La tragedia de la independencia. Primera parte

Gerardo Garibay Camarena

La tragedia de la independencia. Primera parte
Llega septiembre en México y le acompañan los festejos de la independencia, una “gesta gloriosa” que se conmemora, literalmente, a gritos y sombrerazos. ¿Gloriosa? realmente no lo fue.

Basta escarbar un poco para entender que la supuesta independencia, lo mismo en el caso de México que en el resto de los países de Hispanoamérica, tiene muy poco de gloria y mucho de desastre; muy poco de victoria y mucho de tragedia.

Sí, tragedia, no solo por las terribles consecuencias que tuvo para millones de personas, sino en el más puro sentido teatral de la palabra, porque lo que se vivió en el continente durante el parto de las nuevas repúblicas fue un eco real de aquellas tragedias griegas protagonizadas por personajes incapaces de corregir para evitar ser víctimas del terrible destino que construyen para sí mismos.

Recorramos, pues, los trazos de esta tragedia, cuyas consecuencias siguen definiendo, para bien y para mal, las vidas de cientos de millones de personas.

El primer protagonista, y no podría ser de otro modo, es el imperio. El Imperio Español había logrado convertirse en la máxima gloria de la edad media, no solo por la extensión de sus dominios, sostenidos durante generaciones a pesar de las luchas políticas y las monumentales distancias en tiempos donde no existían las telecomunicaciones, sino por el nivel de paz e integración alcanzada en ellos. 

España creó y perfeccionó el modelo más exitoso de civilización y gobierno medieval, con todo lo que ello implica, no solo en términos de tecnologías y de armas, sino de instituciones y valores sociales, que le dieron forma estructuras descentralizadas y hereditarias, muy estables en el tiempo, pero también poco dinámicas, hechas para una época donde los incentivos y las herramientas permanecían. 

Esa época que estaba agonizando. Las mismas virtudes y los mismos éxitos que le habían permitido a España consolidarse como la mayor potencia de la tierra durante casi trescientos años se convirtieron en obstáculos de una dificultad irremontable conforme los tiempos cambiaron. España había sido tan exitosa durante el mal llamado “renacimiento” (en realidad la recta final de la Edad Media), que sus formas, sus instituciones, su ser mismo se habían integrado en esa época; y, por lo tanto, los nuevos tiempos, la modernidad surgida de las 4 revoluciones (industrial, filosófica, política y urbana) de finales del siglo XVIII e inicios del XIX resultaban para ella no solo un desafío logístico, sino una amenaza directa el centro de su identidad.

Ahí entra en escena el segundo gran protagonista: la Corona. Buena parte del éxito español había tenido que ver con la estrategia dinástica. La familia real logró aprovechar al máximo los beneficios del sistema de herencias medievales, maximizando el juego de legados territoriales a cambio de una endogamia tal que se volvió insostenible. 

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El rey Carlos II, conocido popularmente con el lapidario mote de “El Hechizado” gobernó el imperio durante los últimos 35 años del siglo XVII, con habilidad política, pero enormes dificultades médicas a causa de la suma de tantas generaciones de matrimonio entre parientes, que le han vuelto incapaz de tener hijos, de forma que su muerte, el 1 de noviembre de 1700, detona la Guerra de Sucesión que sacudirá a la península desde 1701 hasta 1714, con la sociedad española y las potencias internacionales alineadas ya sea con Felipe de Anjou, más tarde Felipe V (Francia) o con Carlos de Austria (Inglaterra).

La España peninsular se ahogó en las violentas turbulencias de la guerra civil, y hubo combates aislados en el resto del mundo, haciendo de esta la primera guerra “mundial”. Sin embargo, y ello es una muestra de la solidez de la nación española en el nuevo mundo, la guerra casi no se experimentó en los reinos americanos; Aun así, el conflicto de la sucesión atravesaba el océano haciendo voz de los primeros ecos del declive por venir.

Los borbones emergieron como la dinastía dominante, que hasta la fecha (con un par de trágicas interrupciones) ostenta el trono de España. En tres siglos de gobierno han surgido de ella reyes mejores y peores, como los ha habido en todo escudo y en todo tiempo. En el camino trajeron consigo un elemento inescapable y de trágicas consecuencias: el afrancesamiento.

Aunque con sangre Habsburgo, la familia Borbón es la rama francesa de la familia. Felipe V nació literalmente en Versalles y ganó el trono con el respaldo y con la influencia abrumadora de Luis XIV “el Rey Sol”, su abuelo.

La herencia de Paris implicaba también una visión francesa de la política, de la sociedad y de la labor de gobierno, que simplemente no se ajustaba -y no se ajustará jamás- a la realidad española, que siempre ha sido mucho más diversa, más profunda y más rica que la de allende los Pirineos.

Por lo tanto, ya ganada la Guerra de Sucesión, los borbones se encontraron con un imperio gigantesco pero muy “ineficiente” para su gusto; desordenado, caótico, incapaz de producir los beneficios y el dinamismo que se consideraba necesario para competir y triunfar en la Europa “ilustrada” del siglo dieciocho.

Todo ello en contraste de la Francia que, a los ojos de la clase política europea de aquel entonces se elevaba como símbolo de eficiencia y modernidad, impulsada en lo que podemos considerar como “la primera ola de la tecnocracia”. Una serie de reformas impulsadas desde finales del Siglo XVII, que centralizaron el poder en la Corona y una burocracia que respondía directamente ante el Rey, mientras que la nobleza, que durante siglos había llevado a cabo múltiples funciones de gobierno local, perdió prácticamente todo su poder administrativo, a cambio de conservar mote y privilegios.

Esa tecnocracia era profundamente distinta, para bien y para mal. Centralizadora y unitaria, borraba los contrapesos y los equilibrios medievales y anulaba la diversidad que estos habían protegido; impulsaba una visión sostenida en un solo núcleo del poder, un solo idioma, una sola forma de ver las cosas. ¡Ah! y un imperio entendido, ya no como una extensión de la nación y de la responsabilidad del Rey, sino únicamente como un espacio de extracción de recursos para gloria de la Corona. Después de todo, así se había construido Francia durante siglos, como un tumor a partir de París y a costa de aplastar todo lo demás.

España, por su historia y su temperamento, era radicalmente distinta. Madrid llevaba décadas siendo la capital, pero seguía sin ser la ciudad más importante del Imperio; ahí estaban la Ciudad de México, Sevilla y Cádiz, para mencionar tan solo las más relevantes. El español era un imperio descentralizado y autonómico, adecuado a la mentalidad medieval (y a mucho más razonable a nuestros ojos contemporáneos) pero intolerablemente caótico para la perspectiva modernista de los 1700’s.

Obligados entonces a competir en eficiencia contra Francia y perdidamente enamorados-admirados del aparente éxito del modelo francés, la corona y la nobleza española de ambos lados del Atlántico comenzaron a absorber la cultura y la perspectiva francesa con más intensidad que la de un otaku por el manga de Naruto.

Al imperio había que gobernarlo a la francesa y eso implicaba destruir el poder de las noblezas y los caciques locales, colocando la toma de decisiones sobre los hombros en una burocracia (las intendencias) que dependía directamente de la corona, además de convertir los virreinatos en colonias instrumentales para mayor gloria de la capital, como lo hacía Paris.

Las reformas borbónicas, tuvieron múltiples claroscuros que habremos de narrar en otra ocasión, pero para efectos de la tragedia de las independencias baste sintetizar su espíritu en las infames palabras del virrey Carlos Francisco de Croix, al imponer la expulsión de los jesuitas (1767): deben saber los súbditos del gran monarca que ocupa el trono de España, que nacieron para callar y obedecer y no para discurrir ni opinar en los altos asuntos del gobierno.

En tiempos más sensatos y felices, tal patraña habría sido impensable, pero ahora, en el cenit de la arrogancia ilustrada, era la política general del Imperio. El resultado fue la erosión del pacto social que había sostenido en paz a la Nueva España durante más de doscientos años. Lo de callar y obedecer, en estas tierras resulta regular.

Insisto, sobre las reformas borbónicas profundizaremos en otra ocasión, pero aquí es necesario enfatizar que, a pesar de que tuvieron resultados muy negativos a mediano plazo, no surgieron necesariamente de la maldad, sino de esa mezcla malsana entre desesperación ante las propias circunstancias y admiración por las circunstancias ajenas.

Los reyes españoles del siglo XVII y sus consejeros aplicaron un modelo que había sido pensado para Francia, no para España. Al hacerlo, terminaron recostando al imperio en una versión legislativa de aquella mitológica cama de Procusto, donde el huésped queda justo al tamaño del lecho, pero solo porque se le corta todo lo que sobra, por los pies o por la cabeza.

Por cierto, una perspectiva similar se había impuesto también en Inglaterra, y el resultado fue la Guerra de Independencia de las colonias norteamericanas, irónicamente respaldada por España, a partir de esos cálculos geopolíticos tan inescrupulosos y tan franceses que ahora Madrid imitaba sin comprender sus consecuencias.

La rebelión estadounidense no traspasó el desierto hacia los reinos españoles, porque todavía la inercia y la potente tradición del modelo imperial español funcionaba como salvaguarda de las pasiones y de los rencores que se estaban cocinando, pero el baluarte comenzaba a resquebrajarse. Solo faltaba una crisis que sacudiera los pilares, y -como en toda tragedia digna de la historia humana, esa crisis era tan solo cuestión de tiempo.

Cita este artículo

Garibay Camarena, G., (2026, octubre 8). La tragedia de la independencia. Primera parte. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/la-tragedia-de-la-independencia-primera-parte/

 

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