La verdad tiene firma; la necedad, otros datos

Felipe Rebollo

La verdad tiene firma; la necedad, otros datos
Una verdad, distintas miradas.

Estar convencidos no basta

En 1984, Jennifer Thompson fue atacada sexualmente en Carolina del Norte. Durante el ataque intentó memorizar el rostro del agresor. Después dudó entre dos fotografías y señaló a Ronald Cotton. Volvió a identificarlo en una fila presencial, donde era el único rostro repetido, y luego ante un tribunal.

Estaba segura. Cotton fue condenado.

En 1995, una prueba de ADN lo excluyó e identificó al verdadero responsable, Bobbie Poole. Cotton recuperó su libertad después de diez años y medio. Jennifer no había mentido: su memoria había sido alterada por el trauma, la repetición y la aprobación de quienes investigaban. Tiempo después le pidió perdón; él la perdonó. Se hicieron amigos y trabajaron juntos para prevenir condenas injustas.

En aquella sala había una mujer sincera, un hombre inocente y una falsedad sin mentiroso.

Para no perdernos en palabras:

  • Verdad: coincidencia entre lo que afirmamos y lo que es.
  • Hecho: algo que ocurrió, nos guste o no.
  • Dato: fragmento de la realidad que podemos registrar.
  • Evidencia: dato capaz de confirmar o refutar una afirmación.
  • Opinión: interpretación de los hechos.
  • Perspectiva: lugar limitado desde el cual los miramos.

Su testimonio fue sincero, pero equivocado: errar no es mentir.

Aristóteles lo dijo con sencillez: afirmar de lo que es que es, y de lo que no es que no es, es verdadero. Podemos interpretar de buena fe y aun así equivocarnos.

La ciencia no creó la verdad: el ADN sólo mostró su firma.

La necedad también puede ser mayoría

Para Popper, una explicación seria debe exponerse a la refutación. Eso no vuelve relativa a la verdad; vuelve humilde a quien la busca.

La humildad no consiste en decir que no existe la verdad. Consiste en reconocer que yo puedo estar equivocado acerca de ella.

Pero esa humildad tiene un precio: a veces obliga a contradecir a todos los demás.

En los años cincuenta, Solomon Asch pidió comparar la longitud de unas líneas. La respuesta era evidente; sin embargo, cuando el grupo contestaba deliberadamente mal, los participantes aceptaron la falsedad en 36.8% de las decisiones críticas.

Las líneas no cambiaron; cambió el valor para decir lo que veían.

La necedad no siempre nace de la incapacidad intelectual. Puede surgir del miedo a disentir, de la comodidad de pertenecer o de repetir sin comprobar. Una mayoría puede coincidir en un error; una persona brillante puede defenderlo; una autoridad puede ordenarlo. Nada de eso lo convierte en verdad.

 

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Los datos deben llevar firma

En 2021, el Coneval (Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, México) informó que entre 2018 y 2020, un periodo atravesado por la pandemia, el número de personas en pobreza había pasado de 51.9 a 55.7 millones. López Obrador respondió: “No acepto el resultado de esa encuesta. Tengo otros datos”.

La pandemia daba contexto; no borraba el dato. Cambiar la regla porque no gusta el marcador no es refutar: es evadir.

Toda metodología puede revisarse. Pero la autoridad de quien habla no sustituye la demostración de lo que afirma.

Los datos deben tener firma: fuente, método, fecha y evidencia. Las afirmaciones del Coneval y del presidente deben someterse a la misma prueba. Tener otros datos es válido; pretender tener otros hechos, sin demostrarlos, no.

El problema no termina en un presidente. Aparece cuando preferimos la versión que confirma nuestros prejuicios. La necedad no consiste en equivocarse, sino en negarse a mirar aquello que podría corregirnos.

La realidad precede a nuestras explicaciones

A mediados del siglo XIX, mientras Londres atribuía el cólera a los “miasmas”, John Snow ubicó los casos en un mapa y encontró una concentración alrededor de una bomba de agua en Broad Street.

El agua contaminada no comenzó a transmitir la enfermedad cuando Snow lo descubrió. Ya lo hacía.

La ciencia no fabrica la realidad: crea métodos para confrontar hipótesis y corregir errores. Nuestra negativa no modifica los hechos.

Pero la ciencia también tiene límites. El microscopio puede mostrar una célula; no puede medir el sentido de una vida. El código genético es casi universal: para la biología, eso es evidencia de ascendencia común, no prueba científica de un diseñador. Tampoco prueba que sólo existe lo medible.

Georges Lemaître fue sacerdote y físico; Francis Collins es genetista y Sy Garte, bioquímico. Su fe no demuestra científicamente la existencia de Dios, pero sus trayectorias desmontan la idea de que ciencia, razón y fe tengan que ser enemigas.

El verdadero creyente no necesita deformar la ciencia para proteger su fe, y el verdadero científico no necesita convertir su método en una negación de todo lo que no puede medir. Reconocer el límite de una herramienta no vuelve relativa a la verdad.

La verdad no termina donde termina el microscopio. Allí comienza, quizá, otra forma de buscarla.

Y si el rigor es indispensable frente al microscopio, lo es todavía más frente al micrófono.

Cuando todo es “mi verdad”, dejamos de entendernos

León XIV lo resumió recientemente ante la UNESCO: “La comunicación se ha vuelto mucho más rápida, pero no necesariamente más veraz; la información es abundante, pero no es sinónimo de sabiduría”.

En las redes ya no siempre mostramos la verdad: muchas veces la producimos. Elegimos el encuadre, borramos la grieta y publicamos una versión aspiracional para recibir aprobación digital. A esa fábrica de apariencias se suman las noticias falsas y una inteligencia artificial capaz de imitar un rostro o una voz. Hoy, ver y escuchar ya no basta. Eso no vuelve relativa a la verdad; vuelve indispensable preguntar quién creó lo que vemos, con qué propósito y qué evidencia lo sostiene.

Hannah Arendt advirtió que borrar la frontera entre hecho y opinión amenaza la vida pública. Podemos debatir un acontecimiento; no conceder a cada opinión el rango de hecho.

El periodismo existe para verificar, contrastar, preguntar, documentar y corregir. No basta publicar primero; hay que publicar algo que resista la segunda pregunta.

No todo lo verdadero debe publicarse; pero nada que no esté suficientemente probado debe publicarse como un hecho. El fin tampoco justifica los medios. El “mal menor” no vuelve bueno al mal ni verdadero lo falso.

La verdad necesita al bien no para hacerse verdadera, sino para que su búsqueda y comunicación sean humanas y justas; y a la belleza, para mostrarla con claridad, sin manipularla.

La verdad no se vota

Una mayoría puede elegir gobiernos. No puede votar si un hecho ocurrió. El poder, la capacidad intelectual, la sinceridad, la opinión o el deseo de que la realidad sea otra no modifican lo que es.

Mañana podemos descubrir que algo que hoy consideramos cierto estaba equivocado. Eso no significará que apareció otra verdad, sino que conseguimos acercarnos mejor a ella.

Por eso la verdad es absoluta: no porque la conozcamos por completo, sino porque lo que es no cambia con quien lo observa. Nuestras miradas son muchas. Podemos verla parcialmente, discutirla, negarla o mentir sobre ella. No podemos modificarla a voluntad.

Podemos tener otros puntos de vista. No podemos tener otros hechos.

La necedad puede insistir en que tiene otros datos. Lo que no puede es fabricar otra realidad.

Porque la verdad siempre deja firma.

Cita este artículo

Rebollo, F., (2026, noviembre 8). La verdad tiene firma; la necedad, otros datos. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/la-verdad-tiene-firma-la-necedad-otros-datos/

 

Enlace a edición mensual

Revista Forja para el Bien Común núm. 61, octubre 2026

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