El trabajo, fuente de vida

Juan Alberto Treglia

El trabajo, fuente de vida
En el Mes que conmemoramos el día del trabajador, 1º. de Mayo, celebrado en todo el mundo, es bueno despojarnos de las miradas ideológicas, y centrarnos en la realidad del trabajo como derecho y deber del ser humano, el cual se dignifica a través de sus ‘obras’ ya sean físicas o intelectuales.

El trabajo es una necesidad natural y apremiante, una obligación ineludible y necesaria al hombre para su conservación y perfección. Nos decía San Juan Pablo II:

“El trabajo es un bien del hombre mediante el cual el hombre se hace más hombre”.

El deber de trabajar se funda en el deber moral de conservar la vida y contribuir al Bien Común. En esta doble obligación se asienta el ‘derecho al trabajo’.

Por ello podemos afirmar ahora que el trabajo fortalece la dignidad de la persona humana; sólo el hombre es capaz de trabajar, y lo realiza desde el mandato bíblico después de la Creación con las palabras “Someted la tierra”.

El trabajo es un derecho fundamental y un bien para el hombre: un bien útil, digno de él, porque es idóneo para expresar y acrecentar la dignidad humana, y es necesario para formar y mantener una familia, adquirir el derecho a la propiedad y contribuir al bien común de la familia humana; por ello la desocupación es una verdadera calamidad social.

El trabajo es un bien de todos, que debe estar disponible para todos aquellos capaces de él. La plena ocupación es un objetivo obligado para todo ordenamiento económico orientado a la justicia y el Bien Común; una sociedad donde el derecho al trabajo sea anulado o sistemáticamente negado no puede conseguir su legitimación ética ni la justa paz social.

El desempleo constituye un grave obstáculo en el camino de la realización humana y profesional. Quien está desempleado o subempleado, corre el riesgo de quedar al margen de la sociedad y de convertirse en víctima de la exclusión social.

Pareciera que con el avance de la tecnología: la robótica, la inteligencia artificial, y lo venidero, irá perdiendo paulatinamente los puestos de trabajo, siendo el desempleo uno de los mayores deterioros de la dignidad humana.

Los problemas de la ocupación reclaman las responsabilidades del Estado, al cual compete el deber de promover políticas que activen el empleo; deben secundar la actividad de las empresas, creando condiciones que aseguren oportunidades de trabajo, estimulándola donde sea insuficiente o sosteniéndola en momentos de crisis.

En esta realidad será también deber de la sociedad civil el encontrar los caminos para alentar la creatividad en nuevos puestos de trabajo que sean conformes a la vocación de cada persona.

Quizás también sea el momento de que la mayor riqueza generada por las tecnologías sea distribuida equitativamente, pudiendo el hombre gozar de más tiempo de ocio junto a su familia, haciendo realidad el viejo adagio “estamos negociosos para estar ociosos”.

Refrán que nos habla del trabajo como un ‘medio’ para la realización de la vocación personal, verdadero camino hacia la Felicidad, que al decir de Aristóteles es el fin natural del hombre.

Si recurrimos a la historia de la evolución del trabajo, veremos que ya en el siglo XIX, S. S. León XIII alertaba sobre la realidad de la vulnerabilidad de la dignidad de la persona en las nuevas formas de ‘esclavitud’ que se gestaban, tanto desde la ideología liberal como desde el socialismo, ambas descalifican el carácter subjetivo del trabajo, que tan claramente abordara San Juan Pablo II en Laborem Exercens, donde especifica que el valor de la persona se encuentra por encima de los intereses económicos o estatales.

Trabajo y Familia

El trabajo es el fundamento sobre el que se forma la vida familiar, la cual es un derecho natural y una vocación del hombre, por lo cual es necesario que las empresas, las organizaciones profesionales, los sindicatos y el Estado se hagan promotores de políticas laborales que no perjudiquen, sino favorezcan el núcleo familiar desde el punto de vista ocupacional.

La vida familiar y el trabajo se condicionan recíprocamente de diversas maneras. Los largos desplazamientos diarios, el doble trabajo, la fatiga física y psicológica limitan el tiempo dedicado a la vida familiar.

El genio femenino es necesario en todas las expresiones de la vida social; por ello se ha de garantizar la presencia de las mujeres también en el ámbito laboral; sin embargo hemos de considerar lo que nos manifiesta S.S. Juan Pablo II: «La experiencia confirma que hay que esforzarse por la revalorización social de las funciones maternas, de la fatiga unida a ellas y de la necesidad que tienen los hijos de cuidado, de amor y de afecto para poderse desarrollar como personas responsables, moral y religiosamente maduras y psicológicamente equilibradas.

Será un honor para la sociedad hacer posible a la madre -sin obstaculizar su libertad, sin discriminación psicológica o práctica, sin dejarle en inferioridad ante sus compañeras- dedicarse al cuidado y a la educación de los hijos, según las necesidades diferenciadas de la edad.

El abandono obligado de tales tareas, por una ganancia retribuida fuera de casa, es incorrecto desde el punto de vista del bien de la sociedad y de la familia cuando contradice o hace difícil tales cometidos primarios de la misión materna

Con la mirada puesta en San José Obrero, cuya fiesta celebramos el 1° de Mayo, valoricemos todo trabajo digno, frente a las ideologías que pretenden una tecnocracia deshumanizante.

Cita este artículo

Treglia, J. A., (2026, mayo 23). El trabajo, fuente de vida. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/el-trabajo-fuente-de-vida/

 

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Revista Forja para el Bien Común núm. 56, mayo 2026

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