Trump no es Santa Claus

Juan Francisco Montalvo

Trump no es Santa Claus
El triunfo de Donald Trump sobre Kamala Harris nos dice mucho sobre Estados Unidos y las preocupaciones reales que mueven a la población, las cuales, al menos por el momento, no están centradas en la promoción de las posturas progresistas más extremas.

Compartamos una serie de reflexiones respecto al presidente Trump y lo que se puede y no esperar de él y de su gabinete. 

  1. El bache de la ideología woke

El triunfo de Donald Trump sobre Kamala Harris nos dice mucho sobre Estados Unidos y las preocupaciones reales que mueven a la población, las cuales, al menos por el momento, no están centradas en la promoción de las posturas progresistas más extremas. A pesar de esto, no debemos ignorar que lo que hoy se considera “normal” o “centrado” es bastante más progresista y liberal de lo que era hace medio siglo. La cultura popular ha convertido al aborto y a la agenda LGBT en el pan de cada día; si tienen dudas, nada más miren las producciones de Netflix y Amazon y pregúntense en cuántas se promueve, abierta o subrepticiamente, la ideología de género. Así pues, no esperemos que con la sola llegada de Trump las cosas cambien; todavía nos queda mucho por hacer. 

Por otro lado, es una buena señal que algunas compañías hayan anunciado recortes a sus departamentos de “Diversidad e Inclusión”, e incluso Disney ha llegado a eliminar cierto contenido pro-LGBT de su material. Aunque no debemos exagerar esto (todavía hay mucho material que sí promueve la agenda), parece un cambio en las aguas corporativas. Y aunque los más rabiosos progresistas aducen que esto es culpa de Trump, la realidad es más banal y capitalista. Recordemos que Trump ya ha gobernado antes, y eso no detuvo a las empresas y medios de comunicación de continuar promoviendo la ideología de género. La realidad es que las empresas se han percatado de que los contenidos con alta carga ideológica no tienen éxito económico, ya que alienan a una gran parte de la población y sólo atraen a un público limitado que comulga con dichas ideas. 

Esto no aplica solo a la ideología LGBT; es la misma razón por la que las películas cristianas, conservadoras o de nicho no suelen ser éxitos en taquilla. Las películas de superhéroes le hablan a todos los públicos sin importar su religión, estatus socioeconómico o partido político, pero una película sobre la Virgen María solo le habla al público católico practicante. 

¿Qué ha sucedido? Las empresas se han dado cuenta de que crear contenido claramente ideologizado no interesa a las personas. Uno va al cine o ve una serie para entretenerse, no para que lo adoctrinen o le prediquen. Tampoco quieren que todas las películas tengan un comentario o crítica social (de ahí que ciertas producciones recientes con propiedades intelectuales clásicas como Star Wars hayan batallado tanto desde que las compró Disney). A fuerza de fracasos en la taquilla, las empresas del entretenimiento (incluidos videojuegos) se han percatado de lo poco capitalizables que son estas agendas. 

Por otro lado, otros sectores del mercado han descubierto que los lobbies pueden hacer mucho ruido, pero no aportan gran cosa a las ventas. No por sacar una edición especial de galletas o bebidas por el “mes del orgullo” los integrantes de un colectivo comprarán más de un producto. Incluso se corren dos riesgos más grandes: parecer un aprovechado de las “causas”, lo que genera el rechazo de los colectivos a los que se intenta enamorar, y/o ganar el rechazo de los consumidores que no están de acuerdo con dichas causas (recordemos la crisis de Bud Light por aliarse con un influencer transexual). 

Así pues, tras la emoción de los 2010 por predicar el evangelio woke y comprometerse con todas las causas imaginables, así como gastar millones en departamentos cuya única función era buscar la manera de implantar dicho pensamiento y, mucho más importante, capitalizarlo, las empresas se han dado cuenta de que, salvo ciertas excepciones como el turismo por causas muy especiales, han perdido más que ganado. Este momento llegaría con o sin Trump y será una constante cada vez más clara conforme pasen los años. 

  1. Lo que sí le toca a Trump

Si la elección de Trump no puede ser ni la única ni la más importante de las causas por las que la promoción de la ideología woke está en el bache actual, ¿qué sí trajo la elección de Trump para las causas provalores? 

Lo único que con claridad podemos vincular a Trump es el retiro de fondos públicos y el apoyo gubernamental federal a causas y movimientos woke tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo, porque la mano de Washington y su presencia, maligna o benigna, se extiende por muchos lugares y más allá de sus fronteras. 

No sería extraño, aunque por ahora es sólo una suposición, que en el reciente Caso Beatriz y otros vs. El Salvador, la decisión de la Corte Interamericana de no valorar el tema del aborto haya sido influida por la reciente elección estadounidense y su miedo a atraer los ojos de Washington. 

Así pues, la retirada de fondos federales estadounidenses para la difusión de la ideología woke es algo que agradecer, aunque aún existen muchos otros fondos públicos y privados que la promueven. Igualmente, no se debe descartar, como ha pasado en momentos anteriores, que el triunfo de Trump galvanice el apoyo de los extremistas a las causas progresistas, generando nuevos espacios y recursos para promover sus agendas. Si algo han demostrado los adeptos woke, es que no les faltan recursos ni imaginación. 

  1. Trump y los duendecillos tecnocráticos

Dicho lo anterior, podemos decir que la elección de Trump sí beneficia en parte a las causas provalores, pero que su impacto tampoco es tan grande como algunos, de uno y otro bando, quisieran endosarle. Ahora bien, es importante señalar que Trump no es ni de lejos el personaje ideal ni al que los cristianos, y sobre todo los católicos, deberían unir su destino. 

Trump, al igual que muchos otros líderes populistas actuales, no es más que un excelente pupilo de Maquiavelo. Su historia es la de un empresario más que cuestionable, por no decir corrupto, mujeriego, capitalista salvaje y vinculado a lo peor del mundo de la farándula (incluyendo a Hugh Hefner). Durante toda su vida apoyó el aborto y no fue un gran paladín ni del matrimonio (ha tenido tres) ni de la fidelidad matrimonial (con múltiples amantes y affaires). Pero todo esto cambió cuando decidió cambiar su afiliación natural demócrata por la republicana y lanzarse como candidato. De la noche a la mañana, su persona y discurso se adaptaron al gusto de sus apoyos cristianos, pasando de empresario lascivo a derrochador de agua bendita. 

No quiero decir, aunque sí insinuar fuertemente, que las razones del cambio de Trump son más políticas que personales. Y, si bien esto ha servido hasta el momento, porque algo que ha entendido es que no puede traicionar a su base social y a sus financiadores, no por eso su agenda personal es completamente coherente o verdaderamente cristiana. 

Para ejemplificar este último punto, podemos señalar dos muestras. La primera es el discurso antiinmigrante de Trump. No negamos que haya migrantes que cometan crímenes, pero la realidad es que decir que todos los males de un país vienen por un grupo específico es malvado y peligroso. La historia ya lo ha demostrado infinidad de veces. Y si bien también es cierto que en los hechos su trato no fue tanto peor que el de Biden, Kamala y el resto de los demócratas (en realidad, los republicanos, hasta antes de Trump, se habían caracterizado por tratar mejor a los inmigrantes y a los latinos por considerarlos más afines políticamente), su discurso sí ha convertido nuevamente en cotidiano, e incluso aceptable, el racismo que tanto ha costado superar, polarizando e impulsando los discursos extremistas contrarios. 

La segunda muestra son los tecnócratas que ha sumado a su gobierno, cuyo ejemplo más acabado es Elon Musk, un liberal clásico. No olvidemos que los liberales clásicos como Rousseau, Montesquieu y Locke eran contrarios a la doctrina católica y, si bien ponían límites al gobierno, partían de una antropología errónea que llevaba y continúa llevando a serios excesos individualistas, tan peligrosos como los comunitaristas. Musk, aunque coincida en ciertos puntos con los cristianos (rechazo a la ideología woke y al control natal, aunque sus razones parecen más guiadas por el deseo de mantener el sistema capitalista y su propia riqueza que por fundamentos cristianos), ha sido alabado por muchos y se ha ganado un puesto en el gobierno. 

Elon Musk es un hombre que construyó su riqueza con decisiones éticamente cuestionables. Además de que ha demostrado desdén por sus empleados en diversas ocasiones, como con aquellas declaraciones en las que se negaba a mantener el home office. Este modelo, demostrado como una valiosa herramienta para que los empleados logren un mejor balance entre la vida y el trabajo y mejoren su calidad de vida, también genera mayor rendimiento en las empresas cuando los jefes se enfocan en resultados y no en el control excesivo y despótico. Sin embargo, Musk llamó “hipócritas” y “privilegiados” a quienes reclamaban el trabajo remoto, argumentando que, ya que los empleados de las fábricas no podían tenerlo, ninguno debía tenerlo, exceptuándolo a él y a sus compinches millonarios. Este argumento falaz muestra a un hombre controlador, manipulador e hipócrita. 

Hombres como Musk ahora conforman el nuevo gabinete de Trump y son la cara del nuevo Partido Republicano, uno que hombres como Ronald Reagan o Bush padre no serían capaces de reconocer. Estos son los hombres a los que los cristianos no solo de Estados Unidos, sino de muchos países, están erigiendo como sus líderes. Lamento mucho decir que esa me parece una terrible idea y que, a la larga, podrá generar mayores perjuicios. No promueven una verdadera política cristiana, sino una amalgama pseudoconservadora y liberal que generará el rechazo de muchos y tras la cual, cuando termine el gobierno de Trump, será muy complicado regresar al Partido Republicano al diseño institucional que tenía antes de convertirse en partido personal. 

Reflexión final 

Así pues, seamos críticos. Agradezcamos a Trump por lo que sí ha hecho, pero no esperemos que resuelva todo ni que sus intenciones y las de su equipo sean las más sinceras. Recordemos que los cristianos estamos llamados a exigir a nuestros gobernantes que busquen el Bien Común, y este no se puede alcanzar cuando denigramos a cualquier parte de nuestra sociedad ni cuando ponemos los intereses de algunos poderosos por encima del resto de las personas. 

Rezo también porque la paz llegue a Medio Oriente, África, Europa y nuestra propia América, y que las determinaciones que vengan de Washington, Beijing y Moscú no dejen invisibilizados ni abandonados a millones de inocentes. Sólo Dios, y no los políticos, puede darnos la paz y el orden que tanto añoramos. 

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