La corrupción es un problema latente que se materializa profundamente en las instituciones de Latinoamérica, la cual termina también impregnando la cultura misma de los individuos. Denunciamos la corrupción hasta que esta nos conviene, sin importar nuestro credo, religión, ideología o cosmovisión en general. ¿A quién culpamos? Podríamos culpar a las instituciones gubernamentales encargadas de la justicia y la transparencia, al sistema económico que te encierra y, a su vez, te presenta vías de escape inmorales.
Podríamos culpar a las potencias mundiales y la manera en que manipulan la geopolítica global, o inventar culpables, que no faltan cuando se tratan de problemas locales y/o personales. Sin embargo, olvidamos que, ante falta de convicciones atemporales, también hemos decidido ser parte del juego. Nos mantenemos indiferentes al mal que no nos molesta, y permitimos que este se vaya acumulando poco a poco. Pasan los días, meses, años y décadas, hasta que esto, inevitablemente, se vuelve insostenible. La corrupción frente a nosotros se agiganta al punto que se hace una monstruosa realidad que nos atemoriza enfrentar.
La corrupción en América Latina no se limita a las altas esferas gubernamentales; también se manifiesta en las acciones cotidianas de ciudadanos comunes. El último informe del Barómetro Global de la Corrupción en Latinoamérica y el Caribe señala que prácticas como el soborno a funcionarios para agilizar trámites, la evasión de impuestos por parte de pequeños comerciantes y profesionales independientes, el uso indebido de influencias para obtener beneficios personales, la compra de votos en procesos electorales y la extorsión sexual para acceder a servicios públicos son ejemplos de cómo la corrupción se infiltra en la vida diaria, perpetuando una cultura de impunidad y descomposición social.
Y es irónico que todos desean cambio, bienestar y justicia, pero son pocos quienes están predispuestos a trabajar para alcanzarlos. Mientras más grande la abominante corrupción, más grande es la lucha y el esfuerzo. El empeño será proporcional a la indiferencia permitida: pequeños cambios demandan pequeños sacrificios; cambios totales demandan una entrega total. ¿Quién estará dispuesto a servir al bien de los demás? ¿Quién entregará su vida para acercar el cielo a la tierra?
“Dios ha muerto. Parece que lo mataron los hombres” es la frase que todos recuerdan de Nietzsche -usada fuera de su contexto por quienes nunca lo leyeron o estudiaron-. En ella, Nietzsche hablaba de la pérdida del cimiento fundamental de nuestros valores e instituciones, y premonizaba el caos social en donde todos crean sus propios valores, desde experiencias superfluas, sin anclaje alguno. En su libro “Así habló Zaratustra”, Nietzsche decía que hemos matado a Dios y no hay suficiente agua en los océanos para limpiar la sangre de nuestras manos, convirtiéndose así en un visionario del sinsentido cuando los seres humanos decidieron ensalzarse ante Dios debido a la revolución científica. El filósofo alemán propuso la idea del Übermensch o el Superhumano: un individuo que no era esclavo de su realidad material y social, sino libre de esculpir sus propias características y valores a tal punto que redefine las virtudes de su vida ante la muerte de Dios. Una idea que muchos abrazaron ingenuamente, ya que Nietzsche ignoró la finitud del ser humano y como el tiempo es el verdugo que impide al individuo la redefinición de los valores.
Si somos incapaces de convertirnos en el superhumano, ¿a quién miraremos? ¿En quién pondremos nuestra esperanza? ¿Quién dictará nuestros valores? Estas preguntas tal vez sean necesarias, pero son incorrectas. La verdadera pregunta que debemos hacer es: ¿Realmente ha muerto Dios? Y si… Dios ha muerto, murió en una cruz, pero también resucitó y trascendió a la eternidad redefiniendo -para siempre- los valores de la humanidad, desde su época. Su enseñanza nos resulta contradictoria porque para ser grande, nos pide servir; para ser el mayor, ser el menor; para ganar, hay que renunciar; y para vivir, hay que morir. Este conjunto de valores contradictorios a la naturaleza humana redefinió la historia, la justicia, las instituciones y la vida en comunidad. Tras la revolución científica, la soberbia humana hizo creer al mundo que Dios había muerto, mientras que solamente había sido olvidado. Sin embargo, olvidarnos de Él nos reveló su existencia -o la necesidad de esta.
El mesías, que ha sido olvidado, es la perfecta metáfora y arquetipo de la renuncia que todos debemos realizar para acercar el cielo a nuestras comunidades (y sí, soy consciente de que Cristo es mucho más que una metáfora o un arquetipo, escribo sin ánimos de afectar las sensibilidades de nadie; sin embargo, por la simplicidad de este argumento, me centraré la idea jungiana del arquetipo de Cristo). Jesús es la ejemplificación misma del ser, aquello más alto que uno puede ser en armonía con todo lo que existe; aquel que estuvo dispuesto a sacrificarse a sí mismo en misericordia por los demás; aquel que lo perdió todo para ganarlo todo; aquel que resistió las más altas tentaciones y evitó el confort de lo seguro; aquel que no se corrompió aun cuando este era el camino ‘más sensato’; aquel que atravesó el infierno para acercarnos al cielo.
Sin embargo, lo hemos olvidado. Nos hemos convertido en seres serviles a nuestros deseos egoístas, convirtiendo al placer en nuestro estándar y al orgasmo en nuestro dios. Hemos olvidado la perfección de lo trascendente; e hicimos de la justicia un deseo temporal. Hicimos del confort la norma y que la tentación defina el camino. Deseamos ganarlo todo sin perder nada. Anhelamos venganza antes que justicia y poder antes que misericordia. Amamos el sistema porque nadie puede señalar nuestra propia corrupción, ya que esta se hace invisible en el mar de la indiferencia y el sufrimiento. ¡Sálvense quien pueda! Ese es el compás que marca nuestras decisiones. El camino ancho se ha ensanchado aún más debido a las incontables sandalias que lo transitan. El camino angosto es apenas transitable, ya que contados individuos son quienes marcan sus pasos sobre este sendero.
Entonces, ¿a quién culpamos? ¿A las instituciones? ¿Al sistema? ¿Al poder de turno? ¿A la geopolítica? ¿A la historia? ¡Se buscan culpables! -grita la narrativa mundial ante las respuestas fallidas por no reconocer la verdadera-. Mientras tanto, muchos ignoran al elefante en la sala y nutren su narcisismo con interminables e incontables causas sociales que hablan mucho pero hacen poco. ¿Elefante? más bien un engendro grotesco y necrótico que todos evitan por el terror a hacerlo visible. Entonces, ¿cómo esperamos el cambio si nadie quiere atravesar el caos? ¿Cómo esperamos el cielo si nadie quiere transitar el infierno? ¿Cómo esperamos la salvación si nadie quiere sacrificarse a sí mismo? ¿Cómo esperamos vivir en armonía si nadie desea negarse a sí mismo por amor a los demás? ¿Cómo esperamos acabar con la corrupción de nuestros países si no estamos dispuestos a tomar el camino angosto?
El cielo que deseamos está al otro lado de la renuncia que estamos evitando. El bienestar que anhelamos está al otro lado de las verdades que callamos. La justicia que buscamos está al otro lado de la corrupción que no denunciamos. El camino que no vemos está al otro lado de las responsabilidades que estamos ignorando. La salvación de quienes amamos está al otro lado del sufrimiento que estamos evadiendo. La convicción que necesitamos está en el verbo que hemos negado.
La justicia que no hacemos es la corrupción que estamos permitiendo. El bien que no hacemos es la maldad que se sigue extendiendo. Somos responsables no solamente por lo que hacemos, sino también por aquello que dejamos de hacer. El cambio que deseamos no será inmediato, pero la respuesta es eterna. Doce personas transformaron el mundo para siempre a través de ella. Y quizás, y solo quizás, la redención de nuestros países yace en esta respuesta incorruptible que hemos olvidado.





