Teniendo México elecciones para el Ejecutivo Federal cada seis años y su vecino del Norte, Estados Unidos cada cuatro años, no es de extrañar que cada 12 años coincidan los periodos de renovación de mandatarios en ambas naciones (cada dos sexenios mexicanos; y tres cuatrienios estadounidenses).
Entre las coincidencias de ambos países se encuentra que no solamente se llevará a cabo el cambio de titular del Ejecutivo Federal, sino la polarización social existente en ambos paises. En el caso de México, por la forma en que López Obrador ha gobernado y pretende seguir influyendo en la consolidación del régimen social populista y su permanencia en los próximos años,como, en el caso de Estados Unidos, por el posible regreso de Donald Trump y su estilo populista, que no solo tendrá repercusiones dentro de ese país, sino en todo el mundo.
Me refiero, especialmente, al impacto que esta elección tendrá en el existente conflicto por la hegemonía mundial entre Estados Unidos y China (a Rusia no se le puede descartar, pero no tiene el mismo peso, económico, político y militar de China). La economía china vivirá los efectos de la polarización y la salida de empresas norteamerianas de su territorio a través del nearshoring, por el que muchas empresas se mudarán a los Estados Unidos o a países cercanos a él, entre ellos México, donde el clima es mejor y la mano de obra más accesible a lo largo de los tres mil kilómetros de frontera que los unen, lo que podría dar por resultado un área industrial y comercial muy poderosa.
El presidente López Obrador ha rechazado el desarrollo económico impulsado -sí con algunas torpezas y corruptelas- por los gobiernos anteriores, a los que él califica de liberal–capitalistas. Si bien esos gobiernos en lo político respetaron la democracia, la separación de poderes y organismos independientes (capaces de contribuir a la corrección de lo incorrecto) y de vigilar que los mecanismos democráticos se respetaran. Su rechazo, por parte del actual presidente, ha resultado no solo destructor de las instituciones y sus equilibrios, sino a costa de un elevado derroche de recursos.
Si el presidente de México lograra su continuidad a través de la candidata elegida por él, mediante una elección de Estado, difícilmente el país estaría preparado para ser el socio que Norteamérica necesita, debido a que se profundizaría el daño al endeble Estado de derecho, existente; se mantendría la amenaza criminal en amplias zonas del país y se profundizaría el clima social de polarización.
La alternativa, el triunfo de la candidata de oposición, encabezada por una empresaria exitosa, externa a los tradicionales partidos políticos, aunque con una modesta experiencia política, se sumaría al triunfo de los candidatos NO políticos que le han ganado a la corrupta e incompetente izquierda en Sudamérica y en otras partes del mundo.
En lo tocante a las elecciones en los Estados Unidos, un hecho poco común se repetiría (salvo que suceda algo extraordinario): los contendientes serán los mismos de hace de cuatro años. Un hombre mayor, Joe Biden, que ha gobernado a su país sin un fuerte liderazgo; y, del otro lado, un activo Donald Trump, con un fuerte liderazgo en amplios sectores de la población, con posiciones firmes en temas polémicos, lo que, para algunas opiniones calificadas es señal de que Trump ganaría y volvería a la Casa Blanca.
Así pues, en este año del Señor 2024, el Bloque Norteamericano, podría lograr la ventaja de ser conducido por personajes que sepan aprovechar su posición, o complicarse el futuro de una forma desafortunada.
La moneda está en el aire y tendrá que caer dos veces para que conozcamos el resultado final.
Adicionalmente, este mismo año se celebrarán los Juegos Olímpicos, en Paris.





