Cada 8 de marzo se da una expresión pública de consignas y reclamos, las redes sociales se inundan de “luchadores sociales digitales”.
A finales del siglo XIX y principios del siglo XX, muchas mujeres trabajaban en fábricas textiles en condiciones precarias, jornadas muy largas, sin derechos y bajos salarios. En este contexto salieron a marchar exigiendo justicia, seguridad y el derecho al voto, destacando las huelgas de Nueva York en 1908 y las huelgas rusas en 1917, las mujeres exigían paz y pan, fue un reclamo por las muertes de los soldados en la guerra. Bajo esta perspectiva, esta lucha parece legitima. Su origen no fue la confrontación sino el reconocimiento de su dignidad y sus derechos elementales.
Defender a la mujer no es ideología, es coherencia. Sin embargo, también es cierto que con el paso del tiempo en algunos contextos esta lucha se ha desvirtuado, convirtiendo este movimiento en una herramienta de interés político que ha perdido fuerza moral.
Cuando la lucha se usa para dividir y no para sanar pierde su legitimidad, traicionando su origen. Está bien exigir justicia, el riesgo está en instrumentalizar el dolor.
Pienso en el camino tortuoso de las madres buscadoras, que van recorriendo campos y carreteras, con la esperanza de encontrar a sus hijos, sin recursos y protección que alcance en esta tarea; en las mujeres que sufren violencia doméstica; en las que no tienen acceso a salud o educación; en las que sufren abuso sexual, trata; etc. Son problemas serios que no podemos negar y que, por supuesto, exigen un reclamo legitimo.
Trabajar por la dignidad de la mujer no debe suponer negar la dignidad del hombre, pues promover la igualdad (en dignidad) no debe ser factor de división o enfrentamiento. Sino la oportunidad de reflexionar en las estructuras sociales.
Quizá el reto está en subir el nivel de la lucha y no quedarse en la marcha o el debate, en la confrontación y la destrucción, sino buscar una transformación real de las condiciones de las mujeres. Exigir sin fanatismos, a partir de una realidad innegable. Levantar la voz ante las injusticias se vuelve un deber humano. Aquí lo que parece cuestionable son las formas y los intereses no auténticos, ni legítimos que usan el tema de la mujer como instrumento de poder y presión. Para muestra los grupos feministas radicales que se han apoderado del 8M para posicionar, imponer y justificar temas de una agenda ideológica como el aborto.
La lucha femenina implica la exigencia de políticas públicas eficientes y eficaces, basadas en el respeto, en el fortalecimiento de la familia (duramente atacada por los mismos que anteponen sus intereses a los del bien común), acceso a la justicia, acompañamiento real que alcance no solo a la mujer sino a todas las personas.
No se trata de una fecha sino de un camino continuo en el que se debe trabajar todos los días. ¿Cómo vives tú este movimiento?, ¿Desde la crítica?, ¿la confrontación, la justificación, la indiferencia? Desde un punto de vista cristiano y humano todos estamos llamados a trabajar por la dignidad de las personas. Juan Pablo II en la carta apostólica Mulieris Dignitatem (1988), defendió la dignidad y vocación de la mujer en la sociedad y en la Iglesia.
Hoy la lucha por la mujer -bien entendida- es legítima y justa; pero también los niños están siendo vulnerados; hay hombres que están en situaciones de riesgo; adultos mayores descartados. Se trata de humanidad y respeto. Impulsar y trabajar por cualquiera de estas causas abonará al respecto y fortalecerá una cultura de paz en la que se reconozca la dignidad de cualquier ser humano.
Evitemos la normalización de la violencia, jamás será el camino. Trabajemos en conciencia todos los días de una manera reflexiva y no de choque, involucremos también a los hombres, tengamos datos reales y hagamos compromisos concretos, más allá del discurso, la opinión, la confrontación en redes sociales, busquemos realmente el reconocimiento de la dignidad de las personas.
No todo queda en manos de las autoridades, la cultura la vamos construyendo todos, reflexionemos sobre qué le estamos dejando a las nuevas generaciones, qué leemos, qué escuchamos, cómo resolvemos los conflictos vecinales, cómo nos expresamos de los demás, cómo asumimos compromisos y responsabilidades.
Mientras no nos involucremos de manera real, estas luchas seguirán pendientes y no abra pañoleta morada o de cualquier color que alcance para fortalecer las comunidades, ni que las personas alcancen plenitud y las condiciones necesarias para desarrollarse.
Cita este artículo
Beltrán, V., (2026, abril 11). Llamados a defender la dignidad de la mujer. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/llamados-a-defender-la-dignidad-de-la-mujer/
Enlace a edición mensual





