Hasta el momento permanecen tres aspectos de la realidad de difícil respuesta: ¿cuál es el sentido de nuestra existencia sin haberla decidido?; ¿porque tenemos que morir? y, finalmente, ¿podemos decidir la forma de la existencia y de la muerte? Su respuesta tiende en dos grades direcciones: en la aceptación de una presencia misteriosa que podría dar respuesta y sentido a los cuestionamientos; o en la esperanza de encontrar una respuesta lo más evidente posible. De esta forma, surge entonces otra pregunta ¿podría el acompañamiento ayudar a encontrar el sentido de los cuestionamientos en el campo de la política? En ésta exposición aporta una reflexión para la cual es necesario definir dos aspectos: por un lado, que la actividad pública se desarrolla tanto en el ámbito teórico como en el práctico de la política y, por otro lado, postular dos hipótesis iniciales –a nuestro juicio- básicas: la primera es que Dios existe; y, la segunda, que ese ser no somos nosotros. De la respuesta a ambas se determinará la forma del acompañamiento.
Para la primera hipótesis se plantean dos posibilidades de respuesta: la negación o la aceptación de la existencia de Dios. Cuando se parte de la hipótesis de la inexistencia de la divinidad las respuestas a las preguntas últimas de ¿cómo llegamos aquí?, ¿por qué y para qué existimos?, ¿a dónde vamos? o ¿qué pasa después de la muerte? Pueden tener significado, pero carecen de sentido. Es decir, nos encontramos rodeados y dominados por la nada y entonces eso significa que no hay sentido pues tanto el origen como el destino no existen. Lo dominante, finalmente, es la nada.
En contraparte, la respuesta positiva a hipótesis de la existencia de Dios abre la puerta, por un lado, al reconocimiento de la existencia de un ser superior, y, por otro lado, nos permite al mismo tiempo dos diferentes opciones: reconocer nuestra naturaleza de creaturas o afirmar que dios existe porque ese, somos nosotros. Ésta última respuesta abre también otra puerta a una doble opción: por un lado, que yo sea el único dios y por lo tanto termine -como un gran número de gobernantes- sumido en la tiránica locura del poder como dominio o, por otro lado, en la consciencia de que si yo soy dios, también tu eres dios y, en consecuencia, todos y todo es dios.
El controvertido Alejandro Jodorowsky, citando a RamaKrishna del siglo XIX, dijo: “yo no creo en dios, lo conozco” y agregó “estoy de acuerdo porque yo soy lo que conozco por lo tanto yo soy dios, todos somos dios”[1]. En ese sentido, parecería que la nada y el todo –paradójicamente- se encuentran, que se tocan en un punto, es decir, que su naturaleza es similar. Si dios es todo y todos somos dios entonces su naturaleza deviene en nada y si en contraparte, solamente existe la nada, entonces se trata de un dios que domina tiránicamente el todo.
Desarrollo del Vínculo
Para abrir la posibilidad a un acompañamiento que pueda trascender, es necesario reconocer la presencia de dos seres diferentes, de dos entes, con consciencia, libertad y voluntad, es decir de dos personas quienes, además, están interesados en establecer un vínculo. El acompañamiento implicaría el descubrimiento y el fortalecimiento del vínculo entre estas dos personas, entre las dos libertades, las dos voluntades y los dos entendimientos diferentes: el de la consciencia absoluta de todo y el de la consciencia de sí mismo como –interpretamos- afirmaba San Agustín. Por ello la necesidad de reconocer las dos afinaciones: Dios existe y, ese no soy yo, nos dirige a reconocer que hay un creador, que somos creaturas y que –gracias a la libertad y a la voluntad- Dios es Todo en todos.
Cuando una persona descubre a otra más grande y desea conocerla, el primer resultado que obtiene es la apertura de sus sentidos y, sobretodo, de su corazón. Ésta es, a nuestro juicio, la primera condición para un acompañamiento. En ese sentido, encontrar en la vida pública esa disposición no parece algo sencillo. La cultura dominante contiene una serie de preconceptos y de prejuicios que lo dificultan.
Por lo anterior, proponemos como fundamento para un acompañamiento trascendente en el ámbito de la política, el ubicar las características básicas del acompañante y del acompañado. Ambos requieren adoptar una actitud de apertura. Mientras el acompañado podría ocuparse por descubrir la presencia del Misterio, es decir, de Cristo Resucitado en su vida; el acompañante debe centrarse en descubrir las formas de dicha presencia y en orientar los sentidos del acompañado para la descubierta.
Primera Escena
Dos escenas del evangelio nos presentan ejemplos de lo anterior. La primera se da en lo que entendemos como el inicio del cristianismo, en la actitud de San Juan Bautista cuando ve pasar a Cristo e inmediatamente lo señala a sus discípulos:
“estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?». Ellos le respondieron: «Rabbí –que traducido significa Maestro– ¿dónde vives?». «Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde”. (Jn. 1:35-39)
San Juan Bautista estaba plenamente consciente de su función ante la presencia de Cristo. Él era solamente un instrumento, un apoyo, un elemento de ayuda para que los demás -en particular sus discípulos-, descubrieran al Mesías. No se encontraba interesado en afirmarse a sí mismo sino a la razón de su vida. Era un educador cuya labor consistía en ser testigo, en afirmar y en mostrar la Verdad. Esto es algo necesario en la vida política y en el desarrollo pleno de cualquier comunidad humana. San Juan lo repitió constantemente hasta dar la vida:
- «Este es aquel del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo» (1:15).
- «Yo no soy el Mesías» (1:20).
- «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías» (1:23).
- «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia» (1:26-27).
- «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel» (1:29-31).
- «He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo». Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios» (1:32-34).
Anunciar su llegada, señalar su existencia y ser testigo de su presencia son las características necesarias para un acompañante espiritual. Quizá por ello Jesús mismo afirmo:
- Él es aquel de quien está escrito: «Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino». Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y, sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él (Mt. 11:10-11 y Lc. 7:27-28).
Segunda Escena
La segunda escena del evangelio la encontramos con María en las Bodas de Caná. En ese pasaje se evidencia la naturaleza maternal de María en cuanto a la preocupación por los problemas de su comunidad. De igual forma es clara la confianza, la autoridad y la delicadeza para orientar la acción de su hijo. Para ésta reflexión nos parece importante su papel de acompañante espiritual al dirigir nuestra atención a la presencia del Misterio, su hijo, y a indicar lo que hay que hacer: “todo lo que Él les diga” (Jn.2:5)
Éstas escenas sintetizan el rol del acompañante. Una actitud paterna y materna donde lo más importante es el vínculo entre dos personas: el Espíritu y el acompañado. La gran dificultad podría presentarse en la tentación, en la pretensión del acompañante por afirmarse a sí mismo y no a la presencia del Misterio. Para ello, sería de gran ayuda el permanecer siempre abiertos a la Verdad y centrarnos en ayudar a los demás a crecer. Una clave para identificar si el acompañamiento no ha caído en esa pretensión de la autoafirmación sería la disposición para saber cuándo y cómo poder dejar a las personas en libertad, como San Juan Bautista con sus discípulos.
Cuando eso suceda, será posible escuchar a los acompañados referirse de su acompañante, de la misma manera como Gregorio de Nacianceno se dirigía a Basilio el Grande:
“Desde el principio he visto en ti, y aún veo en ti, la guía de mi vida, la maestra de mi fe y de todo lo que se puede decir de la belleza. Si otro se jacta de tus méritos, ciertamente lo hace conmigo y después de mí, a tal punto que soy vencido por tu misericordia e interactúo contigo. […] el mayor bien en esta vida mía es la amistad y la intimidad contigo”.
En ese sentido, el acompañamiento trascendente tiene por sí mismo una riqueza para el crecimiento de las personas que en él intervienen y de la comunidad a la que pertenecen. La primera, en cuanto a que las personas son vistas de manera completa, integra u holística al preocuparse de la trascendencia, pero también de la presencia del Espíritu en la cotidianeidad de la vida. Esto último lleva, de manera implícita una preocupación por los aspectos emocionales y materiales. Tal es el caso de Gregorio de Nyssa quien plasmó en “De Virginitate” la importancia por evidenciar con obras el acompañamiento:
“aún más eficaz que la enseñanza de las palabras es la exhortación por las obras […] toda palabra considerada sin obras, aunque esté muy adornada, se asemeja a una imagen sin vida, que tiene sólo una apariencia floreciente debido a los matices y colores; «el que actúa y enseña en cambio», como dice un pasaje del Evangelio, es verdaderamente un hombre vivo, hermoso, activo y dinámico”
Lo anterior es un caso similar al planteado por San Benito en el capítulo dos de “La Regla” al indicar la clase de hombre en que deberá convertirse quien dirija la Orden lo cual es -sin duda- un bello ejemplo para el acompañamiento espiritual en la vida política:
“el Abad nunca debe enseñar, prescribir o mandar (que Dios no lo permita) nada contrario a las leyes del Señor; pero sus mandamientos y enseñanzas deben ser inculcados como levadura de justicia divina en la mente de sus discípulos. … sepa el Abad que cualquier falta de provecho que el dueño de la casa encuentre en las ovejas, será culpa del pastor. […]. Por lo tanto, cuando alguien toma el nombre de Abad, debe gobernar a sus discípulos por una doble enseñanza; es decir, debe mostrarles todo lo que es bueno y santo por sus obras más que por sus palabras; explica los mandamientos de Dios a los discípulos inteligentes con palabras, pero muestra los preceptos divinos a los tontos y sencillos con sus obras”.
Conclusión
De lo que se trata es de poder contar con dirigentes íntegros. Capaces de anunciar, señalar y dar testimonio de la presencia de Cristo Resucitado en la cotidianeidad de la vida política y de que sean capaces de dar la vida por sus acompañados.
Hace tiempo que proponemos -en ese sentido- un cuestionamiento: ¿porque un gran número de nuestros jóvenes se integran a las pandillas y cuál, es la razón por la que un joven decide ingresar a un grupo violento? Una primera respuesta podría ser por su situación económica y social. Se trata de los marginados, los alejados de las bondades del desarrollo y los beneficios de las políticas públicas. Sin embargo, eso no es del todo exacto, porque en naciones como el Reino Unido, Holanda y Alemania, donde conocieron y han recordado hasta la saciedad los excesos del nacional socialismo, parte de sus jóvenes, en pleno siglo XXI, integran movimientos neonazis como el de los Skinheades, o ¿por qué razón los jóvenes europeos pertenecientes a familias de cultura ‘occidental’ y de clases ‘acomodadas’ se sumas a las filas de una institución terrorista como el Estado Islámico (ISIS)? Nuestra hipótesis de respuesta a esos cuestionamientos es que posiblemente sus compañeros en las pandillas o en los grupos antisociales están dispuestos a jugarse la vida con ellos mientras que sus mayores, están preocupados por muchas otras cosas diferentes a ‘su vida’.
Entre muchas otras cosas, éstas nos parecen las razones por las cuales apostar a un acompañamiento trascendente en la vida social y política, que abarque la totalidad de los factores humanos y que sea capaz de llegar al extremo, no solamente es de gran utilidad, sino que resulta ser -en la actualidad- un requerimiento elemental. Es necesario que contribuya a una auténtica relación interpersonal. En el vínculo entre Dios y las personas y, entre los acompañantes y acompañados.
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[1] Rene franco. Entrevista a Alejandro Jodorowsky y a su hijo Adanowsky. https://www.youtube.com/watch?v=IEOc-oD8qdI.
Arbesú Ignacio. 2022. Nota de clase. Diplomado en Teología Espiritual. Teresianum. Roma. Pontificia Facoltà Teologica.
Guerber, Denyse. La Regla de San Benito hoy para los Laicos Cistercienses. https://cistercianfamily.org/wp-content/uploads/2020/12/Regla-de-San-Benito-para-Laicos-Denyse-Guerber.pdf
Vaticano. 1990. El Libro del Pueblo de Dios, La Biblia.
https://www.vatican.va/archive/ESL0506/_INDEX.HTM 32’12”-33’31”.





