En diciembre del año pasado se cumplieron 75 años de la promulgación de la Declaración de los Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas. Fue un aniversario deslucido, pues en lugar de conmemorarse un hecho que se consideró trascendente después de la Segunda Guerra Mundial, ahora son numerosos los frentes desde los cuales se les viola, se les ignora e, incluso, se les desconoce validez. No faltan quienes quieren que se deroguen o que se cambien.
Lograr que se redactara un documento que fuera reconocido por naciones con sistemas políticos diversos y hasta antagónicos, fundados en ideologías excluyentes, fue una verdadera hazaña que se logró gracias a la habilidad de quienes lo elaboraron. Muchos podrían decir que se trataba de algo de sentido común, fundado en la Ley Natural, pero no fue así. De hecho, no faltaron críticas de muchos, incluso del campo católico.
Lo cierto es que dicho documento se aprobó por consenso a cambio de que no contara con un fundamento filosófico sólido. Se consideró, entonces, que la libertad, la justicia y la paz se fundan en el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los hombres. Sin embargo, no se fundamentó en donde y por qué el hombre tiene dignidad y en qué consiste. La consecuencia ha sido que una y otra vez los seres humanos son violentados, encarcelados y eliminados por los poderosos cuando no son del agrado de los gobernantes. Siguen los presos políticos, los torturados y los desaparecidos.
Hoy se cuentan ya por millones los seres humanos que han sido asesinados en el vientre materno y se incrementan los casos de las víctimas de la eutanasia para eliminar a enfermos y ancianos que estorban a quienes debiendo ser solidarios con ellos prefieren descartarlos por razones egoístas y pragmáticas que menosprecian la declarada dignidad.
Derivado de esa dignidad, se reconoce el derecho a una vida con un mínimo de condiciones de alimentación, salud y educación de los cuales carecen millones de personas en todo el mundo, incluso en los llamados países desarrollados. Siguen existiendo los actos de barbarie que lamentaba el preámbulo de la Declaración como consecuencia del menosprecio de los derechos humanos.
Otros de los derechos humanos que se manifestaban como deseables, eran los relativos a la libertad de palabra y la libertad de creencias, hoy agredidos en la andanada de la ideología de género que se expande e impone como pensamiento único más allá de las diferencias de modelos políticos en vigor, impulsado por las mismas Naciones Unidas, en donde se imponen las líneas promovidas por la burocracia de esta, más allá de las decisiones de los propios estados. Esto se extiende a las religiones, ala libertad de conciencia, al ejercicio de algunas profesiones y hasta a los derechos de la patria potestad.
El Derecho, que debiera ser el marco con el cual se protegieran los derechos humanos en los diversos estados, lejos de hacerlo hoy enmarca y legaliza acciones contrarias a los mismos. Se confunde legalismo con Estado de Derecho y se aplasta a las personas con la ley.
Hoy no existe igualdad entre hombres y mujeres, y mientras algunas damas siguen minusvaloradas, marginadas y violentadas, a otras se les otorgan derechos especiales para empoderarlas, que se vuelven privilegios respecto de los varones. Algo semejante ocurre con quienes afirman poseer diversidad de género o con grupos autóctonos, bajo la consideración de acciones afirmativas.
Se pretendía con una concepción común de los derechos, pero esto no fue posible prácticamente nunca. Países signantes, como los comunistas, nunca los respetaron, pero cuando les convenía, se acogían a ellos. En su calidad de potencia, a pesar de ser ejemplo de violación de los derechos humanos, ejerció una posición privilegiada en el Consejo de Seguridad, que ahora ejerce Rusia como heredera.
Se consideró que la vigencia de los derechos humanos conduciría a la paz, pero lejos de alcanzarla, vivimos, como ha señalado el Papa Francisco, una tercera guerra mundial segmentada. Al mismo tiempo, las guerras actuales se han caracterizado por la violación de las disposiciones sobre la materia que prohíben el ataque a los civiles que no participan en la contienda. Tanto hombres, mujeres como niños son víctimas de la guerra en numerosas naciones.
Lejos de que las nuevas condiciones de desarrollo material hubieran permitido un mejor ejercicio de la razón y conciencia a favor de la fraternidad humana, los enconos y divisiones no se dan solo entre las naciones, sino al interior de las mismas. Dividir y polarizar, es una estrategia de los gobernantes para incrementar su poder o conservarlo.
Como consecuencia de esta polarización, el derecho a la vida se encuentra en constante riesgo y la inseguridad se apodera de los estados, aparecen así fenómenos como el control de regiones de los países por grupos guerrilleros o por el crimen organizado, verdaderos estados dentro del estado.
Han surgido, también, nuevas formas de esclavitud como consecuencia de la trata de personas incluyendo la violencia contra los niños, pese a que también para ellos se ha declarado un estatuto especial para proteger sus derechos.
Otro derecho violentado en estos tiempos es el que protege la personalidad y la privacidad de personas, familias, domicilio, correspondencia o comunicaciones, frente a injerencias arbitrarias. Con la aparición de internet y las redes sociales, no solo se ha roto la vida privada y el derecho a la intimidad, sino que a través de ellas se ataca la honra y reputación de las personas.
La ofensiva contra la familia es otra de las características actuales, a pesar de que la Declaración afirmaba que: “La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado.” En cambio, se facilita la destrucción de las familias, en detrimento de los hijos, y se impulsan supuestas nuevas formas de familia, equiparándolas a la natural e, incluso, en ocasiones se les otorgan ventajas y privilegios.
Lo mismo ocurre con los derechos en que se funda la participación política: liberta de reunión, la asociación pacífica y no obligada. La vigencia de la democracia respetando el derecho de todos a participar en la misma y a ocupar cargos públicos. Gobiernos autoritarios encarcelan a los candidatos de oposición o les inventan delitos o faltas para desprestigiarlos. De este modo se perpetúan en el poder grupos o personas.
Mención aparte merecen los derechos económicos, sociales, culturales, al trabajo, a la salud y a la seguridad social, a través de lo cuales las personas logran su desarrollo integral, y se reinterpreta el libre desarrollo de la personalidad para justificar situaciones inadmisibles en contra de la persona misma o la de otros.
Finalmente está en juego el derecho a la educación, factor clave del desarrollo de las personas. Un instrumento para doblegar a las personas es imponerles, desde la infancia, ideologías y formas de pensar por parte del Estado. De nada ha servido que se declare que “Los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos”.
Lo que durante un momento se consideró un gran avance de la humanidad, hoy se enfrenta, por el contrario, a una grave regresión. Eso no significa que deba renunciarse a la defensa y lucha a favor de los derechos humanos. El punto de partida, la dignidad humana y la igualdad entre todos los hombres así lo exige.





