El domingo 10 de diciembre de 1531 Juan Diego salió muy temprano de su casa, todavía oscuro, para ir a Tlatelolco con la firme intención de cumplir la voluntad de la “Reina del Cielo”. Después de exponerle al Sr. Obispo las cosas como las vio y oyó, este le dijo que la petición de la casita sagrada “no se cumpliría por su sola palabra, sino que era muy necesaria una señal para que bien pudiera ser creído cómo a él lo enviaba como mensajero la Reina del Cielo en persona”. [1]
Juan Diego se fue presuroso a ver la Santísima Virgen en el cerrito del Tepeyac, en donde Ella lo aguardaba para escuchar el resultado de su diligencia.
Una vez que la Virgen oyó el relato de Juan Diego, le dijo: [2]
“Bien está hijito mío”
Juan Diego se tenía a sí mismo por “un hombre del campo, soy la cuerda de los cargadores, en verdad soy parihuela, sólo soy cola, soy ala; yo mismo necesito ser conducido, llevado a cuestas, no es lugar de mi andar ni de mí detenerme allá a donde me envías”. [3]
Para los estándares mundanos Juan Diego era un “macehual”, un indio pobre y despreciable que estaba hasta abajo en la escalera de los “descartados”, de los discriminados, de los que no tienen nada y, en muchas ocasiones, no pueden tener nada porque son considerados menos que los demás y son objeto de múltiples abusos.
Para la Santísima Virgen, Juan Diego era su “hijito”, un pobrecillo de Dios acogido en lo más profundo de su Corazón de Madre desbordado de ternura y de amor por los más débiles e indefensos.
“Volverás aquí mañana para que lleves al Obispo la señal que te ha pedido; con eso te creerá y acerca de esto ya no dudará ni de ti sospechará”.
Juan Diego consideraba que el resultado de la primera entrevista fue un rotundo fracaso y por ello pidió ser relevado por “alguno de los estimados nobles, que sea conocido, respetado, honrado”. Ahora, nuevamente, no solo no había logrado convencer al Sr. Obispo, sino que, por el contrario, le traía de regreso una petición que representaba un compromiso y una responsabilidad para Ella.
La Virgen acepta con sencillez las condiciones que solicita el Sr. Obispo, gesto que revela un corazón pacífico y sencillo, semejante al de su Hijo: “aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. [4]
“(…)y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mí has prodigado”
Juan Diego, en lugar de desaprobación, recibe una palabra de aliento junto con la insistencia de ser recompensado.
“Ea, vete ahora; que mañana aquí te aguardo.”
Juan Diego tenía todas las razones para desconfiar de los resultados de su embajada. Sin embargo, aún en contra de toda lógica, cree firmemente en la Palabra de la Reina del Cielo: Ella se lo ha dicho y con eso basta.
La Virgen lo vuelve a enviar, pero ahora renovado, cargado de alegría y confianza en Ella.
Cuarta aparición. ¿No estoy Yo aquí, que tengo el honor y la dicha de ser tu Madre?
En la cuarta aparición acaecen dos momentos.
Primer momento
Juan Diego, dominado por la angustia al ver a su tío moribundo, busca primeramente ayudarle a bien morir. [5]
Al día siguiente, lunes 11 de diciembre, Juan Diego no regresó al Tepeyac como lo había acordado en la tercera aparición, pues se quedó a cuidar a su tío Juan Bernardino, enfermo de muerte. El martes 12 de diciembre salió de madrugada a Tlatelolco en busca de un sacerdote para que le administrase los últimos Sacramentos. Juan Diego no quería encontrarse con la Virgen pues, –pensaba-, la “Señora” le impediría cumplir su cometido, por lo que tomó otro camino.
Juan Diego estaba tan angustiado que la zozobra le cegó el pensamiento, y, a pesar de que había hablado varias veces con la mismísima Virgen María, la Madre de Dios, tomó la decisión de relegarla y hacerla a un lado para resolver su problema él solo, ¡en lugar de acudir a Ella!
Juan Diego vio cómo vino a bajar Ella de la cumbre del cerrito, desde allí lo había estado mirando, de donde antes lo vio. Le vino a salir al encuentro, a un lado del cerro, le vino a atajar los pasos.
Cuando por la angustia, el dolor, o el pecado excluimos a la Virgen y la hacemos a un lado, Ella, sin dejar de mirarnos, baja del cerro para atajarnos los pasos y salir a nuestro encuentro.
“Hijo mío el más pequeño ¿qué pasa?, ¿a dónde vas, a dónde te diriges?”
La respuesta de Juan Diego evidencia que en su pecho late un corazón transparente, sin doblez, que arde en espíritu de servicio y caridad cristiana al prójimo, -su tío Juan Bernardino-, y no le pesa hacer grandes sacrificios –como recorrer a pie 40 Km para procurarlo-.
La Virgen lo atiende y luego le responde:
“Escucha, ponlo en tu corazón, Hijo mío el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió; que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad ni ninguna otra enfermedad, ni cosa punzante y aflictiva.
La Virgen no menosprecia ni minimiza el dolor de Juan Diego, sino que, por el contrario, lo dimensiona adecuadamente para devolverle la paz. Su Hijo nos instruye: “No teman a los que solo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno”. [6]
Si bien “no debemos temer a la enfermedad, ni a cosa punzante y aflictiva”, si debemos temer a ofender a Dios y al prójimo, a caer en el pecado o en el error que induce a pecado, porque esto sí que puede “destruir alma y cuerpo en el infierno”.
El Maligno busca hacernos caer en pecado para matar el alma –y el cuerpo-. Pero, además, tiene unas armas muy poderosas para alejarnos de Dios y de la Verdad Revelada, armas que pueden no solo pueden matar el alma y el cuerpo de una persona, sino que pueden inducir a muchas personas a cometer múltiples pecados con conductas erróneas y pecaminosas que pueden minar el orden establecido por Dios para la sociedad.
Para ello el Maligno inspira y difunde: [7]
- Los errores contra la Fe, la Moral y las Buenas Costumbres.
- Los errores contra el Estado y contra la Iglesia para destruir el Orden Social Cristiano.
- Los errores contra las instituciones fundamentales de la sociedad para destrozar el tejido social: la vida, la dignidad de la persona, el matrimonio, la familia, la economía y la empresa con límites morales.
La Iglesia, Madre y Maestra, ha advertido -y condenado oportunamente-, acerca de todos estos errores en múltiples documentos pontificios, tales como Encíclicas y Exhortaciones Apostólicas, desde principios del siglo XVIII a la fecha.
¿No estoy yo aquí, que tengo el honor y la dicha de ser tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos?
¡He aquí las palabras de la Virgen de Guadalupe que han movido a conversión a millones de mexicanos, de hispanoamericanos y de guadalupanos en todo el mundo!
La Virgen descubre el interior de su Sagrado Corazón. No puede ser más explícita, contundente y clara. Conviene repasar continuamente estas palabras: ¡son el aliento de nuestra identidad!
Del Sagrado Corazón de Jesús prorrumpe la promesa: “vengan a Mí los que van cansados llevando pesadas cargas y Yo los aliviaré”. Del Inmaculado Corazón de María prorrumpe la promesa “escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores”. Para ello quiere su casita sagrada.
De tal Hijo, tal Madre. De tal Madre, tal Hijo.
La Virgen nos descubre que:
- Ella se considera honrada y dichosa de ser nuestra Madre.
- Ella cuida personalmente a cada uno de nosotros.
- Ella es la fuente de nuestra alegría: nos trae a su Hijo, nos lleva a Él. Nos ama con un corazón compasivo y misericordioso. Nos pide acudir a Ella para llevarle nuestras penas y dolores. Ella nos escucha y atiende.
- Ella no se puede olvidar de nosotros porque estamos en su regazo.
¿Acaso tienes necesidad de alguna otra cosa?
Muchas veces nos afanamos con desmedida pasión para ganar todo el mundo acumulando “tesoros” que el gusano corroe y que vamos a dejar aquí en la tierra, cuando lo más importante es hacer la Voluntad de Dios y que nuestros nombres estén escritos en el Cielo.
La Virgen de Guadalupe es el Camino para ir a su Hijo, para nuestra salvación y para nuestra felicidad eterna. La tenemos a Ella; no necesitamos nada más.
“Que ninguna otra cosa te aflija, que no te inquiete”
La Santísima Virgen nos obsequia una guía infalible para nuestra salud mental, física y espiritual: la confianza en Ella es fuente de paz, alegría, fortaleza y salud.
“que no te acongoje la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá por ahora, ten por cierto que ya sanó.”
Cuando la Virgen sana a su tío, fortalece al mismo tiempo la esperanza de Juan Diego para acudir y confiar en Ella siempre.
Segundo momento
Juan Diego, libre de su aflicción y con una confianza plena en la Virgen, está listo para escucharla y cumplir su encargo. [8]
Juan Diego le suplica a la Virgen que lo envíe al Sr. Obispo para llevarle la señal que él pedía.
“Sube, tú el más pequeño de mis hijos, a la cumbre del cerrito y allí donde tú me viste y donde te di mi mandato”.
La Virgen había bajado del cerro para encontrarse con Juan Diego, pero Ella había preparado “la Señal Celestial” en la cumbre del cerrito, por lo que le pide subir.
En el lenguaje bíblico, subir a la cumbre de una montaña simboliza salir de lo mundano para ir al encuentro con lo Celestial: Moisés recibe las Tablas de la Ley en el Monte Sinaí. Jesús nos revela la Bienaventuranzas del Nuevo Testamento en el Sermón de la Montaña. La Transfiguración ocurre en lo alto del Monte Tabor.
“allí verás extendidas flores variadas: córtalas, reúnelas, ponlas todas juntas. Luego baja en seguida; tráelas aquí, a mi presencia.”
Mientras subía el cerrito, Juan Diego esperaba ver piedras, abrojos, plantas con espinas y nopaleras afectadas por el hielo. Pero al llegar a la cumbre se maravilló al ver el Paraíso Celestial que la Virgen había preparado con cariño y esmero, pleno de flores variadas y bellas, con sus corolas abiertas, que difundían un olor suavísimo. Juan Diego cortó las flores que le parecieron más hermosas, las puso en su tilma y bajó para llevárselas a la Señora.
Cuando (la Virgen) las vio, con sus venerables manos las tomó y luego las puso de nuevo en el hueco de la tilma de Juan Diego.
La Virgen convierte a estas flores de “milagrosas” -aparecieron de la nada en la cumbre del Tepeyac-, en “divinas”. Las Reina del Cielo las había admirado, olido, tocado, bendecido, amado. La Virgen muestra su respeto, ternura y devoción a la Creación: “Dios vio que era bueno”. [9]
“Hijo mío, el más pequeño, estas diversas flores son la prueba, la señal que llevarás al Obispo. De mi parte le dirás que vea en ellas mi deseo y que por ello realice mi querer, mi voluntad”.
Juan Diego estaba asombrado de cómo había obtenido las flores. Ya no le quedaba duda que tenía la “señal” para el Obispo en su tilma. Él había escogido las flores más hermosas, pero ahora ya contaba con la aprobación de la Señora al tomarlas en sus Divinas Manitas para contemplarlas de cerca y volver a colocarlas en su capa.
“Y tú, tú que eres mi mensajero, en ti absolutamente se deposita la confianza”
Esta frase está dirigida a Juan Diego y a todos los que trabajan por el Reino de Dios. A pesar de ser pecadores, nos considera sus “mensajeros” en los que Ella ha depositado su “absoluta confianza”.
“Y mucho te ordeno con rigor que únicamente a solas, en la presencia del Obispo, extiendas tu tilma y le muestres lo que llevas, y le contarás todo puntualmente, le dirás que te mandé que subieras a la cumbre del cerrito a cortar las flores, y cada cosa que viste y admiraste”.
La Virgen da instrucciones precisas –te ordeno con rigor-, de cómo quiere que se entregue la “señal”: “únicamente a solas en la presencia del obispo extiendas tu tilma y le muestres lo que llevas”. Ella preparó el Milagro Guadalupano con sumo cuidado y su voluntad debe seguirse al pie de la letra para que ocurra como lo tenía planeado.
La Virgen Santísima vuelve a insistir que le cuente al Obispo todos los pormenores de lo que vio y admiró. Para la Virgen, como mujer, son importantísimos los detalles con los que adornó el Acontecimiento Guadalupano. Estos adornos no solo eran materiales, sino que escondían la experiencia mística del evento, acompañado de un suave olor celestial.
“así tú convencerás en su corazón al que es el Gobernante Sacerdote, así él dispondrá que se haga, se levante, mi casa sagrada que le he pedido.”
Con estas palabras, hechos y escenarios la Virgen anhelaba convencer al Sr. Obispo, protagonista fundamental de sus planes, para que “levante mi casa sagrada que le he pedido”.
La “señal” eran las flores. Juan Diego estaba convencido de esto. La Virgen lo afirmó categóricamente: “estas diversas flores son la prueba, la “señal” que llevarás al Obispo”.
La Virgen no mencionó nada acerca del Milagro que estaba por ocurrir, que cambiaría el curso de la historia de la humanidad.
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BIBLIOGRAFÍA
[1] Nican Mopohua, Knights Of Columbus. https://www.kofc.org/es/resources/our-lady-of-guadalupe/nican-mopohua.pdf, Nums. 76 – 78
[2] Nican Mopohua, Knights Of Columbus. https://www.kofc.org/es/resources/our-lady-of-guadalupe/nican-mopohua.pdf, Nums. 89 – 93
[3] Nican Mopohua, Knights Of Columbus. https://www.kofc.org/es/resources/our-lady-of-guadalupe/nican-mopohua.pdf, Nums. 54 – 55
[4] Biblia Latinoamericana, Editorial Verbo Divino, San Pablo, Edición revisada 2005, Mt 11:29
[5] Nican Mopohua, Knights Of Columbus. https://www.kofc.org/es/resources/our-lady-of-guadalupe/nican-mopohua.pdf, Nums. 94 – 121
[6] Biblia Latinoamericana, Editorial Verbo Divino, San Pablo, Edición revisada 2005, Mt 10:28
[7] Encíclica Quanta Cura, Papa Pio IX, 8 diciembre 1864, https://www.vatican.va/content/pius-ix/it/documents/encyclica-quanta-cura-8-decembris-1864.html
[8] Nican Mopohua, Knights Of Columbus. https://www.kofc.org/es/resources/our-lady-of-guadalupe/nican-mopohua.pdf, Nums. 122 – 142
[9] Biblia Latinoamericana, Editorial Verbo Divino, San Pablo, Edición revisada 2005, Gen 1:18





