nota doctrinal del Cardenal Ratzinger, de noviembre de 2002, que hizo famosa la advertencia de que los principios éticos “no son ‘negociables’”, por tratarse de los necesarios, verdaderos y sólidos fundamentos de la vida social. Ciertamente hay crímenes más abominables que otros. Sin embargo, de las palabras del entonces prefecto de la doctrina de la fe se infiere fácilmente que denunciar selectivamente solo algunas violaciones al principio ético de inviolabilidad de la dignidad humana, ignorando sistemáticamente otras por motivos político-partidistas, revela una “concepción del pluralismo en clave de relativismo moral, nociva para la misma vida democrática”. Y es relativismo sencillamente porque su referente no es el encuentro con Jesucristo y su caridad, sino Trump (en este caso su escudero), quien no es precisamente un “conservador” de los valores eternamente vivos del Evangelio.
Es al menos lamentable la apología del insulto de un líder político contra del conjunto de los obispos estadounidenses, por el cual insinúa que sus obras de misericordia responden a intereses económicos. Igual de penoso es que se califique de partidista la respuesta pastoral del Papa y la lección teológica que esta contiene, por el hecho de dar respuesta magisterial a quien pretende, por así decir, enseñarle a Ronald McDonald a hacer hamburguesas. Incluso hay quien, sin considerar las consecuencias para los beneficiarios de los servicios correspondientes, recomienda que la conferencia episcopal renuncie a utilizar recursos públicos. Esto contrasta con la promesa evangélica de encontrarse con Cristo al acoger a un peregrino (Cf. Mt 25, 37.40). Como dice el pontífice a los obispos, “todos los fieles cristianos y los hombres de buena voluntad, estamos llamados a mirar la legitimidad de las normas y de las políticas públicas a la luz de la dignidad de la persona y sus derechos fundamentales, no viceversa.” Si esto se tilda de partidista, la acusación recae sobre el Evangelio.
EL PAPA: ¿UN LÍDER POLÍTICO?
Francisco reconoce abiertamente la influencia circunstancial de su formación política, como lo manifestó en una entrevista con el periodista Jorge Fontevecchia al celebrar diez años de pontificado. No obstante, siguiendo la nota del Cardenal Ratzinger, la Iglesia tiene el deber de juzgar moralmente las realidades temporales cuando la fe o la ley moral lo exijan. Así, por ejemplo, el Papa ha equiparado con sicarios a quienes realizan abortos y condenado las colonizaciones ideológicas de moda. De manera similar lo hicieron sus antecesores, como puede leerse en las fuentes autorizadas que relatan lo que ellos dijeron y no en las que presentan fragmentos a modo partidista. Incluso en los momentos de la historia en que algunos papas han mostrado intereses políticos propios, su voz profética –interpretada a la luz de la Revelación– ha garantizado la fidelidad al Espíritu Santo. La única clave válida para interpretar el magisterio del Vicario de Cristo y de los obispos en comunión con él es la fe de la Iglesia. Atribuir al Papa motivaciones políticas personales resulta por demás ocioso, cuando no pernicioso. El Espíritu Santo habla a través de Pedro no a pesar de su condición humana, sino precisamente a través de ella, para señalar al único capaz de redimir esa condición mediante el misterio de su Encarnación.
Manipular la doctrina de la fe para servir a ideologías o proyectos políticos convierte a los políticos en predicadores ineptos o en falsos profetas, y a sus correligionarios en fanáticos o en idólatras. Valga la ironía de citar el reproche de Dios a su pueblo por medio de Jeremías: “¿Acaso algún pueblo cambia de dioses? –¡y eso que no son dioses!” (Jer 2,11). En el fondo, lo que está en juego es el alma del pueblo. Es de esperar que al aplacarse el tono del gobierno y facilitarse las negociaciones, organizaciones como Cáritas y Catholic Relief Services puedan retomar la confianza y los recursos necesarios para seguir haciendo el bien, mientras los cristianos se compadecen de quienes sufren en carne propia las consecuencias de tácticas políticas. Cabe destacar que ninguna otra organización ha demostrado estar dispuesta a asumir la labor caritativa que la Iglesia Católica realiza con los migrantes en Estados Unidos, así como con los más necesitados en sus países de origen. De no realizarse su obra, muchos se verían obligados a emigrar, viendo aún más violentado su derecho humano a no tener que hacerlo.
CONCLUSIÓN
En definitiva, la misión de la Iglesia en relación con los migrantes y otras personas necesitadas de ayuda material no puede ser instrumentalizada para fines partidistas, sino entendida como un compromiso ineludible con la justicia, la dignidad y el bien común. Se puede debatir si esta tarea humanitaria debe o no realizarse con recursos públicos, pero cortar de tajo el flujo de estos hoy constituye un atropello inhumano. Es fundamental restablecer un diálogo respetuoso que asegure que cada recurso destinado a la asistencia caritativa se utilice para brindar esperanza y apoyo a quienes sufren por la exclusión, la precariedad y la violencia.
La labor incansable de instituciones católicas auspiciadas por el episcopado es un faro de esperanza. Es un recordatorio de que, incluso en tiempos de polarización ideológica y política, el Evangelio convoca a todos a ser portadores de misericordia. Estas organizaciones encarnan el testimonio vivo de que es posible transformar realidades y restaurar la dignidad de aquellos que más lo necesitan a través de la compasión.
Que la experiencia vivida en estos últimos años, iluminada por la voz profética del Sucesor de Pedro y de los obispos en comunión con él, sirva para reafirmar el compromiso colectivo con una justicia social que priorice el cuidado de los más vulnerables y el respeto a toda persona humana. Solo mediante liderazgos creativos basados en la solidaridad y la subsidiariedad se podrá construir una sociedad verdaderamente inclusiva y humana donde se respeten los derechos de todos.





