AMÉRICA ANTES DE 1492
Antes de octubre de 1492, la enorme masa continental americana, que se extiende desde los confines más septentrionales a los más australes, cercana a los polos y bordeada en su totalidad por dos océanos, el Atlántico al oriente y el Pacífico al occidente, se mantuvo lejana y aislados sus habitantes de contacto alguno con el resto de la humanidad. Sin relación ni posibilidad de mezcla con el resto de las expresiones humanas y culturales euroasiáticas y africanas, cuyo eje de desarrollo giró geográficamente en torno al Mar Mediterráneo, así llamado por ser concebido durante siglos como medi-terraneum: la “mitad de la tierra”, de ahí su nombre.
Durante decenas de miles de años, los viajes por tierra convergían, necesariamente, en ese nodo tri continental que es el llamado Oriente Medio, donde confluyen geográficamente el suroeste de Asia, el sureste europeo y el noreste de África, con una decena de naciones milenarias y Turquía como puente entre Europa y Asia; la otra vía, la transportación marítima, propició la navegación mediterránea, en un “mar de proporciones humanas”, solo abierto a la inmensidad oceánica mundial a través del diminuto estrecho de Gibraltar. El Mediterráneo hizo factible el contacto y relación humana, comercial y cultural desde Marruecos hasta Alejandría o Beirut y por el norte desde Atenas, en la península griega, hasta Cádiz, en la península Ibérica, pasando por Venecia y Génova en la península Itálica.
AMÉRICA A PARTIR DE 1492
Estas condiciones de comunicación terrestre y marítima, factibilizaron durante siglos lo mismo batallas interminables que un rico intercambio de elementos de orden cultural y humano; la Filosofía griega, el Derecho Romano y el monoteísmo Judío, como base del pensamiento cristiano, ayudaron a conformar, al paso de los siglos la Civilización Occidental Cristiana, misma que, en su versión hispana, atravesaría la “mar oceana” en 1492, fusionándose para siempre con las originales expresiones culturales prehispánicas: sangre y cultura; genes y lenguas; religión y fe, para conformar a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII, la gran nación cultural mestiza hispanoamericana.
En las naos y carabelas hispanas emprendieron el viaje hacia América, lo mismo milicias, que frailes misioneros, familias, artesanos y agricultores, abogados y constructores, artistas y colonizadores, todos ellos portadores de un cúmulo de tradiciones, saberes y experiencias heredadas y adquiridas a lo largo de milenios de contacto humano euro-asiático-africano.
Viajaron también animales domesticados: el cerdo, la vaca, la oveja, el burro y el caballo, que ya aclimatados desempeñarán una importantísima labor al lado de los conquistadores, colonos y agricultores en el nuevo continente.
EL MESTIZAJE EN LA LENGUA
El proceso de mestizaje cultural comenzó inmediatamente después del arribo combinó, con los primeros contactos con los nativos Tainos o Caribes, de quienes tomó Colón algunas de las primeras palabras que fueros citadas en sus escritos entregados a los Reyes Católicos en Barcelona en 1493 y, a partir de entonces, se incorporaron definitivamente al castellano primero y a los demás idiomas europeos después, palabras como canoa, cacique, caníbal, maíz y hamaca que hoy forman parte del Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, RAE, que, con cerca de 90 mil palabras, incluye 20 mil americanismos. Términos de uso propio del español en América o procedentes de lenguas indígenas, como chocolate, tomate, aguacate, tabaco o elote. El Diccionario de Americanismos reúne unas 70 mil voces propias del español de América, muestra del riquísimo léxico hispanoamericano.
FORJA DE LA CULTURA MESTIZA
Mediante el conocimiento mutuo, en el crisol de las familias y al paso de los siglos, se forjó nuestra cultura mestiza hispanoamericana, ya por necesidad o por conveniencia, además de la rica mezcla humana: “España nunca tuvo asco racial”, (mismo que nunca se dio en las porciones de Norteamérica dominadas por anglosajones), en una muestra de las infinitas posibilidades de creación y combinación, se fue conformando -dando forma- nuestra cultura nacional, mestiza y mexicana.
En un medio natural tan exuberante y diverso, con serranías, costas, desiertos y trópicos, y con un uso milenario de dichos recursos, los pueblos originarios y la trashumancia habían logrado una cocina rica y variada que en muchos sentidos sorprendió a los europeos. El aporte del cacao, vainilla, elote, frijol, chile, aguacate, tabaco, calabaza, papa o tomate precolombinos, por mencionar solo algunos, transformaron para siempre la cocina europea y del mundo.
Sin lugar a duda, una de las comidas más mestizas y tradicionales se logra con la combinación del maíz y el cerdo, ambos centrales en la dieta de indígenas e hispanos. El famoso taco de carnitas es muy probable que se hubiese iniciado en aquel festín “desordenado ofrecido por Cortes a sus aliados en Coyoacán”, nos comenta Bernal Diaz del Castillo, apenas concluida la conquista de Tenochtitlán, que, con decenas de cerdos ibéricos traídos de Cuba y ante la carencia del pan de trigo europeo, recurrieran al “pan americano”, la tortilla elaborada en el mismo lugar del banquete.
Un caso emblemático, es el pozole, de origen netamente prehispánico. Comenta el historiador Atanasio G. Saravia, en su Historia de la Nueva Vizcaya, que, cuando las tribus de Guachichiles, en las serranías de Durango, combatían entre sí, al triunfo de una de ellas, llevaban el cuerpo del cacique vencido y lo destazaban y arrojaban en una olla de barro con maíz hirviendo para, una vez cocido, consumirlo todos los de la comunidad; los Mexicas procedían con los cuerpos de los sacrificados, una vez que se les había extraído el corazón para ofrecerlo a los insaciables dioses, lo arrojaban escaleras abajo, lo desollaban y la carne era consumida con maíz hervido en una especie de pozole con carne humana.
La masa de maíz envuelta en hoja de elote, aderezada con carne humana, en las fiestas religiosas prehispánicas dio origen a los tamales. Esa arraigada costumbre, sobre todo entre los Mexicas, fue erradicada por los frailes misioneros, quienes, enterados de que apetecían más el cerdo, por sobre la carne de caballo o vaca, “porque el sabor del cerdo era el que más se asemejaba a la carne humana”, procedieron a suplir al humano con cerdo, con un aporte sustantivo al añadirles la manteca para darles mejor sabor y consistencia.
EL BARROCO Y EL MESTIZAJE
Una de las expresiones culturales más mexicanas es, ni duda cabe, el barroco. No solo como un estilo artístico, sino auténticamente como un “estilo de vida”, un Hor vacum, un horror al vacío, como lo define Agustín Basave. En las más representativas obras de arte Azteca: la Piedra del Sol o la Coyoxahuqui, no hay espacio para colocar un glifo más, todo el espacio está saturado con innumerables formas. Esa sensibilidad del prehispánico, ya cristianizada, será la que genere en México las más expresivas muestras de genialidad barroca.
Elementos y obras de arte que saturan los sentidos: la vista, con los esplendidos retablos dorados de arte Tequitqui o indocristiano, como el de Santa María Tonantzintla, o los altares de muertos; el gusto y el olfato con las recetas más intrincadas como el mole poblano con más de 25 ingredientes, o los chiles en nogada (dulces, picosos, salados, fríos o calientes), saturando todas las posibilidades de las papilas gustativas; el oído con las exuberantes y rítmicas notas del Huapango de Moncayo, el danzón de Márquez o el Son de La Negra.
Nuestra música es también muestra extraordinaria del mestizaje cultural. En el caso del mexicanísimo Mariachi, inscrito en 2011 en la lista de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, de la UNESCO, este no sería posible sin la concurrencia del violín europeo, el harpa, la guitarra valenciana en combinación con el “tololoche” mexicano y el guitarrón.
El deporte nacional, la Charrería, igualmente reconocida como patrimonio cultural, no sería posible sin el caballo andaluz traído por los españoles y los animales de tiro propios del trabajo en el campo. Y ni qué decir de la indumentaria, tanto la femenil como varonil, son una adaptación, enriquecida, de los tradicionales trajes típicos españoles, andaluces, extremeños y castellanos.
La bebida nacional por excelencia, el tequila, con su carta de nacimiento en la Nueva Galicia del Virreinato de La Nueva España y producido durante los siglos XVI al XVIII. Era tradición prehispánica el consumo de la “piña” o corazón del Agave Azul Weber Tequilana, cocido en hornos, también era bebido como fuente de calorías por el alto contenido de azúcares. La miel, extraída y fermentada, ya con contenido alcohólico, era bebida como el “elixir de los dioses”, que, sometida al proceso de destilación europeo, dio por resultado el mundialmente apreciado tequila o “vino de esta tierras”, como se le dio en llamar. En otras regiones adquirió diversos nombres: mezcal en el sureste, bacanora y lechuguilla en el norte, raicilla en la costa del Pacífico o el comiteco de Chiapas. En fin, llámese como se le llame, es una bebidas mestiza por excelencia.
Una de las mayores delicias que México aportó al mundo de la alta cocina internacional es sin lugar a duda el chocolate, cuyo significado proviene del náhuatl xoco (agrio, amargo), atl (agua). La semilla del cacao molida y disuelta en agua era consumida como bebida ritual y energética. A la llegada de los españoles se le agregó el endulzante (azúcar) y la leche de vaca o cabra, dando por resultado una golosina cremosa y exquisita, absolutamente mestiza, de Mexico para el mundo.
LA VIRGEN DE GUADALUPE MADRE DEL MESTIZAJE
La muestra más trascendente de nuestro mestizaje es, no cabe duda, la Virgen de Guadalupe, ya que ella rescata los valores religiosos y espirituales (Semina Verbi) de las culturas prehispánicas, al presentarse a Juan Diego como la Madre del Verdaderísimo Dios por Quien se vive (Ipalnemohuani), el Creador de las personas (in Teyocoyani), el Dueño de la cercanía y de la inmediación (In Tloque in Nahuaque), el Dueño del Cielo (In Ilhuicahua), el Dueño de la tierra (Tlaltipaque), atributos todos de Ometeotl, el Dios Dual reverenciado por los Nahuas. En su vestido lleva estampada la flor de cuatro pétalos (Nahui Ollín) grafía nahua, símbolo del cuatro movimiento, asociado al centro del universo, así como la cinta negra en su vientre (Tlacualpiloni), signo de maternidad.
La Virgen, en clara representación apocalíptica, tiene a la luna bajo sus pies y opaca con todo su ser al sol. Los pueblos del Anáhuac comprendieron de inmediato el mensaje simbólico de la imagen en su propio lenguaje.
No podríamos entender la esencia de nuestro ser nacional sin comprender que los mexicanos somos mestizos, fusión magnífica de lo hispano y lo indígena, por ello, exigir a España que nos pida perdón es un insulto, no a los españoles sino a la razón, a nosotros mismos, es una ofensa a nuestra realidad cultural mestiza y a los valores constitutivos de nuestra propia identidad, además de una profunda ignorancia e hipocresía.
Cita este artículo
Cravioto Lebrija, A., (2026, octubre 10). Todos somos culturalmente mestizos. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/todos-somos-culturalmente-mestizos/
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