El Orden Político, la búsqueda del Bien Común.
A lo largo de la historia el poder político no siempre ha estado al servicio del hombre; particularmente el siglo XX es testigo de regímenes totalitarios que conculcaron la dignidad de la persona humana, privándola de sus derechos esenciales; y hoy, en pleno siglo XXI pareciera que, aunque se predique la democracia como un sistema político inclusivo y de participación, la realidad nos indica que la mayoría de las veces nos encontramos frente a totalitarismos visibles o encubiertos con ropajes democráticos.
En gran medida esto sucede, como afirmara S.S. Juan Pablo II en Centesimus Annus, cuando el agnosticismo y el relativismo escéptico se convierten en los fundamentos de las llamadas políticas democráticas.
Se pierde de vista que la autoridad lleva en sí misma una doble condición de legitimidad, la de origen y la de ejercicio.
Hoy se percibe una forma viciada de alcanzar el poder político, ya que se accede al mismo mediante el uso de la mentira y de promesas electorales imposibles de cumplir, lo que provoca una ausencia de auténtica libertad del votante al momento de elegir, en los regímenes de voto popular.
Pero quizás las más evidente de las corrupciones del poder político, es la ausencia de legitimidad en el ejercicio, ya que no se busca como fin el Bien Común, (conjunto de condiciones sociales que hacen posible que todo hombre alcance su plenitud espiritual y temporal), sino que prevalecen los intereses individuales, sectarios o de partido en detrimento de la razón de ser de la autoridad, que es procurar ese Bien de todos.
Esta ilegitimidad de la autoridad es una de las causas del desorden político que desemboca en un totalitarismo donde el gobernante hace suya la frase histórica ‘El estado soy yo’ y no permite disenso alguno, y asimismo genera un estado de anarquía, donde la instrumentalización política de la violencia, se convierte en el paradigma de este ‘desorden organizado’.
La democracia neo-liberal, “totalitarismo encubierto”
Ejemplo contemporáneo de tal estado del poder político son las llamadas democracias liberales que al decir de S.S. Juan Pablo II, consideran que “quienes están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza no son fiables desde el punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios políticos”. A este propósito, hay que observar que, si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. (Centesimus Annus nº 46)
Como vemos, el relativismo gnoseológico y el desprecio por la verdad, se encuentran en la raíz de las falsas democracias; ya que se pretende incluso, someter al voto popular los principios del orden natural, como el derecho a la vida, entre otros, haciendo de la verdad el patrimonio del ‘número’, que ha de consensuar qué es lo Verdadero, lo Bueno y lo Bello, según los nuevos tiranos del poder: los formadores de opinión.
La democracia participativa
Ante este desorden político, cabe preguntarnos sobre las opciones que hemos de procurar para contribuir a un recto orden social, económico y político; una vez más recurrimos al Magisterio de S.S. Juan Pablo II, quien nos dice: “La Iglesia aprecia el sistema de la democracia (república en la concepción platónica), en la medida que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente … Una auténtica democracia es posible solamente en un estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana” (Centesimus Annus nº 46).
Se fijan así las condiciones de un régimen político que verdaderamente esté al servicio de todo el hombre y de todos los hombres; el mismo, supone la articulación de la sociedad a través de las asociaciones intermedias que coadyuvan a vivir una comunidad organizada, que se sustenta en los principios de solidaridad y subsidiariedad.
Esto reclama un Estado presente y eficiente que como Fin Último debe procurar la Gloria de Dios y como fin inmediato el Bien Común, por ello todo proyecto que se pretenda construir de espaldas a la Voluntad de Dios, irremediablemente llevará al fracaso, aunque pudiese parecer que se alcanzan algunos logros, éstos serán efímeros, pues no responden a la religación principal de todo hombre y de toda comunidad, que es la religación con Dios.
Nos decía SS. Paulo VI en Populorum Progressio: os exhorto a remediar esta situación de injustica social, desde una doble perspectiva: las obligaciones personales y los deberes de los responsables del Gobierno de las Naciones; en el caso del compromiso individual el consejo de Su Santidad hace referencia a vivir una caridad, más atenta, más activa, más generosa, ….que implica abandonar el hedonismo de vida que se manifiesta en un consumismo descontrolado de lo superfluo y aún de lo que es perjudicial para el ser humano, este apego absoluto del corazón a lo material, expresión elocuente de la avaricia, inhibe a la persona de tener una mirada que trascienda su propio yo, para poder abrirse a los demás; salir de esta situación requiere conversión del corazón, que vuelva a valorar más el ser que el tener, a considerar a los hombres por lo que son y no por lo que tienen, y desde aquí comenzar a vivir una caridad plena de entrega y generosidad, que paradójicamente al decir de la Madre Teresa de Calcuta, en el despojo de sí mismo y la donación al prójimo, el hombre encuentra la verdadera dimensión de la Felicidad.
Los deberes de los responsables de las Naciones, Paulo VI los resumía en: Combatir la miseria y luchar contra la injusticia: es un deber del gobernante, la justicia distributiva, que con sus principios de equidad y proporcionalidad debe atender en primer lugar a aquellos que con menos capacidades y talentos no pueden satisfacer sus necesidades básicas, ha de hacerlo principalmente promoviendo la creación de fuentes laborales, que dignifiquen al hombre a través del trabajo genuino y honrado. No es justo un asistencialismo, que se vuelve clientelismo político, y que sólo distribuye dádivas, destruyendo la cultura del esfuerzo, del sacrificio y del trabajo. Todo plan asistencial que sea necesario implementar, debe ir acompañado indefectiblemente de una exigencia de capacitación profesional, de manera tal que superada la crisis, la persona pueda reinsertarse nuevamente en el mercado laboral.
Para ello es necesario suscitar en la sociedad vocaciones políticas, que asuman su tarea como un auténtico servicio, que implica el desprendimiento de sí, la entrega generosa, la idoneidad, la prudencia; en suma todas las virtudes necesarias para el recto ejercicio de la autoridad y el poder, teniendo como modelo el Gobierno de Dios providente que ama y sirve a todos los hombres.
Vivir la Patria es, no sólo, cumplir con nuestros deberes ciudadanos, sino también desplegar toda una dimensión de solidaridad, preocupándonos y ocupándonos de aquellos que tienen mayor necesidad, participando activamente del quehacer social y político; no podemos permanecer indiferentes, encerrados en nuestro egoísmo que nos impide ver en plenitud.
Sólo con dirigentes con vocación política y una sociedad ordenada, podemos crecer en la esperanza de vislumbrar una América restaurada, fiel a su origen y a la vocación, que cada Nación asume.





