Ante el clima de violencia en México presentado por los medios, nos surge un cuestionamiento: ¿lo que está pasando es resultado del crimen organizado o es el crimen organizado un instrumento que está reflejando una serie de conflictos mucho más profundos? Sobre todo, si consideramos que se trata del proceso electoral de mayor envergadura en la historia de este país.
Hasta la fecha existe un problema recurrente en sus procesos electorales: la reelección tanto de las autoridades como de los representantes. Solamente en el siglo XIX, a nivel presidencial, tenemos ejemplos como el de Antonio López de Santa Anna (siete veces), Nicolás Bravo (tres veces), Benito Juárez, quien fallece en el proceso y, Sebastián Lerdo de Tejada quien va a ser frenado en su intento con dos levantamientos armados. Estos movimientos, con base en los planes de la Noria y de Tuxtepec, fueron organizados por Porfirio Díaz cuando afirmaba: “que no haya otra reelección y ésta será la última revolución”. Es difícil dudar de la naturaleza revolucionaria de Porfirio Díaz ya que, al reelegirse por más de treinta años, alimentó el origen y desarrollo de la Revolución Mexicana de 1910. Después, Francisco I. Madero fue electo presidente con el lema “sufragio efectivo, no reelección” y, al final de la contienda armada, en una comida al sur de la Ciudad de México, fue asesinado Álvaro Obregón como presidente reelecto.
Sin embargo, parecería que los mexicanos no aprendemos de la historia. Una vez más, a partir de la segunda mitad del siglo XX, los grupos formales del sistema político mexicano han ido incorporando la reelección de diferentes cargos y de formas variadas. A tal grado que en la actualidad se perciben dos grandes problemas: por un lado, una clase política formada por actores que pasan de un cargo a otro, ya sea repitiendo en la misma responsabilidad administrativa o de representación y; por otro lado, la necesidad de legitimar su actuar con la incorporación de una ciudadanía cada vez más alejada del vínculo con sus autoridades y representantes. ¿Cómo podría explicarse el hecho de que en el congreso se encuentren, en proceso de reelección, más de tres cuartas partes de sus integrantes?
En la democrática Atenas los gobernantes eran también los gobernados mientras que, en el sistema, mexicano es cada vez mayor el alejamiento entre unos y otros. Se debe recordar que la democracia es entendida, siguiendo la visión clásica, como un régimen político caracterizado por la toma de decisiones públicas a partir de la base de la estructura social. En Atenas los demos eran la forma más íntima de organización social después de la familia nuclear. Y cada demo, en el Siglo IV A.C., elegía 5 representantes a la bule o cuerpo legislativo de esa comunidad. La democracia, por concepto y por tradición, implica la participación de la ciudadanía en las decisiones públicas. Entonces, ¿Por qué es necesaria la participación ciudadana en las organizaciones y los procesos democráticos? Una respuesta podría ser por la formación, existencia y permanencia de una clase política la cual, aunque se denomine democrática, genera y desarrolla comportamientos oligárquicos. Es decir, de procesos de toma de decisiones públicas a partir de grupos sociales y no de la colectividad y, en beneficio de ellos mismos.
Con base en ésta situación se podría entender porque, en éste sistema llamado de democracia representativa, el papel de los grupos facticos, entendidos como sectores u organizaciones al margen de las instituciones políticas, sea el de permitir un medio de acceso a las decisiones públicas. Es aquí entonces donde replanteamos y modificamos un poco la pregunta inicial: ¿es el crimen organizado el generador o el instrumento de la inseguridad en México?
La naturaleza de la vida política presenta la constante del conflicto. Los griegos la llamaban polemología. Hoy en día la polemología se entiende como el estudio de la guerra y es atendido principalmente por organizaciones militares. Sin embargo, cualquier relación humana genera, de manera recurrente, situaciones de conflicto. Simplemente porque la realidad nunca es percibida, entendida y juzgada de manera homogénea. En ese sentido, la política aparece como el ámbito propio del planteamiento, discusión y armonización de las diversidades sociales. El arte de generar y de vivir en una comunidad requiere de la polemología. Quizá por eso, el militar y filósofo prusiano Carl Von Clausewitz definió a la guerra como: “la extensión de la política por otros medios”. En ese sentido, ¿podría también el crimen organizado ser entendido como la extensión de la política por otros medios? Estamos convencidos que el caso del actual proceso electoral en México permite responder, de manera afirmativa, a ese cuestionamiento.
A partir de los planteamientos anteriores, podríamos concluir varios aspectos: primero, la necesidad de incorporar la participación ciudadana a las organizaciones y procesos políticos implica que el sistema político o no es democrático o, requiere de modificaciones estructurales importantes. Segundo, la reelección en México ha sido una constante de generación de problemas sociales por lo cual su eliminación, o al menos su limitación importante, podría ser una vía alternativa para su solución. Tercero, la presencia de una clase con un claro comportamiento oligárquico en México permite suponer que el crimen organizado podría haberse convertido en un grupo fáctico. Cuarto, de no ser así, podría afirmarse entonces que el crimen organizado se ha convertido en una extensión, de la política por otros medios. Por último y con base en todo lo anterior podríamos afirmar que el clima de inseguridad contiene una naturaleza instrumental, tanto como concepto, como, de hecho, susceptible de ser empleada por los diferentes actores de sistema político mexicano.





