El 15 de septiembre del 2024 pasará a la historia como un día trascendental, y triste, para México; el día en que la transición quedó muerta y la regresión autoritaria consolidó su triunfo, en la pluma del presidente López, que publicó la reforma judicial en las páginas del Diario Oficial de la Federación.
Hay que decirlo con plena claridad: la reforma, su contenido y sus circunstancias fueron un triunfo político casi absoluto del régimen obradorista, porque primero lograron aprobarla sin problemas en la Cámara de Diputados, y luego rompieron al “bloque de contención” de los partidos opositores, pasándola también en el Senado con dos legisladores esquiroles (uno del PAN, otro de MC) sumados a los dos tránsfugas del extinto PRD; ello, de paso, le garantiza la mayoría calificada durante 6 años al oficialismo. ¿Y la última barrera, los congresos locales? La mayoría de las legislaturas estatales ratificaron la reforma en menos de 72 horas.
Para el oficialismo, la victoria. Del lado de la oposición, es el peor escenario posible, no solo porque la reforma en sí tiene muchos aspectos entre cuestionables y trágicos, sino porque fueron incapaces, ya no solo de revertirla, sino de siquiera detenerla, ya que el “bloque de contención”, que con tan buenos resultados habían mantenido los opositores en las dos legislaturas anteriores, está destruido.
Ya con los votos, las curules y los decretos, queda claro, dolorosamente claro, que la oposición se ha quedado atrás, incapaz de impedir las reformas constitucionales, al grado de que, aun sumando a todos los grupos parlamentarios no oficialistas, carecen de los diputados o senadores suficientes como para impugnar dichas reformas ante la SCJN.
Ante esta dolorosa realidad, con la presencia parlamentaria reducida a un mero acto testimonial, ¿qué sigue entonces? ¿tomar las calles?
La respuesta es No.
No, porque lanzarse a marchar una y otra vez, sin agenda, victorias a la mano, ni estructura clara, se convierte en un mero desahogo que, más temprano que tarde, cansa -literalmente- a los activistas, desgasta las causas y desacredita a las organizaciones. Van dos ejemplos:
• FRENA: sus primeras marchas llegaron a movilizar a decenas de miles de personas sin estructuras partidistas de fondo, algo ciertamente digno de reconocer, había miles de personas organizadas en redes sociales. Salieron a marchar una vez…luego dos…luego cuatro, y a mediano plazo el movimiento se quedó tan vacío como aquellas infames casas de campaña en el Zócalo.
• Marea Rosa: cuando convocó a sus primeras marchas, enfocadas en su tema original (defender al INE de la intervención obradorista) reunió a cerca de medio millón de personas en todo el país, las manifestaciones no partidistas más grandes en la historia de México…varias marchas y meses después, su movilización en contra de la sobrerrepresentación movió apenas a un puñado de personas.
Algo similar les ha pasado a otros movimientos sociales en el pasado. ¿Por qué? Porque la marcha sólo funciona cuando actúa simultáneamente un acto catártico y un desafío creíble contra el poder. Por el contrario, cuando la gente marcha y no pasa nada, ese desafío contra el poder se desvanece y la manifestación se queda solo como un desahogo emocional, más parecido a un concierto o una peregrinación.
Irónicamente, ello termina desinflando las causas políticas, porque la gente percibe que, por una parte, marchar no da resultados y -al mismo tiempo- al marchar ya hicieron lo que les toca. El resultado es una mezcla de desánimo y resignación que se sintetiza en apatía.
Eso ocurrió con las marchas contra la reforma judicial: reunieron a unos cuantos miles de personas, jamás estuvieron cerca de atemorizar al régimen, permitieron un desahogo a los opositores más activos y no cambiaron ni en una coma el desahogo final. Es lo que coloquialmente se conoce como el “derecho al pataleo”.
Para acabar pronto, Sí. Está “padre” salir a las calles, se siente bonito, pero, siendo sinceros, hay momento en el que las marchas dejan de ser un “ejercicio ciudadano”, para convertirse en “ejercicio” a secas, desplantes teatrales condenados a desgastar a los ciudadanos, exhibir la relativa debilidad de las estructuras opositoras y convertirse en mero berrinche, irrelevante e impotente, ante la supermayoría oficialista, que tiene los votos para aprobar básicamente lo que le venga en gana.
Ok. Una “oposición aeróbica” no funciona. ¿Qué sigue entonces?
El camino es una oposición “anaeróbica”. Siguiendo la alegoría con los ejercicios, a diferencia de los aeróbicos, como la caminata, las actividades anaeróbicas se enfocan en esfuerzos más breves y concentrados.
Los ejercicios anaeróbicos más típicos incluyen el levantamiento de pesas, que permite ganar fuerza que más tarde resultará útil en otras actividades. Por eso que los futbolistas y hasta los pilotos de Fórmula 1 priorizan tanto el gimnasio. Después de todo, no basta con tener la técnica para manejar el coche, necesitas tener un cuerpo con la fortaleza como para resistir las presiones y el desgaste de la carrera.
Toda proporción guardada, lo mismo tiene que hacer la oposición. Si dejó en claro la reciente elección federal es que “la caballada está flaca” La resistencia contra el autoritarismo obradorista necesita, literalmente, músculo, tanto en términos de estructuras sociales, como en sus militantes y liderazgos.
Ahora bien, ¿cómo hacer esos ejercicios? ¿Cómo “ganar músculo”? Por inicio de cuentas, hay 4 cosas por hacer:
• Aprovechar las tensiones, internas y externas, sin que se salgan de control. Grosso modo, el levantamiento de pesas funciona “lesionando” ligeramente el músculo, para que -al recuperarse- sea más fuerte que al inicio. Por supuesto, demasiado peso puede ser letal, pero en la medida apropiada, es útil. Es necesario entrar a los debates respecto al modelo de país que queremos y dejar que los liderazgos emergentes compitan entre sí, pero sin que llegue la sangre al río; ahí entra en juego el “colmillo” político de los profesionales.
• Movilización, de corto plazo, y a baja escala. En lugar de optar por mega marchas a nivel nacional, sobre temas de largo alcance, que pueden extenderse durante meses, optar por muchas movilizaciones pequeñas, por temas locales de resolución rápida, que permitan “foguear” a las estructuras y líderes de oposición, bajo un modelo de “fallar rápido”: si el tema no era el correcto, no quedarse atorados.
• Desarrollar masa muscular, que en términos políticos equivale a redes de militantes/activistas/afines a los partidos opositores que estén en contacto permanente y puedan, llegado el momento, reaccionar con rapidez. Básicamente los viejos “árboles telefónicos”, actualizados al siglo XXI, lo que en algún momento intentó hacer FRENA, pero bien hecho.
• Desarrollar resistencia, conscientes de que, ya consolidado, el régimen obradorista será cada vez más hostil con los opositores “incómodos”. En los tiempos del PRI, eran casi cliché las auditorías contra los líderes panistas; ahora, con más tecnología y control de por medio, vendrán cosas peores, y se necesitan líderes capaces de aguantar la presión sin hacer un Yunes.
Por supuesto, esto es apenas una primera aproximación a lo que deberá ser un trabajo muy profundo en las estructuras opositoras. La clave es que, de cara al 2027, no podemos apostarle a la marcha y la plaza, sin haber desarrollado una estructura capaz de hacer que esas movilizaciones sean relevantes. La primera etapa es anaeróbica, es interna, es enfocada en lo local, y es indispensable.





