Dos países, dos estados y muchos problemas (Parte I)

Juan Francisco Montalvo

Dos naciones Israel-Palestina
Se ha recomendado una sola solución: dividir el territorio en dos Estados, uno palestino y uno judío. Esta fue la primera propuesta de la denominada “solución de los dos Estados” y, como en cada ocasión que se ha propuesto hasta el día de hoy, fracasó.

El 28 de julio de 2025, el secretario de Estado del Vaticano, Pietro Parolin, afirmaba durante una entrevista en el marco del Jubileo de los Influencers —en la que se le preguntó por el anuncio del presidente Emmanuel Macron sobre el reconocimiento del Estado palestino y el conflicto árabe-israelí—: “la solución es el reconocimiento de dos Estados que convivan, de forma autónoma, pero también en cooperación y seguridad (…) En nuestra opinión, la solución reside en el diálogo directo entre ambas partes con vistas a establecer dos Estados autónomos”. (Parolin, 2025)

La postura y la opinión no son extrañas, ni novedosas en la Iglesia. Desde Pío XII la Santa Sede ha promovido la búsqueda de la paz en Tierra Santa, cuidando mantener una postura imparcial y comprensiva hacia israelís y palestinos.

Pablo VI viajó a Jordania y a Palestina en 1964, y Juan Pablo II mantuvo una relación cercana con la Organización para la Liberación de Palestina, llegando a conceder una audiencia a su líder, Yaser Arafat, en 1982; aunque también buscó acercamientos con la comunidad judía, estableciendo relaciones diplomáticas con Israel en 1993, y visitando Tierra Santa en el año 2000.

El propio Benedicto XVI desde 2009 apoyó la denominada “solución de los dos Estados” como la manera de terminar con el conflicto y, durante el papado de Francisco, se reconoció oficialmente al Estado palestino el 26 de junio de 2015, acompañando este acto formal con un gran esfuerzo por acercarse a la comunidad musulmana y judía.

La postura de la Santa Sede y de una gran cantidad de actores de distintos credos religiosos, países y posturas políticas es muy loable y necesaria, sobre todo en el presente momento.

Sin embargo, se olvida que la razón del conflicto desde un inicio, y la que ha sido responsable de la imposibilidad de un acuerdo, no ha sido en realidad ni la religión, ni el signo político, ni el factor étnico -elementos que juegan un papel, sin duda, pero no tan determinantes como uno quisiera pensar-, sino el principio nacionalista que sustentan tanto la postura israelí como la palestina.

Aunque identificar el conflicto árabe-israelí con el nacionalismo no es nada nuevo, muchas veces no se comprende a cabalidad la extensión de este fenómeno y las razones por las que, mientras siga vigente, hacen imposible cualquier solución, empezando por la de “los dos Estados”.

Es, pues, menester el hacer primero un breve recorrido histórico del conflicto árabe-israelí y de la propuesta de “los dos Estados”. Nuestro viaje requiere iniciar en el lejano siglo I antes de Cristo.

 

LA EXPULSIÓN DE LA TIERRA PROMETIDA

 En el año 66 d. C., los judíos, tras una dominación de casi un siglo, tomaron una vez más las armas contra los invasores romanos en la “Gran Revuelta Judía”. En el año 70 d. C. provocó la caída de Jerusalén ante Tito Flavio Vespasiano, quien destruyó el Segundo Templo, asesinó a una parte considerable de la población y esclavizó al resto.

La resistencia judía fue aplastada a la caída de Masada, en el año 73; la fortaleza solo pudo ser tomada cuando los 960 defensores decidieron suicidarse antes que rendirse. La revuelta resultó en la diáspora judía, la pérdida del Templo de Jerusalén y el establecimiento del Tisha b’Av, el día de ayuno y abstinencia que conmemora los días más tristes de la historia judía.

Casi 100 años después se dio la Rebelión de Bar Kojba, del 132 al 136 d. C., la última de las grandes guerras judeo-romanas. En ella el emperador Adriano, exasperado por la terquedad judía, convocó a 7 legiones completas y a una parte de otras 4, lanzando una campaña de destrucción exhaustiva que ha llegado a ser calificada de “limpieza étnica”, con el fin de eliminar de una vez por todas la presencia judía en la región.

Tras arrasar el territorio, Adriano renombró la provincia como “Siria Palestina” y prohibió la presencia de judíos en Jerusalén, rebautizándola como Aelia Capitolina y profanando los lugares sagrados. De esta manera empezaba la historia de Palestina, un intento por borrar la historia judía sobre el territorio que les había sido dado en heredad por Dios desde tiempos inmemoriales.

Si bien la presencia judía no logró ser erradicada completamente, sí fue brutalmente disminuida y sus supervivientes se unieron a tantos otros ya desperdigados por el resto del mundo antiguo. La antigua Judea fue poblada por veteranos romanos, inmigrantes de las partes occidentales del Imperio, así como de Siria, Fenicia y Arabia, cambiando la composición étnica de la zona.

La adopción del cristianismo como religión oficial en el 380 aseguró que esta se convirtiera en la principal en la zona. Esto cambió con la irrupción de las tropas musulmanas en el 637 y su conquista de Palestina y la ciudad de Jerusalén; su presencia sería interrumpida de 1099 a 1187 con el paso de la Ciudad Santa a manos de los cristianos tras la Primera Cruzada.

Tanto bajo musulmanes como cristianos, los judíos conformaron una minoría étnica y religiosa; la mayor parte del pueblo judío se encontraba en Europa y en Persia, y la Tierra Prometida era todo menos territorio judío. En 1516 los otomanos conquistaron Palestina, convirtiéndola en el eyalato de la Siria otomana, uno más del Imperio —y de los más pobres y olvidados—.

La región tenía una población mezcla de todos sus habitantes anteriores (con una minoría étnica judía que, si bien no se mezclaba, convivía en armonía con los demás) y mayoritariamente musulmana, aunque con sólidas comunidades cristianas.

 

EL SUEÑO DEL JUDÍO ERRANTE Y EL DEL ÁRABE OPRIMIDO

La situación se mantuvo igual hasta el siglo XIX con el auge de los movimientos nacionalistas despertados primero por la Revolución Francesa y las Guerras Napoleónicas y, posteriormente, por los movimientos de unificación italiano y alemán.

El nacionalismo alcanzó también al pueblo judío, quien, cansado de persecuciones y vejaciones en Europa y, en menor medida, en América, comenzó a considerar el retorno a la Tierra Prometida y la creación de un Estado judío; la lógica era sencilla: si todos los pueblos tenían sus territorios y Estados, ¿por qué ellos no deberían tener el suyo?

Así nacía el movimiento “sionista”, cuyo principal promotor sería Theodor Herzl con su libro El Estado judío, publicado en 1896, 15 años después del inicio de la “primera aliyá[1]”, la primera oleada organizada de colonos judíos que emigraban a Palestina buscando labrarse un futuro en la tierra de sus ancestros. Ya para 1897 se funda la Organización Sionista Mundial, seguida en 1901 por la creación del Fondo Nacional Judío.

Sus objetivos eran la compra de tierras en Palestina y la posterior inmigración y asentamiento de familias judías. En estos primeros años el objetivo no era el establecimiento inmediato de un Estado judío ni el enfrentamiento con las poblaciones locales, sino la búsqueda de un espacio donde se pudiera ser judío sin temor a ser perseguido.

Pero la situación comienza a cambiar rápidamente: las aliot posteriores se componen cada vez más de convencidos sionistas, quienes consideran la fundación de un Estado judío una prioridad, generando roces con la población local que se empieza a ver desplazada. El inicio de la Primera Guerra Mundial y el enfrentamiento de la Triple Entente con los otomanos modificarán de forma determinante la historia de la región.

Al tiempo que se desarrollaba el sionismo, el virus del nacionalismo infectó a las comunidades del mundo musulmán. Comenzaron a surgir movimientos que reivindicaban la liberación del colonialismo europeo en el Norte de África, así como la liberación del yugo otomano en todo el Oriente Medio para la constitución de nuevos Estados nación.

La oportunidad no podía ser desaprovechada y los británicos, deseosos de debilitar a los otomanos, encargaron al Alto Comisionado Británico en Egipto, Sir Henry McMahon, contactar en 1915 al Jerife de La Meca, Hussein bin Ali, prometiendo apoyar a los países árabes en sus luchas de independencia a cambio de apoyo a la causa británica.

Los árabes no dudaron en confiar en los ingleses y se levantaron en armas a todo lo largo y ancho del Imperio Otomano (acompañados por oficiales británicos como el famoso Lawrence de Arabia), contribuyendo en gran medida a su derrota. Lamentablemente, los ingleses con rapidez olvidarían sus promesas, pues en 1916 (incluso antes de terminar la guerra) firmaron con Francia la división del Oriente Medio en el infame Acuerdo Sykes-Picot.

En dicho acuerdo, la región de Palestina caía en el control directo de los británicos, en directa contravención a las promesas hechas al Jerife.

 

UNA PROMESA Y UNA TRAICIÓN

Para agregar sal a la herida de los árabes, el 2 de noviembre de 1917 el ministro de Relaciones Exteriores británico, Arthur James Balfour, declaraba en una carta dirigida al barón Lionel Walter Rothschild, uno de los líderes de la Federación Sionista de Gran Bretaña e Irlanda, que el Gobierno británico apoyaba el establecimiento de un “hogar nacional” para el pueblo judío en Palestina.

La declaración fue publicada en la prensa el 9 de noviembre de 1917, generando apoyo a la causa de la Triple Entente entre la población judía, aunque el uso del término “hogar nacional” era intencional para evitar comprometer al gobierno británico a la creación de un Estado judío. La declaración causó furor en los círculos sionistas y en las comunidades judías, principalmente en Europa del Este, en las que los pogromos del siglo XIX e inicios del XX hacían la vida casi imposible.

Las oleadas cada vez más grandes de inmigrantes judíos a Palestina hacen necesaria, desde 1908, la creación de la Oficina Palestina de la Organización Sionista (que en 1918 se convertiría en la Comisión Sionista y en 1929 en la Agencia Judía como se conoce hasta nuestros días), cuyo fin es representar y gobernar a la, cada vez mayor, población judía en Palestina. A la par de la inmigración, el Fondo Nacional Judío adquirió miles de hectáreas en Palestina, desplazando a los campesinos locales con el fin de crear oportunidades de trabajo para los colonos judíos.

A pesar de esto, miles de judíos siguen sin conseguir empleo, por lo que en el mismo año se forma la Histadrut, la federación laboral judía, cuyo fin es promover los derechos laborales y la mano de obra judía frente a la población árabe. Como era de esperarse, los conflictos no tardaron en llegar; la actitud de muchos judíos generó molestias en la población y no faltaron líderes en ambos campos que caldearon los ánimos.

Los primeros golpes fueron dados por los campesinos árabes desplazados, pero la respuesta no se hizo esperar con la creación de la Haganá ese mismo año, una fuerza militar cuyo fin era la protección de la población judía. Ante la presionante situación, los británicos, quienes desde 1917 administraban el territorio denominado ahora como “Mandato británico de Palestina”, crearon en 1921 el Consejo Supremo Musulmán.

Su objeto era contrarrestar al movimiento sionista y mantener controlada a la población árabe; el presidente electo en 1922 fue el infame Gran Muftí de Jerusalén, Amin al-Husayni, personaje que no dudó en oponerse a los ingleses, motivar la rebelión y avivar el antisemitismo, al punto de apoyar al régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial, alentando el alistamiento de musulmanes en las SS y solicitando a Hitler su apoyo en la expulsión de los judíos de Palestina.

El abuso y la traición británica fueron convalidadas en 1923 con el reconocimiento formal por la Sociedad de Naciones de los mandatos británico y francés en Medio Oriente. Pero la presión judía —sobre todo de los grandes capitales europeos y norteamericanos—, así como el fortalecimiento del nacionalismo árabe, motivaron en el mismo año que el Mandato británico hiciera oficial su cooperación con los judíos, ante la estupefacción y molestia de los árabes.

 

La violencia que se veía venir

Galvanizados los ánimos por el doble discurso británico, así como por los crecientes sentimientos nacionalistas de uno y otro bando, el año 1929 queda marcado por los enfrentamientos abiertos entre árabes y judíos en Jerusalén, Hebrón y muchos otros puntos de la geografía palestina.

Ante el clima de violencia, en 1930 se producen unificaciones políticas entre los distintos partidos políticos judíos con el fin de consolidar frentes contra los árabes. Ese mismo año, los británicos, tras llevar a cabo una investigación sobre las causas de los disturbios de 1929, emiten el Libro Blanco de Passfield.

Se trata de un documento oficial en el que concluyen que la razón de los disturbios fue la inmigración judía desenfrenada, por lo que recomiendan la restricción y el eventual cese de toda migración judía, así como de la venta de tierras a organizaciones judías. El tono antisionista generó una ola de críticas al considerarse que era un rompimiento con las promesas hechas en la Declaración Balfour.

La decepción judía ante el gobierno británico lleva a algunos sionistas a plantear la necesidad de tomar el control político a través de las armas y, en 1931, se funda el Irgún (la Organización Militar Nacional en la Tierra de Israel) como derivación paramilitar de la Haganá, una organización terrorista que defiende el uso de la violencia para conquistar la tierra de Israel y expulsar a británicos y musulmanes.

Sus actos serán reprobados por muchos de los propios judíos que los consideraban dañinos para la causa, aunque pudo actuar sin grandes limitaciones hasta 1948, cuando sus miembros fueron absorbidos por las Fuerzas de Defensa de Israel sin ningún tipo de sanción. El proyecto británico de limitar la migración judía se topa en 1933 con la llegada del Partido nazi al poder en Alemania.

Ello trae consigo un aumento de la migración legal —y principalmente ilegal— a Palestina. El influjo de inmigrantes desplaza aún más a la población rural palestina, cuyo odio a los judíos crece cada día, hasta que explota en octubre de 1935 cuando se descubre una red de tráfico de armas a los judíos en Palestina.

El líder social sirio Izz ad-Din al-Qassam llama a la rebelión contra ingleses e israelís, iniciando una guerrilla que concluye con su muerte, en noviembre, a manos de los ingleses. El ejemplo de Izz ad-Din, y el de muchos otros “mártires” palestinos, es el catalizador para el inicio de la Revuelta Árabe de Palestina de 1936 a 1939.

Esta enfrentaría a árabes contra ingleses y judíos en una devastadora guerra. Los británicos, conscientes del problema que tenían entre manos, nombran en 1936 una Comisión Real Palestina liderada por Lord Peel que, el 7 de julio de 1937, publicó un informe en el que declaraba por primera vez que el mandato británico era inviable y que la paz entre judíos y árabes era imposible.

Por ello se recomendaba una sola solución: dividir el territorio en dos Estados, uno palestino y uno judío. Esta fue la primera propuesta de la denominada “solución de los dos Estados” y, como en cada ocasión que se ha propuesto hasta el día de hoy, fracasó.

Si bien los judíos aceptaron la propuesta, viéndola como una oportunidad de obtener un Estado soberano judío (que podría o no crecer en un tiempo posterior), los árabes rechazaron de forma absoluta la propuesta, recordando a los británicos las promesas de McMahon y señalando que la sola presencia de judíos en Palestina era una traición a la palabra dada.

A la par de las declaraciones políticas, Palestina seguía inmersa en la revuelta árabe. El asesinato de un oficial inglés durante 1937 acarreó la desaparición del Alto Comité Árabe y la huida de al-Husayni, que concluiría con su visita a Alemania y su colaboración con los nazis.

La guerra continuó en las zonas rurales del territorio central de Palestina y con la creación de un breve Estado árabe. Los británicos, exasperados, llevaron a cabo la destrucción metódica y brutal de los focos de resistencia, enconando el odio árabe contra ingleses y judíos.

Recién aplastada la revuelta, en 1939, el gobierno británico publicó el denominado Libro Blanco de MacDonald. En él se abandonaba la solución de los dos Estados en favor de tres medidas: la integración gradual de árabes y judíos al gobierno del mandato con la intención de que en 10 años se estableciera un Estado independiente palestino en el que ambas poblaciones pudieran coexistir; la limitación de la inmigración judía durante los siguientes 5 años, después de los cuales se prohibiría salvo por acuerdo con los árabes; y la prohibición o restricción de la compra de nuevas tierras por parte de los judíos.

No pasarían ni diez años desde la publicación del Libro Blanco para que los ingleses se arrepintieran de su propuesta, pero para ese momento la situación global y en Medio Oriente había cambiado más allá de lo que cualquiera hubiera imaginado.

El 1 de septiembre de 1939 los panzers alemanes cruzaban la frontera polaca y daban inicio al conflicto bélico más grande de la historia moderna. La Segunda Guerra Mundial cambiaría al mundo para siempre y sus efectos alcanzarían a la remota Palestina, encaminándola de forma inevitable al conflicto y la “solución de los dos Estados” sería todo menos eso.

[1] Aliyá y el plural aliot se traducen literalmente como “ascenso” y hacen referencia al ascenso a la ciudad santa de Jerusalén, ubicada sobre el Monte Sión.

Autor

Suscríbete al canal de Revista Forja en WhatsApp

RECIBE GRATIS LA REVISTA

Suscríbete gratis a nuestro canal en WhatsApp y recibe la revista en PDF cada mes, además de artículos y reflexiones todos los días.

También síguenos en redes sociales y mantente al día con lo mejor de nuestra comunidad.

LEER MÁS

Colombia eligió

Colombia eligió

El 21 de junio de 2026, se realizó la segunda vuelta (balotaje) para la elección de nuevo Presidente de Colombia, saliendo triunfador Abelardo de la Espriella, del movimiento ciudadano Firmes por la Patria. Para entender este resultado vale la pena revisar rápidamente la historia reciente.

leer más
Revista Forja para el Bien Común
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.