Pocos fenómenos han adquirido un carácter de mayor impacto en la vida social de los países occidentales como la pornografía que hoy es, sin duda, una realidad que aflige a cientos de millones de personas sin distinción de sexo, edad o nivel económico.
Aunque ciertamente este fenómeno ha comenzado a estudiarse con mayor frecuencia pues cada vez es más evidente que supone un reto de salud pública, sigue siendo un tabú para muchos y una causa política sin muchos adeptos.
Salvo por algunos estados federales en Estados Unidos y unos pocos países que han implementado filtros de edad en los sitios que difunden este tipo de contenido, en la gran mayoría de países occidentales la pornografía no es vista como lo que realmente es: una pandemia silenciosa pero letal, que genera graves consecuencias para la salud de quienes la consumen, tanto a nivel físico como mental, y que sostiene una industria denigrante que explota a miles de personas.
Afirmar que la pornografía destruye la salud con efectos similares a los de una droga, que corrompe las relaciones humanas al reducir al otro a un objeto de placer, y que convierte la explotación sexual en una forma de entretenimiento, implica confrontar de forma directa a una de las industrias más lucrativas del mundo y también a una de las que mayor poder de injerencia cultural posee.
De hecho, algunas estimaciones hablan de que el negocio de la pornografía mueve al año más de 100 mil millones de dólares en todo el mundo[i], una cifra similar al Producto Interno Bruto de países como Ecuador o Puerto Rico. Este poder económico no solo se traduce en ganancias, sino también en una capacidad de influencia política alarmante pues parte de estos ingentes recursos se destinan estratégicamente a bloquear o diluir cualquier intento legislativo que busque regular o prohibir su contenido. Así, mientras se presenta como una industria de “sano esparcimiento” a la cual se accede manera libre y voluntaria, en realidad despliega un sofisticado aparato de lobby para blindarse frente a las evidencias crecientes de su impacto nocivo sobre la salud mental, las relaciones humanas y la dignidad de las personas.
Y es que la pornografía no es solo un problema para ciertos grupos sociales o algo exclusivo de los jóvenes en territorios culturalmente vulnerables; sino una realidad en hombres y mujeres de todas las edades y territorios. Lejos de ser un fenómeno marginal, se ha convertido en un enemigo transversal de los países occidentales. Su acceso masivo y su normalización cultural han hecho de ella una adicción disfrazada de libertad que cada vez se sale más de control como se logra evidenciar en los datos sobre su consumo que aunque revelan una mayor prevalencia entre los 18-34 años, ya empiezan a mostrar un incremento significativo entre los consumidores mayores de 44 años, e incluso, como el caso de Argentina o España, entre los mayores de 65 años.
Gráfico 1. Consumo de pornografía por edades en la mayor plataforma pornográfica del mundo

Fuente: Elaboración propia con datos de ‘Pornhub Insights’, 2024.
En cuanto a la proporción de mujeres que consumen habitualmente este contenido, durante décadas se pensó que la sensualidad desordenada era un problema casi exclusivamente masculino, asociado a la realidad hormonal y psíquica de la afectividad del varón. Sin embargo, en la actualidad, estos comportamientos también se presentan, con una frecuencia cada vez mayor, entre las mujeres que en 2024 fueron el 38% de los usuarios en la mayor plataforma pornográfica del mundo. De hecho, si se desglosan los datos por país, Filipinas y Argentina tienen una proporción mayor de mujeres que consumen pornografía (59% y 51%) seguidas de Colombia, México y Ucrania con un 49%, 48% y 44% respectivamente en comparación con los hombres.
Gráfico 2. Proporción de visitas femeninas en la mayor plataforma pornográfica del mundo

Fuente: Elaboración propia con datos de ‘Pornhub Insights’, 2024.
Estamos hablando, claramente, de una industria turbia y mezquina que produce millones en utilidades pero que cosifica a la persona humana, degrada la sexualidad, alimenta la trata de personas, daña la salud mental, destruye las relaciones humanas y siembra una visión del cuerpo desvinculada del amor, de la entrega y de la dignidad intrínseca de cada ser humano.
En lugar de “educar en la sexualidad de pareja”[ii] como algunos psicólogos se atreven a afirmar, la pornografía deforma los afectos, pervierte los deseos y anestesia la conciencia moral, erosionando silenciosamente el corazón de quien la consume.
Pero, si es tan mala, ¿cómo es que llegamos a este punto donde incluso es promovida y utilizada masivamente sin mayor resistencia social o persecución judicial? Veamos algunos de los antecedentes históricos que nos llevaron a este punto de difícil retorno.
Antecedentes de la pornografía
Uno de los más claros antecedentes en el surgimiento de la pornografía fueron las ideas de Sigmund Freud quien en su obra ‘Tres Ensayos para una Teoría Sexual’, de 1905, amplía la noción de sexualidad más allá de los límites que acogía la cultura de la época caracterizada por la visión victoriana del pudor y del recato. Freud, padre del psicoanálisis fue el primero en teorizar en contra de una concepción natural de la afectividad humana pues al dar suma importancia al inconsciente en la vida psíquica del individuo, postuló que gran parte de nuestros pensamientos, deseos y recuerdos están reprimidos en el inconsciente y se manifiestan a través de sueños, actos fallidos y síntomas. Para él, todos los seres humanos tenían predisposición a la bisexualidad[iii]. Sus ideas, sirvieron para que años más tarde, el zoólogo Alfred Kinsey, revolucionara la comprensión de la sexualidad humana, pues, a partir de un enfoque aparentemente científico desafió las concepciones naturales de la sexualidad[iv].
Kinsey propuso una escala de orientación sexual que abrió un abanico de categorías sexuales que van desde la exclusiva heterosexualidad, pasando por la bisexualidad, hasta la exclusiva homosexualidad. De esta manera, Kinsey defendía una clara complejidad de las orientaciones sexuales y la posibilidad de ubicarse en diversos espacios del espectro sexual. Kinsey, que además era experto en entomología, consideraba las relaciones sexuales entre animales, un ‘modelo’ para el comportamiento sexual humano. La única diferencia que veía era que los animales actúan sin inhibiciones, sólo por instinto, mientras que, a los hombres, la sociedad les impone ciertas normas que, según él, injustamente inhiben el ‘comportamiento sexual natural’. Según el Informe Kinsey sobre los hombres publicado en 1948, “el llevar a cabo todo tipo de actividad sexual es liberarse del condicionamiento cultural que la sociedad impone, y que lleva a hacer distinciones entre lo que está bien o mal, lo que es lícito o ilícito, normal o anormal, aceptable o inaceptable en nuestra sociedad[v]”. Posterior a ellos, la liberación sexual fue un proceso sistemático que en muchos casos se materializó a partir de ‘ventanas de Overton’ perfectamente implementadas en los países occidentales.
Asimismo, el más claro antecedente de la pornografía lo encontramos en la revolución sexual. En este período, que inició a finales de la década de los 50’s pero se consolidó en los 60’s en distintos países de occidente (principalmente en Francia, Inglaterra y Estados Unidos), se desarrolló un movimiento cultural y social que cuestionó y desafió las normas tradicionales sobre la sexualidad y la moral. Este período se caracterizó por el deseo de mayor libertad sexual, especialmente entre las mujeres, coincidiendo con el auge de movimientos sociales más amplios, como el de la lucha por los derechos de las mujeres, especialmente el de sufragio femenino. La revolución sexual coincidió además con el desarrollo de la píldora anticonceptiva cuya invención se debe al médico y biólogo Gregory Pincus, al químico austriaco Carl Djerassi y al ginecólogo John Rock. Al tiempo que se daban estos cambios culturales, en buena parte de los países occidentales proliferaron revistas, material impreso y se fundaron numerosos teatros para adultos como las primeras expresiones modernas de la pornografía.
En ese entonces, se trataba de material menos explícito que el de hoy y por tanto el rechazo social, médico y político a este tipo de prácticas nunca se hizo con tal contundencia que se previniera a futuro el desarrollo de este negocio hasta los ingentes niveles que ha tomado en la actualidad. No se previno, entre otras razones, porque tampoco se podía prever en su momento las consecuencias que con la generalización del internet traería esta industria que hoy constituye un auténtico problema de salud pública en gran parte de los países occidentales.
Así, mientras algunos siguen promoviendo la pornografía como si fuera una nueva clase de ética sexual postmoderna, los gobiernos occidentales deliberadamente ignoran que este problema crece cada vez más y reducen las voces a favor de la prohibición a partir de señalamientos obtusos.
Urge parar la normalización de este negocio que cosifica los cuerpos y enferma generaciones enteras. Es hora de que la tibieza gubernamental se acabe y que se levanten más voces que aboguen por una auténtica defensa de la dignidad del ser humano.
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Bibliografía
[i] El Generacional Post, “El millonario negocio detrás de la ponografía”. En: https://elgeneracionalpost.com/actualidad/2023/1230/123273/negocio-millonario-pornografia.html
[ii] Fundación SexPol “¿Cómo influye el consumo de pornografía en las relaciones de pareja?” En: https://sexpol.net/como-influye-el-consumo-de-pornografia-en-las-relaciones-de-pareja/
[iii] Olga Montero Rose, “El Concepto de Bisexualidad Psíquica, su vigencia y sus implicancias teóricas y clínicas”, Revista Psicoanálisis, núm. 7 (2009): 223-239.
[iv] Arturo Torres, “La escala Kinsey de sexualidad: ¿somos todos bisexuales? Una teoría que pone en duda los esquemas tradicionales sobre nuestra orientación sexual”, Psicología y Mente, 1 de julio de 2016. https://psicologiaymente.com/sexologia/escala-kinsey-sexualidad
[v] Judith Reisman y Edward Eichel, Kinsey, Sex and Fraud: The Indoctrination of a People (Lafayette: Lochinvar-Huntington House Publication, 1990), 6, 678.





