Polibio, el historiador griego que estudió el desarrollo de Roma en el Siglo II antes de Cristo, entre sus muchas contribuciones a lo que hoy llamamos Ciencia Política, observó la curva que puede representar el nacimiento, desarrollo y declinación de los imperios, así mismo señaló que una de las causas de esa declinación es la pérdida de las virtudes que inicialmente le dieron la energía para desarrollarse, en pocas palabras, digo yo: la corrupción.
La corrupción se ha vuelto en el inicio de este siglo XXI un tema que salta con demasiada frecuencia en las noticias, no es que la corrupción sea novedad, siempre la ha habido, Rubén Darío dice en su bien conocido poema que “en el hombre existe mala levadura”, los tlatilcas lo plasmaron en una de sus bailarinas representándola con dos caras y los católicos sabemos que esa mala levadura es la concupiscencia, una cierta inclinación al mal que los hombres necesitamos dominar viviendo en las virtudes.
Todo esto viene al caso porque ahora podemos desgraciadamente constatar que una corrupción muy desarrollada está llevando a declinar no un imperio, sino toda una civilización o a varias civilizaciones.
En estos días la noticia de que el presidente de un país, de una nación entera, pequeña sí, pero una nación, Juan Orlando Hernández resultó, según las noticias, un hombre con doble vida: por un lado se mostró como un ejemplo de combate a las drogas y por el otro un promotor de vicios.
Una regla de la economía es que el bien dinero, es un “bien escaso” y por lo mismo, su empleo debe ajustarse a criterios de rentabilidad para invertirse; pero, hoy estamos constatando un perverso fenómeno: el dinero que proviene de la venta de estupefacientes es abundante, al grado de que no puede considerarse un “bien escaso” y por lo mismo se puede invertir casi indiscriminadamente.
Se puede invertir para ampliar el negocio sin límite de fronteras, para comprar voluntades, para corromper autoridades, autoridades que deberían evitar la distribución de los enervantes.
De esta suerte se establece un círculo perverso que, de no detenerse, puede causar que decline no una nación, no un imperio, sino toda una civilización. De hecho, podemos pensar que estamos tocando fondo y por lo mismo, más que enderezar la curva lo que necesitamos es un renacer.
Esta afirmación empata con observaciones de más de un analista de la historia; estamos cerrando el ciclo de la Modernidad, ¿lo hemos cerrado?, la que se hizo más profunda con la Ilustración, sus promesas se han incumplido, sus promesas: “cuando los hombres volverán a ser hermanos”, eran falsas.
Ya varios líderes sociales señalaron en escenarios mundiales, Davos, en relación con la crisis financiera de 2007, que la economía no puede manejarse sin ética, sin moral. Hablaron de ética kantiana, de consciencia de Humanidad.
Estrictamente, no podemos limitar el concepto solamente a la economía, lo arriba dicho lo demuestra; no podemos vivir la vida sin moral; suena elegante, suena académico citar la ética kantiana, sin embargo, para contener esa “mala levadura” necesitamos raíces más profundas, necesitamos la consciencia de que tenemos que entregar cuentas de nuestras vidas a un poder superior, hay otro nivel.





