La Divina Voluntad en un misterio de Amor impredecible que en muchas ocasiones se vale de las personas humildes y sencillas para realizar las obras más admirables. La Reina del Cielo obtuvo lo que quería, su casita sagrada en el llano del Tepeyac, por mediación de Juan Diego.
El núcleo, la esencia del acontecimiento Guadalupano es hacer llegar el Amor de Cristo y la misericordia de nuestra madre compasiva a todos los hombres desde su casita sagrada. En el Tepeyac la Virgen de Guadalupe inicia el más grande suceso de Evangelización en la historia de la cristiandad por el que adquiere para la Iglesia Católica un pueblo: Hispanoamérica. Su obra empezó en México, pero su destino final es el mundo entero: todos los hombres de todos los tiempos.
La Virgen de Guadalupe logra el milagro de la creación de la Nación Hispanoamericana, que incluye 21 países en América y a nuestra Madre Patria, España. Al adquirir a este pueblo, María nos convierte en una descendencia de reyes, un linaje mesiánico, coherentes con su cometido de establecer la paz y la justicia, linaje que aplastará la cabeza del padre de la mentira.
La Divina Voluntad en un misterio de Amor impredecible que en muchas ocasiones se vale de las personas humildes y sencillas para realizar las obras más admirables.
Veamos con los ojos de la imaginación la escena inaugural de la primera aparición: la Reina del Cielo, la Creatura más Excelsa y Santa del Universo, se presenta en persona ante un indito macehual, un hombre pobre del pueblo, un campesino de huarache y manta, sin títulos, -Juan Diego-, y le abre su Corazón en el primer minuto de su encuentro para confiarle y encargarle a él su más grande anhelo: “Mucho quiero, mucho deseo, que aquí me levanten mi casita sagrada [1], … que aquí me provea de una casa, me erija en el llano mi templo”. [2]
¿Por qué tenía que ser precisamente Juan Diego, un ser pequeñito a los ojos de los hombres, el encargado de tan grave responsabilidad? La respuesta la encontramos en San Pablo: “Mi mayor fuerza se manifiesta en la debilidad” [3]
Y así fue. La Reina del Cielo obtuvo lo que quería, su casita sagrada en el llano del Tepeyac, por mediación de Juan Diego.
Ella manifestó el doble propósito por el que quiso que edificaran su casita sagrada:
- “En donde lo mostraré (a Su Hijo Jesús), lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto, lo entregaré a las gentes en todo mi amor personal, a Él que es mi mirada compasiva, a Él que es mi auxilio, a Él que es mi salvación.”
- “Porque ahí en verdad, (Yo, vuestra Madre) escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores.” [4]
El núcleo, la esencia del Acontecimiento Guadalupano es hacer llegar el Amor de Cristo y la Misericordia de nuestra Madre Compasiva a todos los hombres desde su casita sagrada.
En el Tepeyac la Virgen de Guadalupe inicia el más grande suceso de Evangelización en la historia de la cristiandad por el que adquiere para la Iglesia Católica un Pueblo: Hispanoamérica. Su obra empezó en México, pero su destino final es el mundo entero: todos los hombres de todos los tiempos.
¿Por qué pide que le edifiquen su casita, su templo?
Ante la inminencia del festejo de los 500 años del Acontecimiento Guadalupano, a celebrarse en 12 de diciembre del 2031, la Conferencia del Episcopado Mexicano, la CEM, nos explica [5]:
“El hecho Guadalupano encuentra su más elocuente síntesis mesiánico-cristológica en el mandato de construir una “casita”, donde se manifieste el consuelo materno de Dios (cfr. Is 49,15). El mandato Guadalupano de “hacer una casita”, evoca el oráculo mesiánico de la promesa divina, hecha a David, de “hacer para él una casa”, es decir, una descendencia de reyes, un linaje mesiánico (cfr. 2 S 7,11ss; 1 P 2,9-10). La descendencia mesiánica es una “familia de reyes”, coherentes con su cometido de establecer la paz y la justicia; un pueblo profético y sacerdotal fiel a su misión de interceder por las necesidades ajenas.
Pero además de este aspecto bíblico, para los pueblos mesoamericanos el templo era un signo elocuente de una nación, por tanto, la invitación a construir un templo evocaba la construcción de una nueva nación.
“Para los mexicanos fundar una nación era construir su templo: “tomaron piedra y madera, aquella pequeñita y ésta delgadita; y al punto cimentaron con ellas, […] pusieron así la raíz del poblado aquel: la casa y el templo de Huitzilopochtli, y el oratorio aquel era bien pequeñito…”. Lo mismo se expresa siempre en los códices: la ciudad y el estado empiezan a existir cuando se levante su templo, así como el templo en llamas significa su caída y su destrucción (cfr. Códice Mendocino): “…dada por tomada y vencida la ciudad, lo cual se demostraba y era señal de ello el quemar el templo, porque hasta llegar ahí, aun no se daban los de las ciudades por vencidos…” JOSÉ LUIS GUERRERO, El Nican Mopohua. Un intento de exégesis, Universidad Pontificia de México (Bibliotheca Mexicana 6 y 7), Tomo I, Realidad, Teoría y Práctica, México 1996, 174.
El consuelo que promete Santa María de Guadalupe, no es un simple restablecimiento materno de la alegría, sino algo con mayor alcance: el cumplimiento y realización de la justicia y la paz. Por eso, “la casita” que Nuestra Señora pide construir, es la Iglesia del Hijo que lleva en el vientre; promesa del linaje que aplastará la cabeza del padre de la mentira (cfr. Gn 3,15; Jn 8,4).”
La Virgen de Guadalupe logra el milagro de la creación de la Nación Hispanoamericana, que incluye 21 países en América y a nuestra Madre Patria, España. Al adquirir a este Pueblo, María nos convierte en una descendencia de reyes, un linaje mesiánico, coherentes con su cometido de establecer la paz y la justicia, linaje que aplastará la cabeza del padre de la mentira.
¡Vaya honor y vaya misión!
La Cuarta y última Aparición, el martes 12 de diciembre de 1531
Transcribimos algunos textos del “Nican Mopohua” [6]. La narración es exquisita y su contenido es sublime, inmejorable para ayudar a entender el Acontecimiento Guadalupano y para recibir las Gracias escondidas en el relato.
La enfermedad del tío de Juan Diego, Juan Bernandino
“El día lunes, cuando Juan Diego debía llevar alguna señal para ser creído, ya no volvió porque cuando fue a llegar a su casa, a un tío suyo, de nombre Juan Bernardino, se le había asentado la enfermedad y estaba muy grave, agonizando. El resto del día se ocupó de él. Cuando anocheció, le rogó su tío que cuando aún fuere de madrugada, aún a oscuras, saliera hacia Tlatelolco, a llamar a alguno de los sacerdotes para que fuera a confesarlo, para que fuera a prepararlo para bien morir.
Y el martes, cuando todavía estaba muy oscuro, de allá vino a salir, de su casa, Juan Diego, a llamar al sacerdote a Tlatelolco, y cuando se acercó al lado del cerrito, al pie del Tepeyácac, pensó: “Si sigo derecho el camino, no vaya a ser que me vea esta Noble Señora y seguro, como antes, me detendrá para que le lleve la señal al sacerdote que gobierna, como me lo mandó. Que primero nos deje nuestra aflicción; que antes yo llame de prisa al sacerdote religioso al que el pobre de mi tío no hace más que aguardarlo.” En seguida rodeó al cerro para que no lo detuviera la Reina del Cielo.”
La Virgencita esperaba a Juan Diego
“Mientras tanto la santísima Virgen lo estaba aguardando en la cumbre del cerrito, en donde lo había citado. En cuanto lo vio, Ella bajo del cerrito a donde estaba Juan Diego y le salió a su encuentro, atajando sus pasos.
“Hijo mío el más pequeño ¿qué pasa?, ¿a dónde vas, a dónde te diriges?”
Juan Diego, al oír su saludo, se postro ante ella, la saludo y le dijo:
“Mi Jovencita, Hija mía la más pequeña, Niña mía, ojalá que estés contenta: ¿cómo te amaneció? ¿Acaso sientes bien tu amado cuerpecito, Señora mía, Niña mía? Con pena angustiaré tu rostro, tu corazón: te hago saber, Muchachita mía, que está muy grave un servidor tuyo, tío mío. Una gran enfermedad se le ha asentado, seguro que pronto va a morir de ella. Y ahora, iré de prisa a tu venerable casa de México, a llamar a alguno de los amados de Nuestro Señor, a uno de nuestros sacerdotes, para que vaya a confesarlo y a dejarlo preparado. Porque en realidad para esto nacimos, los que vinimos a esperar el trabajo de nuestra muerte. Mas, si voy a llevarlo a efecto, luego aquí otra vez volveré para ir a llevar tu venerable aliento, tu venerable palabra, Señora, Muchachita mía. Perdóname, todavía tenme un poco de paciencia, porque con ello no te engaño, Hija mía la más pequeña, Niña mía, mañana sin falta vendré a toda prisa.”
La Virgen de Guadalupe consuela a Juan Diego en su aflicción
“En cuanto oyó la palabra de Juan Diego, le respondió la compasiva, la Perfecta Virgen:
“Escucha, ponlo en tu corazón, Hijo mío el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió; que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad ni ninguna otra enfermedad, ni cosa punzante y aflictiva. ¿No estoy yo aquí, que tengo el honor y la dicha de ser tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Acaso tienes necesidad de alguna otra cosa? Que ninguna otra cosa te aflija, que no te inquiete; que no te acongoje la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá por ahora, ten por cierto que ya sanó.” (Y luego en aquel mismo momento sanó su tío, como después se supo).”
Juan Diego confía plenamente en la Señora del Cielo
“Juan Diego, cuando escuchó el venerable aliento, la venerable palabra, de la Reina del Cielo, muchísimo con ello se tranquilizó, bien con ello se apaciguó su corazón; y le suplicó inmediatamente que lo enviara como mensajero a ver al gobernante Obispo, a llevarle su señal, de comprobación, para que él le creyera.”
La Virgen pide a Juan Diego ir a la cumbre del cerrito para traer la señal para el Sr. Obispo
“Y la Reina Celestial luego le mandó que subiera a la cumbre del cerrito, en donde él la había visto antes. Le dijo:
“Sube, tú el más pequeño de mis hijos, a la cumbre del cerrito y allí donde tú me viste y donde te di mi mandato; allí verás extendidas flores variadas: córtalas, reúnelas, ponlas todas juntas: luego baja en seguida; tráelas aquí, a mi presencia.”
Juan Diego vio la señal y creyó
“En la cumbre del cerrito no se daban ningunas flores, porque es pedregoso, hay abrojos, plantas con espinas, nopaleras, abundancia de mezquites. Y si acaso algunas hierbas pequeñas se solían dar, entonces era el mes de diciembre, todo lo come, lo echa a perder el hielo.
Y luego Juan Diego subió al cerrito, y cuando llegó a la cumbre, mucho se maravilló de cuantas flores allí se extendían, tenían abiertas sus corolas, flores las más variadas, bellas y hermosas, como las de Castilla, no siendo aún su tiempo de darse porque era cuando arreciaba el hielo. Las flores estaban difundiendo un olor suavísimo, eran como perlas preciosas, como llenas de rocío de la noche.
En seguida comenzó a cortarlas, todas las juntó, las puso en el hueco de su tilma. Y en seguida vino a bajar, vino a traerle a la Niña Celestial las diferentes flores que había ido a cortar.”
La Virgen abraza las flores y da instrucciones a Juan Diego
“Y cuando las vio, con sus venerables manos las tomó; luego las puso de nuevo en el hueco de la tilma de Juan Diego, y le dijo:
“Hijo mío, el más pequeño, estas diversas flores son la prueba, la señal que llevarás al Obispo; de mi parte le dirás que vea en ellas mi deseo y que por ello realice mi querer, mi voluntad; y tú, tú que eres mi mensajero, en ti absolutamente se deposita la confianza.
Y mucho te ordeno con rigor que únicamente a solas, en la presencia del Obispo, extiendas tu tilma y le muestres lo que llevas; y le contarás todo puntualmente, le dirás que te mandé que subieras a la cumbre del cerrito a cortar las flores, y cada cosa que viste y admiraste; así tú convencerás en su corazón al que es el Gobernante Sacerdote, así él dispondrá que se haga, se levante, mi casa sagrada que le he pedido.”
Juan Diego se pone en marcha a cumplir el mandato de la Señora del Cielo
“Y en cuanto le dio su mandato la Celestial Reina, vino a tomar la calzada, viene derecho a México, ya viene contento, ya está calmado su corazón, porque va a salir bien, bien llevará las flores. Mucho viene cuidando lo que está en el hueco de su tilma, no vaya a ser que algo se le caiga. Viene disfrutando del aroma de las diversas flores preciosas.”
La actitud de los servidores del Sr. Obispo
“Cuando llegó al palacio del Obispo, lo fueron a encontrar el portero y los demás servidores del Sacerdote gobernante. Él les suplicó que le dijeran que deseaba verlo, pero ninguno de ellos quiso; no querían escucharlo, o tal vez porque aún estaba muy oscuro. O tal vez porque ya lo conocían, que nomás los molestaba, los importunaba. Y ya les habían contado sus compañeros, los que lo fueron a perder de vista cuando lo habían ido a seguir. Durante muchísimo rato estuvo esperando la razón.
Y cuando vieron que por muchísimo rato estuvo allí, de pie, cabizbajo, sin hacer nada, por si era llamado. Y como que venía trayendo algo que estaba en el hueco de su tilma; luego pues, se le acercaron para ver qué es lo que traía y satisfacer su corazón.
Y cuando vio Juan Diego que de ningún modo podía ocultarles lo que llevaba y que por eso lo molestarían, lo empujarían o tal vez lo golpearían, un poquito les mostró que eran flores. Y cuando vieron que todas eran finas, variadas flores como las de Castilla, y como no era tiempo entonces de que se dieran, mucho se admiraron, de que estaban muy frescas, con sus corolas abiertas, lo bien que olían, preciosas. Y quisieron coger y sacar unas cuantas. Y tres veces sucedió que se atrevieron a tomarlas, pero de ningún modo pudieron hacerlo, porque cuando hacían el intento ya no veían las flores, sino como una pintura o un bordado, o cosidas en la tilma las veían.
Inmediatamente fueron a decirle al Gobernante Obispo lo que habían visto, y cómo deseaba verlo el indito que otras veces había venido, y que ya hacía muchísimo rato que estaba allí aguardando el permiso, porque quería verlo.”
El Sr. Obispo desea ver y oír a Juan Diego
“Y el Gobernante Obispo, en cuanto lo escuchó, tuvo ya en su corazón de que aquello era la señal para ser convencido, para que él llevara a cabo la obra que solicitaba el hombrecito. Enseguida ordenó que pasara a verlo.”
Juan Diego relata la señal que le dio la Señora del Cielo
“Y habiendo entrado, en su presencia se postró, como ya antes lo había hecho. Y de nuevo le contó todo lo que había visto, lo que había admirado y su mensaje. Le dijo:
“Señor mío, Gobernante, en verdad ya hice, ya cumplí según me ordenaste; así fui a decirle a la Señora, mi Ama, la Niña Celestial, Santa María, la Amada Madre de Dios, que tú pedías una señal para poder creerme, para que le hicieras su casita sagrada, allá donde Ella te pedía que la construyeras; y también le dije que yo te había dado mi palabra de venir a traerte alguna señal, alguna prueba de su venerable voluntad, como me lo encargaste.
Y Ella escuchó bien tu venerable aliento, tu venerable palabra, y recibió con alegría tu petición de la señal, de la prueba, para que se haga, se cumpla su amable voluntad. Y ahora, cuando era todavía de noche, me mandó para que otra vez viniera a verte; y yo le pedí su señal para ser creído, como me dijo que me la daría, e inmediatamente lo cumplió. Y me mandó a la cumbre del cerrito en donde antes yo la había visto, para que allí cortara diversas flores como las de Castilla. Y yo las fui a cortar, se las fui a llevar allá abajo; y con sus venerables manos las tomó. Luego, de nuevo, las puso en el hueco de mi tilma para que te las viniera a traer, para que a ti personalmente te las entregara. Aunque bien yo sabía que no es lugar donde se den flores la cumbre del cerrito, porque sólo es pedregoso, hay abrojos, plantas espinosas, nopales silvestres, mezquites, no por ello dude, no por ello titubeé. Fui a acercarme a la cumbre del cerrito, miré que ya era la Tierra florida. Allí habían brotado variadas flores, como las rosas de Castilla, de lo más fino que hay, llenas de rocío, esplendorosas; así luego las fui a cortar.
Y Ella me dijo que de su parte te las diera, y que así yo probaría; para que tú vieras la señal que le pedías para realizar su venerable voluntad, y para que aparezca que es verdad mi palabra, mi mensaje.
Aquí las tienes; hazme favor de recibirlas.”
Aparece la Imagen Divina en el Ayate de Juan Diego
“Y luego extendió su blanca tilma, en cuyo hueco estaban las flores. Y al caer al suelo todas las variadas flores como las de Castilla, luego allí en su tilma se convirtió en señal, se apareció de repente la Amada Imagen de la Perfecta Virgen Santa María, Madre de Dios, en la forma y figura en que ahora está en donde ahora es conservada en su amada casita, en su sagrada casita en el Tepeyácac, que se llama Guadalupe.
Y en cuanto la contempló el Obispo Gobernante y también todos los que allí estaban, se arrodillaron, mucho la admiraron, se pusieron de pie para verla, se conmovieron, se afligió su corazón, como que se elevó su corazón, su pensamiento. Y el Obispo Gobernante con lágrimas, con tristeza, le suplicó, le pidió perdón por no haber realizado su venerable voluntad, su venerable aliento, su venerable palabra.
Y el Obispo se levantó, desató del cuello de donde estaba atada, la vestidura, la tilma de Juan Diego, en la que se apareció, en donde se convirtió en venerable señal la Reina Celestial. Y luego la llevó allá, la fue a colocar en su oratorio. Y todavía allí pasó un día entero Juan Diego en la casa del Obispo, quien hizo que se quedara allí.”
Referencias:
[1] Nican Mopohua, Knights Of Columbus. https://www.kofc.org/es/resources/our-lady-of-guadalupe/nican-mopohua.pdf, Num. 26
[2] Nican Mopohua, Knights Of Columbus. https://www.kofc.org/es/resources/our-lady-of-guadalupe/nican-mopohua.pdf, Num. 33
[3] Biblia Latinoamericana, 137 edición. Editorial Verbo Divino. 2 Corintios 12, 9
[4] Nican Mopohua, Knights Of Columbus. https://www.kofc.org/es/resources/our-lady-of-guadalupe/nican-mopohua.pdf, Nums. 27 – 32
[5] Proyecto Global de Pastoral 2031 a 2033. Conferencia Episcopal Mexicana CEM. 13 de mayo del 2018. http://www.dimensionvidacem.org/wp-content/uploads/2020/03/PGP_2031-2033.pdf Nums 9, 10
[6] Nican Mopohua, Knights Of Columbus. https://www.kofc.org/es/resources/our-lady-of-guadalupe/nican-mopohua.pdf, Nums. 46 – 191





