Para tal reflexión es necesario mover las fechas bastante más atrás.
En México, después de varios años de control del grupo dominante conocido como Familia Revolucionaria, la madurez de la sociedad mexicana por un lado y el clima geopolítico favorable a la Democracia y el consecuente Estado de Derecho, y por otro, a la administración que entró en funciones en 1988 no le quedó de otra que iniciar una serie de modificaciones constitucionales y sociales de corte neoliberal para dar respuesta a las fuertes inquietudes cívicas; inquietudes que reclamaban para México justamente eso: respeto irrestricto al Estado de derecho e Incipiente apertura al cambio democrático.
Los cambios logrados en ese sexenio -orientados dominantemente a la economía de corte neoliberal- no fueron acompañados con los correspondientes de tipo político y social. No faltó que se hablara de la “salinastroika”, en referencia a la perestroika Gorbachov, ya que así como al ruso le faltó el oportuno glasnost, en México no hubo la correspondiente liberalización política, solo unas “gotas”.
Esos primeros cambios fueron enriquecidos en el siguiente gobierno al profesionalizar el Poder Judicial y al aceptar que las elecciones fuesen verdaderamente organizadas y calificadas por ciudadanos con la creación del IFE. Esto permitió que se diera por primera vez en más de setenta años una alternancia de partido político en el Ejecutivo Federal, en las elecciones del año 2000.
Cambio espectacular que podía abrir las puertas a una transición a otra forma de gobierno con las características reclamadas por la ciudadanía consciente: un gobierno democrático con un respetado Estado de derecho.
Desafortunadamente, esta alternancia resultó prematura, es decir las previas liberalizaciones, aunque indispensables, fueron solamente parciales: el monopolio educativo se conservó, se mantuvo un control político y sindical, lo que dejó muchos obstáculos para avanzar hacia una verdadera transición a la democracia.
Por ello, después de dos sexenios gobernados por la oposición sin el suficiente poder y decisión para avanzar hacia una cultura popular democrática, nuevamente el Ejecutivo Federal fue ocupado por jóvenes menos avezados de la original Familia Revolucionaria, con escandalosos y pobres resultados.
Además, al mismo tiempo que en varios grupos ciudadanos se desarrolló ese positivo interés de cambio, bastante disperso por cierto, también dentro de la Familia Revolucionaria se gestó una rama retadora e insatisfecha con los grupos dominantes, que aspiró y logró a largo de varios años, desplazar a los herederos de los originales dominadores y les arrebató el poder en 2018, aprovechando el pésimo espectáculo de su regreso en 2012.
Inicialmente el líder visible de la rama retadora fue Cuauhtémoc Cárdenas, sin embargo su gris personalidad no fue la apropiada, por lo que progresivamente Andrés M. López lo desplazó y tomó el control de esa rama, hasta separarse y formar su propio partido, Morena, con el que en la elección de 2018, como arriba dije, después de dos intentos previos, alcanzar la primera magistratura en una tercera campaña cargada de lemas y mentiras.
Esta nueva camarilla bajo su liderazgo, ya en control del Ejecutivo Federal, buena presencia en el Poder legislativo y varias arbitrariedades. Supo dividir la sociedad exacerbando añejas pasiones y granjeandose votos con amplia distribución de dinero -como becas y dádivas- que el facilitaron el triunfo de su sucesora.
Con este segundo periodo en sus manos hizo nuevas arbitrariedades y las convenientes modificaciones constitucionales para apoderarse también del Poder Judicial, destruir los organismos autónomos ciudadanizados del breve periodo neoliberal, destruir contrapesos y tener el control total sobre la vida política del país.
¿Qué hicimos mal?
¿Qué hicimos mal, que dejamos de hacer en la búsqueda de una transición hacia un gobierno democrático y no demagógico?
Arriba está dicho: el poder ciudadano estuvo disperso, el extendido deseo de un cambio positivo en grupos de vecinos, trabajadores y profesionistas, así como de medianos empresarios, no fue sensatamente encausado por los partidos de oposición; el partido de oposición más fuerte empezó a copiar vicios del PRI, de la Familia Revolucionaria -el anterior dominador-; a cerrarse a los ciudadanos para acaparar poder.
El divorcio entre partidos políticos y sociedad es una forma de desperdiciar poder en una democracia; el partido es la única vía legal de llegar al gobierno. Además, no se cumplieron las condiciones indispensables para una transición hacia una forma de gobierno de cultura democrática -no de un control demagógico comprado-.
Dos condiciones fundamentales debemos procurar: propiciar una cultura democrática en nosotros, el pueblo, y afianzar un respeto irrestricto al Estado de derecho. Los errores y las carencias arriba explicadas, impidieron lograrlas.
Hay que aprender de esta lección para un nuevo intento.





