El 1 de junio del próximo año, la mitad de los juzgadores de este país irán a las urnas para someterse al voto popular. No fue una decisión sustentada en el conocimiento de los juzgadores, no se hizo el intento de revisar historial ético, sanciones, prestigio acumulado. No se sabe si quienes resultaron insaculados en la tómbola que armó el Senado sean los más capacitados, o los mejores. No se tiene idea sobre su conducta ni su calidad moral, no sabemos si han aceptado componendas, si han rechazado propuestas corruptoras.
Lo que sí sabemos es que todos estos Jueces y Magistrados han recorrido el camino de los exámenes y los cursos y las capacitaciones para llegar a serlo. La experiencia acumulada por los juzgadores de México ha sido echada al caño, y con ella, la capacidad de servicio a la sociedad y lo que esto representa para miles de mexicanos.
Muy probablemente entre los sorteados hay algunos faltos de probidad y algunos corruptos, pero entre los que se quedaron, la probabilidad es exactamente la misma (a ellos también les tocará irse en 2027). A rajatabla, injusta y arbitrariamente, se terminó con la carrera judicial en México. Y mientras las preguntas se multiplican, el proceso continúa, acumulando más dudas, más enojo, más frustración.
Este es solamente un botón de muestra de cómo se están demoliendo las instituciones en nuestro país. La larga lista de vulneraciones al Estado de Derecho, aunada al avance impune del crimen organizado con el consecuente aumento de la violencia, y los signos ominosos que envían los inversionistas extranjeros y las calificadoras internacionales, está llevando a la sociedad a un estado de angustia e impotencia.
Esta realidad tan deprimente suscita reacciones de todo tipo. Las hay de aceptación pasiva, ignorando – o pretendiendo ignorar – las consecuencias devastadoras que llegarán tarde o temprano a incidir en la vida familiar y personal. También existe la reacción furiosa, iracunda, de quienes deciden romper con lo establecido y huir de la realidad, encerrándose en el espacio de la crítica a todos y a todo, salvo por supuesto, a sí mismos.
Sorprende otro grupo de personas que han empezado a ver que lo que sucede no está tan mal como ellos habían pensado, porque todo es cuestión de acostumbrarse. Son los acomodaticios, los tibios, los que pactan, los que cambian de modo de pensar según soplen los vientos.
Pero hay otros – entre los que me encuentro – que no se identifican con ninguno de los grupos anteriores, que siguen considerando que no podemos darnos por vencidos, en quienes sigue teniendo cabida la esperanza. Con ellos y para ellos es que presento algunas ideas que pretenden abonar para encontrar, en conjunto, salida y respuesta y asidero.
No pretendo sofocar la indignación que nos produce el avance de la destrucción sistemática de lo que hemos venido construyendo durante los últimos años. No intento dar recetas para elaborar sesudas estrategias de reivindicación. Busco aportar ideas constructivas dentro del caos, que nos dispongan al análisis sereno, la reflexión de largo plazo, y la acción decidida y coordinada.
La primera herramienta de la que propongo que echemos mano es la TOLERANCIA.
La tolerancia en su aspecto negativo presupone razones para no admitir acciones o creencias de otros, y se expresa en el acto de soportar o aguantar, con la finalidad de no generar graves conflictos. En el pasado se le identificó con la necesidad de aceptar la existencia de creencias distintas en el ámbito de la religión, y así evitar que se desencadenaran guerras de religión o cismas.
El término ha evolucionado a un aspecto positivo, consistente en el esfuerzo por reconocer las diferencias y comprender a los otros, aceptando su derecho a ser distintos. La tolerancia se opone a la indebida exclusión del diferente, y se traduce en respetar sus formas de pensar, de vivir y de actuar.
Ahora bien, para poder practicar la tolerancia, se requiere de gran firmeza de principios, puesto que el recto ejercicio de la tolerancia no se debe entender como actitud permisiva ante conductas ilegales o violentas, o con un ‘laissez faire, laissez passer’ para evitar conflictos, discusiones o rompimientos.
Esta acepción positiva de la tolerancia no nos exime del análisis serio y crudo de la realidad, ni mucho menos del rechazo a todo aquello que vulnere la dignidad humana. Es precisamente esta dignidad la que da sustento a la tolerancia, al reconocimiento de que aun cuando profesemos creencias diferentes o proclamemos valores distintos, todos los seres humanos poseemos idéntica dignidad.
Algunas sugerencias para practicar la tolerancia son la escucha activa y la mente abierta. Adquirir la capacidad de tomar lo que dicen los otros sin rechazarlos de entrada. Reflexionar sobre sus posiciones considerando el contexto en el que viven y poniéndonos en su lugar. Esto nos ayudará a comprender sus actitudes y sus propuestas.
La intolerancia, por contrario, consiste en el rechazo ‘a priori’ de todo lo que viene del otro solo porque así es, sin permitirnos un ápice de escucha o la mínima aceptación de sus propuestas. Atrincherarnos en la intolerancia jamás nos permitirá construir puentes de entendimiento con los demás.
La práctica de la tolerancia nos permitirá convivir en el ambiente crispado del presente sin perder la cabeza. Podrá ayudarnos a focalizar los graves problemas que enfrentamos sin distraernos en cuestiones superficiales. Nos dará espacio para detectar resquicios de racionalidad por donde pueda caber la posibilidad de iniciar un diálogo constructivo.
Será necesaria una buena dosis de tolerancia para no caer en la tentación de rechazar automáticamente todo lo que proceda del oficialismo. Seguramente cuando este artículo se publique los avances destructivos se habrán acumulado. Por eso la dosis de tolerancia deberá ser mayor, aunada por supuesto a muchos otros valores de los que nos ocuparemos en entregas posteriores.
Para empezar, propongo respirar hondo y reafirmar nuestra convicción de no darnos por vencidos.
Referencias:
La Tolerancia en la Historia, Andrés Botero, 2009
Día Internacional de la Tolerancia, noviembre 16. ONU, 1996





