La palabra democracia parece tener buena prensa en nuestros tiempos y, por ello, todos buscan acogerse a ella para sustentar sus posicionamientos políticos. Sin embargo, se trata, en sí mismo, de un término equívoco que permite distintas interpretaciones. No es lo mismo la democracia como la entendieron y vivieron los griegos o como la entienden y practican los estadounidenses. Y, sin embargo, para muchos se trata de ejemplos paradigmáticos a los que se suele hacer referencia en muchos foros, particularmente porque se desconoce cómo era o es, en cada caso.
En Atenas no todos tenían derecho a voz y a participar, menos a decidir. Eran unos cuantos los que ejercían la susodicha democracia. En los Estados Unidos el proceso electoral que determina quién es el presidente, es indirecto, de tal suerte que puede ser, como ha ocurrido, que un candidato tenga mayoría de votos, pero pierda la elección, sin que eso signifique una violación a la ley o un fraude electoral. Así como ésas, existen otros casos que llevan a figuras democráticas de distinto tono.
Sin embargo, también es cierto que el término democracia ha sido acompañado de diversos adjetivos que ya indican, de entrada, una concepción definida que va más allá del procedimiento electivo o de votaciones, sino de una carga ideológica definida. Las “democracias populares”, hijas del marxismo, para nada tenían que ver con procedimientos electorales, sino con un condicionamiento que, incluso, admitía la dictadura del proletariado como parte integrante de la misma. Así que hay que andarse con pies de plomo cuando se habla de democracia, porque, así como de la libertad, se cometen muchos crímenes en su nombre.
Ese es el caso de la democracia bolivariana que está viviendo Venezuela y que está costando vidas, heridos y encarcelamiento al estilo nazi o maoísta, de quienes con valor y en franca indefensión han protestado por el descarado fraude electoral de Nicolás Maduro, quien, sin mostrar las actas de las casillas, se ha proclamado presidente ganador, con la complicidad del Consejo Nacional Electoral, afirmando que obtuvo el 51.20 por ciento de los votos, con el 80 por ciento de las actas. En contraste y con un porcentaje semejante, pero exhibiendo las actas en que se basa su afirmación, Edmundo González, el candidato opositor más fuerte, afirma tener un 67.1 por ciento de la votación, ante un 30.4 por ciento de Maduro. Lo contrario de lo que afirma el oficialismo.
La “democracia” de Maduro no es exclusiva de él, ya la hemos visto aplicarse en otros países como Rusia y Nicaragua. El primer paso consiste en eliminar como opción electoral a los candidatos opositores más fuertes, como ocurrió con Corina Machado en Venezuela, o en impulsar la división entre los candidatos opositores para que no exista una alternativa predominante.
Parte de este proceso consiste en amenazas no sólo a los candidatos, sino a la población misma, como hizo Maduro antes de la elección, afirmando que si la oposición ganaba iba a haber una gran derrama de sangre. Y no eran meras palabras, hoy los hechos las confirman. Los videos en que muestra como imparte consignas de represión a sus fuerzas represoras, son más que elocuentes.
Además, Maduro ha declarado que a los “terroristas” que defienden el triunfo opositor de manera pacífica en las calles, además de encarcelarlos, los someterá a un proceso de re educación, al más puro estilo maoísta. Y todo, en nombre de la democracia.
Esta escuela no está inaugurando cursos, pues carecen de imaginación innovadora, sino que están tomando de gobiernos totalitarios como la URSS, China comunista o Cuba, prácticas según las cuales el partido en el poder obtiene mayorías de votos aplastantes.
En todos esos países se han tenido legislaciones que, aunque aparentemente respetan un estado de derecho, en realidad se interpretan y aplican al gusto del gobernante en turno.
Todo esto es posible porque, aunque formalmente los estados con estas características están organizados con separación del ejecutivo, el legislativo y el judicial, en realidad son controlados por el líder o cabeza del estado, desde el ámbito donde se gobierna en la práctica, para imponer una sola voluntad, sin injerencia de cualquier forma de oposición, a la cual no se baja de traidora.
Es curioso que, ante estas evidencias, estados que aspiran a ser democráticos, como México, están en grave riesgo de deslizarse en esta dirección como fruto del populismo que doblega voluntades mediante subsidios universales que lo mismo llegan a quienes los necesitan que a quienes no.
Al mismo tiempo, se monta un aparato propagandístico desde el Estado, que por más que supuestamente se permite la libertad de expresión, utiliza todos los recursos gubernamentales para afirmarse y descalificar a los disidentes.
Hay un viejo dicho que dice: cuando veas las barbas de tu vecino pelar, pon las tuyas a remojar. Es una advertencia que los pueblos donde avanza este proceso deben tomar en cuenta.





