De la política a la mística en cuatro vueltas

Anthony Otis

De la política a la mística en cuatro vueltas
“Tout commence en mystique et finit en politique” (Péguy, 1910, p. 27). Con esta frase del poeta francés, el Cardenal Christophe Pierre, Nuncio Apostólico en Estados Unidos, comienza a describir su experiencia vivida en el cónclave, sin dejar pasar la ocasión para bromear amistosamente con sus hermanos, los cardenales estadounidenses. Conoce bien el complejo amor-odio que existe en la sociedad americana contra todo lo francés.

Tout commence en mystique et finit en politique” (Péguy, 1910, p. 27). Con esta frase del poeta francés, el Cardenal Christophe Pierre, Nuncio Apostólico en Estados Unidos, comienza a describir su experiencia vivida en el cónclave, sin dejar pasar la ocasión para bromear amistosamente con sus hermanos, los cardenales estadounidenses. Conoce bien el complejo amor-odio que existe en la sociedad americana contra todo lo francés. 

“De un momento a otro, el Cardenal Prevost se convirtió en Papa”, comentó Pierre durante la rueda de prensa ofrecida en Roma el pasado 9 de mayo por los cardenales estadounidenses, tras la conclusión del cónclave. “¡Qué experiencia tan extraordinaria!” Péguy, a decir del diplomático, plantea una perspectiva pesimista, aunque también realista. No obstante, él quiere mostrar un contraste:

“Todo comienza en política y termina en mística. Esto es lo que vivimos”.

A continuación, cuenta que todo era confusión, “la confusión de las lenguas, la confusión de las personas, la incertidumbre…” De pronto, según él, se encuentran juntos y tienen que votar por el Papa, y no hay método: “el único método es el método humano, hablar unos con otros, dialogar, escucharnos unos a otros. Al inicio, seamos honestos”, dice buscando la empatía de sus compañeros, “tenemos dificultad para escucharnos entre nosotros porque proyectas tu prejuicio, ves a la persona como crees que es”. 

Enseguida afirma que se trató de un proceso de discernimiento: “todo comienza en política y de pronto…” Entonces, subraya la importancia de encontrarse en un ambiente de oración, pues se reconocen incapaces para afrontar el asunto meramente con aptitudes humanas. “No podemos resolver el problema de la diversidad, las diferencias entre grupos, entre personas. Pienso que el Espíritu Santo tiene que ayudarnos, pero el Espíritu Santo no está flotando sobre las personas. El Espíritu actúa a través de nosotros.

Permítanme decir que en cierto momento –y esta fue mi experiencia maravillosa– constaté: el Espíritu está obrando. Y tenemos al Papa León”. 

McElroy, el Cardenal Arzobispo de Washington, había iniciado su intervención diciendo: “Como alguien muy estadounidense en cuanto a hábitos, gustos y actitudes, siempre pensé que sería imposible tener un Papa estadounidense”. Su convecino insistió en que todo el mundo hace notar que el origen de Robert Prevost es estadounidense. Sin embargo, luego de provocar risas por afirmar que, a diferencia de sus cofrades presentes, él tiene “el privilegio de ser francés”, resaltó lo que a su juicio presenta un mensaje profético. En primer lugar, el Pontífice ha ejercido la mayor parte de su ministerio en Perú y es un obispo sudamericano. “¡‘Prevost’ es francés!,” insiste el galo detonando carcajadas. Y añade que la genealogía del nuevo Obispo de Roma es muy interesante: “Haití, Luisiana… Todo termina en Chicago, pero Chicago no es el fin del mundo. El Cardenal Prevost, un hombre de Chicago, se convierte en el Papa de la Iglesia Universal. ¡Gracias a Dios!” 

Si acaso alguno aún no se había expresado sobre el carácter preeminentemente espiritual que constituyó su vivencia personal del cónclave, lo haría más tarde. La coincidencia fue unánime, cada uno presentando su asombro y peculiar perspectiva. En similar interlocución con los medios, los eminentes jerarcas de Canadá ofrecieron testimonios concordantes. Lo mismo hicieron los mexicanos en entrevistas individuales, como también se ha visto a otros. No se ha hecho notar alguno que describa murmuraciones, chismes, calumnias, ni intentos de individuos o camarillas para obtener ventajas u obstaculizar a algún rival. Cabe interpretar que la política a la que se refería el representante del Papa en Estados Unidos es más bien politiquería. Lo importante es el corolario: todo terminó místico. 

Al acuñar su famosa frase, Péguy señala: “El interés, la cuestión, lo esencial es que en cada orden, en cada sistema, la mística no sea devorada por la política a la que dio origen.” (Péguy, 1910, p. 28). Tal parece que el cónclave fue más allá. La “política”, o más bien la politiquería, fue transformada por la mística. En gran medida, la opinión publicada por los vaticanistas –tanto seculares como católicos– incurrió en un equívoco fundamental: tratar de analizar el cónclave y prever sus implicaciones con categorías estrictamente mundanas –luchas de poder, alianzas ideológicas, equilibrios geopolíticos– cuando en realidad lo decisivo fue la presencia operante del Espíritu Santo. La confusión de quienes buscaban pistas en encuestas o supuestas facciones solo demuestra cuánto nos resistimos a permitir que la dinámica espiritual –invisible a los ojos– rija nuestra comprensión de este proceso ejemplar que de manera imprevista se resolvió en la cuarta vuelta de votación. 

Al comparar la experiencia espiritual descrita por los cardenales con el capítulo 2 del libro de los Hechos de los Apóstoles, se revela un paralelismo sorprendente: así como en Pentecostés, tras la ráfaga del Espíritu, los apóstoles hablan lenguas y congregan multitudes en un mismo corazón, también los cardenales, después de la babélica “confusión de las lenguas” inicial, descubrieron en la oración compartida la unidad de intención que sólo puede venir de Dios. Aunque algunos fieles cuestionen que el Papa sea elegido por el Espíritu Santo –pues no existe una definición magisterial al respecto– ante la experiencia que en común comparten los purpurados solo caben dos posturas: creer que éstos obraron con ingenuidad o, en cambio, aceptar la veracidad de su vivencia de fe. 

Con la sabiduría acumulada a lo largo de veinte siglos, desde san Pedro hasta nuestro tiempo, podemos afirmar con confianza que el nuevo Vicario de Cristo es, como el pescador de Galilea, un pecador más que ocupa esa cátedra. Pero el Señor Jesús, fiel a su promesa, ha enviado nuevamente al Paráclito y ha garantizado que “el poder de la muerte no prevalecerá contra” la Iglesia edificada sobre la roca de Pedro (Mt 16, 18). Esta doble certeza –la humana y la divina– ilumina cada escrutinio y cada oración en el cónclave. 

Así, este proceso electoral se nos erige hoy como un modelo de auténtica “buena política”: aquella que, fundada en la caridad y orientada al Bien Común, no se deja devorar por intereses mezquinos y reconoce su propia insuficiencia para luego acogerse al Auxiliador divino.

La Iglesia –con su experiencia de gobierno sinodal y su apertura al Espíritu– ofrece a los gobernantes la lección más profunda sobre el verdadero servicio a los pueblos: no con astucias terrenales, sino con humildad mística y entrega generosa; con la asistencia que viene del cielo. 


Referencias:

Péguy, C. (1910). Notre jeunesse. Paris, France: Cahiers de la Quinzaine. 

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