La sociedad moderna está harta de la corrupción de sus gobernantes, de que la educación, la vida social, laboral, las actividades económicas se rijan por la ley del más fuerte; por la preeminencia de los intereses sobre los principios; de la impunidad que gozan los delincuentes debido a la ineficacia de las autoridades para combatir el delito; del clientelismo político que ejercen los gobernantes para eternizarse en el poder utilizando los recursos del erario público para beneficio personal y grupal.
El resultado de estos largos malos años de gobierno ha impactado negativamente en la juventud, que se ha tornado impermeable y apática a la política, a la que ve como actividad corrupta y corruptora. Es el caso, entre otros, de las últimas generación, comenzando por la Z, que decepcionadas de los malos gobiernos, de la mínima calidad de los gobernantes, evade las cuestiones sociales y se orienta más a los temas ambiental y al cuidado de los animales, renunciando a los liderazgos sociales, al intento de transformar políticamente la realidad que les afecta y con la que no están de acuerdo, para no contaminarse del cáncer de la corrupción política.
Lo anterior ha ocurrido y ocurre en muchos países. Y particularmente en nuestro país, aunque esta historia del arribo de vivales al gobierno, o de los nexos de los políticos con la delincuencia no es nuevo, lo que ahora experimentamos nos hace decir ¡Basta!, estamos hartos, necesitamos cambiar.
Nos falta experimentar gobiernos de líderes y dirigentes que vivan conforme a su fe, a sus valores trascendentales; personas congruentes con sus principios y creencias; capaces de proyectar su liderazgo al quehacer público al igual que sus convicciones morales. Esto también se requiere en la cátedra, en las tareas legislativas, en la procuración e impartición de justicia, en las relaciones laborales, en el comercio. La vida pública -especialmente la política-, requiere ser nuevamente humanizada, transformadas mediante el testimonio y el servicio incansable de personas de fe.
Y a pesar de la existencia de gobiernos autoritarios, particularmente en México, en la historia nacional ha habido destello de estos dirigentes sociales que han enriquecido la vida personal y social con sus ideas y su testimonio.
Es el caso, por citar un ejemplo muy representativo, el de Anacleto González Flores. Abogado y gran orador jaliscience, popularmente conocido como “maistro”, por sus alumnos de las zonas rurales de su natal Tepatitlán, Jalisco, quien trabajó incansablemente por la organización social de los católicos en tiempos de la persecusión religiosa conocida como la “persecusión cristera”, en tiempos del presidente Plutarco Elías Calles, cuyo gobierno cobardemente lo asesinó por ser católico y por trabajar en la organización social de los ciudadanos.
Los autoritarismos son ideologías políticas, ya sean de derechas o de izquierdas, basadas en el pensamiento único y el voluntarismo del líder, los cuales someten con abusos la vida política y social a los intereses del dirigente y de su grupo. Tal abuso de poder también le tocó sufrir al maistro Anacleto. Aquella fue una época distinta a la del siglo XXI, las imposiciones ideológicas se aplicaban mediante las armas y la violencia física. Hoy en día las imposiciones ideológicas y políticas se ejercen a través de la academia y la cultura, y como personas de fe debemos trabajar en las escuelas, en las universidades y en los espacios de gobierno.
La participación ciudadana es un derecho, además de una obligación. Trabajar, ejercer libertades, contribuir al bienestar de nuestra comunidad, pagar impuestos, pertenecer a agrupaciones sociales, cívicas y políticas, como exigirle a nuestros gobernantes que rindan cuentas de manera clara y transparente, son parte de nuestros deberes y contribuciones al bien común nacional, y en las que, lamentablemente, muchos jóvenes no participan -y el país no se beneficia- por el ejemplo de los malos políticos.
En la obra Tú serás rey, de Anacleto González Flores, el autor nos explica la consistencia de la vida, particularmente la vida juvenil:
La vida es un riesgo permanente; riesgo en el orden físico, riesgo en el orden moral, riesgo en el orden intelectual, riesgo en el orden político, riesgo en todos los aspectos de la actividad humana. En vano todos los días trabajan los hombres por echar la nave de la vida por rutas exploradas y bien conocidas. No se ha llegado hasta ahora más que a tener una seguridad demasiado relativa. Porque al poco andar truena la tormenta sobre las cabezas de los viajeros, el abismo abre sus enormes fauces y el peligro asoma su cara amenazadora y trágica. [González, 1961, p. 22]
La juventud no sólo es una etapa que habla sobre un rango de edad, Anacleto, en su libro, hace una llamada de atención: afirma que la juventud es, sobre todo, “bella y radiante”, y por lo tanto nunca muere, porque es un estilo de vida que nos alienta a trabajar en la construcción del bien común.
Hoy México necesita muchos ciudadanos, jóvenes en espíritu, que imiten al líder Anacleto; requiere de muchos “reyes” que quieran conquistar las almas de las jóvenes generaciones superando la indiferencia, apátia, egoísmo y superficialidad en que algunos se han dejado arrastrar por el testimonio de los malos políticos y dirigentes sociales.
Recordemos que el trabajo en este siglo XXI -cien años después de la persecución contra la Iglesia y el cobarde asesinato de Anacleto y demás jóvenes valientes- no es con las armas que llevan a la violencia, sino con las armas intelectuales y espirituales que contribuyen al enriquecimiento de la vida social y cultural de las naciones.
El testimonio de personas como Anacleto González Flores son siempre un faro que ilumina y da esperanza al progreso social porque sirvieron con generosidad y congruencia a su generación.





