El riesgo de la utilización política
Uno de los principales cuestionamientos hacia los programas sociales es su posible uso con fines electorales o partidistas. Estos cuestionamientos legítimos tienen fundamento en las malas prácticas a las que han recurrido por mucho tiempo los gobiernos para mantenerse en el poder, maquillar resultados y generar dependencia.
Llegados los tiempos electorales vemos con mayor intensidad el “cacareo”, como se dice coloquialmente, de los programas sociales y el uso de recursos públicos para posicionarse, demeritando el fin para los que son creados.
El objetivo principal deja de ser el bien común, el bienestar de las personas y las comunidades, el apoyo subsidiario para quienes se encuentran en estado vulnerable. Estos programas se vuelven una herramienta para el control y la permanencia en el poder. Se utiliza y condiciona a las personas e incluso -en muchos casos- se les amenaza con retirar los apoyos si no asisten, votan, participan, etc. Muchos hemos sido testigos, de la distribución de despensas, becas, donaciones entregadas de manera poco equitativa, sin métodos de evaluación claros que midan el impacto y la eficacia de los programas.
Los apoyos económicos sin acompañamiento y estrategia para impulsar la educación, la economía, el empleo, la mejora en la calidad de vida, limitan los resultados a largo plazo, quedándose en acciones aisladas y coyunturales que pasado el calor electoral se olvida y no se les da seguimiento.
Otro factor que complica el análisis de los programas sociales es la creciente polarización política. En muchas ocasiones, los grupos políticos antagónicos desempeñan una función importante al señalar deficiencias, irregularidades o posibles usos indebidos de los recursos públicos. Esta labor de vigilancia es necesaria en cualquier democracia, pues contribuye a la rendición de cuentas y a la mejora de las políticas públicas.
Sin embargo, también es frecuente que las críticas surjan más de la confrontación política que de un análisis serio y objetivo de los resultados. Cuando el propósito principal es desacreditar al adversario, los aciertos suelen minimizarse o ignorarse, mientras que los errores se magnifican. Esta dinámica provoca que la discusión pública se aleje de la evidencia y se centre en narrativas partidistas, dificultando que la ciudadanía conozca con claridad qué programas funcionan, cuáles necesitan ajustes y cuáles deberían desaparecer.
Programas que transforman vidas
Sin embargo, reducir todos los programas sociales a una herramienta política sería ignorar experiencias que han demostrado un impacto positivo y tangible en la vida de miles de personas.
Un ejemplo de ello son los programas comunitarios de activación física y bienestar. Aunque pueden parecer iniciativas sencillas, su impacto va más allá del ejercicio corporal. Estos espacios se convierten en puntos de encuentro donde muchas mujeres (aunque no es exclusivo del sexo femenino, generalmente son quienes más participan) se hacen tiempo para sí mismas.
Muchas participantes llegan cargando historias complejas. Algunas enfrentan solas la crianza de sus hijos; otras asumen el cuidado permanente de familiares con discapacidad o de adultos mayores. También hay quienes lidian con problemas económicos, violencia familiar o situaciones de desgaste emocional derivadas de años de responsabilidades acumuladas.
En este contexto, la activación física no solo mejora la salud. También genera redes de apoyo, fortalece la autoestima y permite que las participantes recuperen una parte de su identidad más allá de sus obligaciones cotidianas. El simple hecho de compartir experiencias con otras mujeres que enfrentan desafíos similares puede convertirse en un factor de bienestar emocional.
La experiencia de estos programas demuestra que la eficacia de una política social no debe medirse únicamente por el monto de recursos entregados, sino por su capacidad para generar cambios positivos en la calidad de vida de las personas.
Los programas más exitosos suelen ser aquellos que fortalecen capacidades, crean comunidad y promueven la participación activa de los beneficiarios. Cuando las personas desarrollan nuevas habilidades, mejoran su salud o construyen redes de apoyo, los beneficios pueden extenderse mucho más allá de la duración formal del programa.
El verdadero debate no debería centrarse en si los programas sociales son buenos o malos por naturaleza, sino en cómo se diseñan, implementan y evalúan. Un programa social eficaz requiere objetivos claros, transparencia en la forma en cómo se ejercen los recursos, y una evaluación constante de los resultados.
La política social comunitaria debe orientarse a fortalecer a las personas, a buscar su desarrollo integral, y la construcción de oportunidades y no únicamente la distribución de recursos.
Si estas políticas no están fundamentadas en la dignidad humana y la justicia de nada servirán y seguirán siendo medios de control que utilizan a las personas.
Cita este artículo
Arellano Beltrán, V. I., (2026, junio 24). Programas sociales: entre la politiquería y transformación. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/programas-sociales-entre-la-politiqueria-y-transformacion/
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