«No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada»” (Gen 2, 18).
Esta frase bíblica ha dado pie a innumerables interpretaciones a través de la historia, la mayoría de las cuales indican que la mujer fue creada por Dios para ‘ayudar’ al hombre, en el sentido de darle servicio, de cumplir sus órdenes, de apoyar sus decisiones, con una connotación peyorativa que implica subordinación.
” Dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza”. (Gen. 1,26) y “Creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios los creó; varón y mujer los creó” (Gen. 1,27), sustentan, por una parte, que los seres humanos somos hechura de Dios, que nos hizo semejantes a Él, y por otra, que nos creó varón y mujer, ambos iguales ante Él, sin diferencia ni distinción en dignidad y en perfección. La palabra ‘hombre’ en el original hebreo, implica a todo el ser humano, hombre y mujer.
La interpretación adecuada de ‘ayuda’ no implica subordinación, sino complementación, “no se refiere solamente al ámbito de obrar, sino también al del ser. Femineidad y masculinidad son entre sí complementarias no sólo desde el punto de vista físico y psíquico, sino ontológico. Sólo gracias a la dualidad de lo «masculino» y de lo «femenino» lo «humano» se realiza plenamente” (Carta a las Mujeres, JPII, No. 7).
La igualdad esencial de hombres y mujeres expresada en las Sagradas Escrituras conlleva una invitación: “el ser humano, ser racional y libre, está llamado a transformar la faz de la tierra. En este encargo, que esencialmente es obra de cultura, tanto el hombre como la mujer tienen desde el principio igual responsabilidad” (Carta a las Mujeres de JP II No. 8)
Es evidente, sin embargo, que esa igualdad esencial y esa responsabilidad compartida para transformar la realidad no ha sido reconocida a través de la historia.
No cabe duda de que la aportación de la mujer se ha dado en condiciones de desigualdad, como lo expresa el Papa Juan Pablo II en su Carta a las Mujeres: “ciertamente es hora de mirar con la valentía de la memoria, y reconociendo sinceramente las responsabilidades, la larga historia de la humanidad, a la que las mujeres han contribuido no menos que los hombres, y la mayor parte de las veces en condiciones bastante más adversas”. (Carta a las Mujeres JPII No. 3).
El Papa continua en su Carta refiriéndose al trabajo de las mujeres en diferentes áreas del quehacer humano, donde el trato que han recibido ha sido, por lo menos, inequitativo. “Pienso en particular, en las mujeres que han amado la cultura y el arte…, expuestas a la infravaloración, al desconocimiento e incluso al despojo de su aportación intelectual. …Respecto a esta grande e inmensa ‘tradición’ femenina, la humanidad tiene una deuda incalculable. ¡Cuántas mujeres han sido y son todavía más tenidas en cuenta por su aspecto físico que por su competencia, profesionalidad, capacidad intelectual, riqueza de su sensibilidad y en definitiva por la dignidad misma de su ser!” (Carta a las Mujeres JPII No. 3).
La Carta a las Mujeres también se ocupa de las mujeres que incursionan en el campo laboral y el de la vida pública: “Y qué decir también de los obstáculos que, en tantas partes del mundo, impiden aún a las mujeres su plena inserción en la vida social, política y económica. Baste pensar en cómo a menudo es penalizado, más que gratificado, el don de la maternidad, al que la humanidad debe también su misma supervivencia. […] Es urgente alcanzar en todas partes la efectiva igualdad de los derechos de las personas y por tanto igualdad de salario respecto a igualdad de trabajo, tutela de la trabajadora-madre, justas promociones en la carrera, igualdad de los esposos en el derecho de familia, reconocimiento de todo lo que va unido a los derechos y deberes del ciudadano en un régimen democrático” (Carta a las Mujeres JPII No. 4)
El Papa Juan Pablo II escribió la Carta a las Mujeres hace casi treinta años. De entonces para acá han ocurrido muchos cambios en el mundo, también en lo que se refiere a las mujeres y a su participación en igualdad en todos los campos de la vida. Estos cambios se han dado sobre todo en la legislación, con la promulgación de leyes que garantizan los derechos humanos de las mujeres y reglamentan su participación en la vida laboral y política.
También se han establecido políticas públicas que favorecen la protección de las mujeres en condición de vulnerabilidad, acciones afirmativas que obligan a incorporar la perspectiva de género en la toma de decisiones, presupuestos etiquetados para programas que favorecen las acciones en favor de las mujeres. Hoy en día nos encontramos con mujeres que participan exitosamente en prácticamente todos los campos de la sociedad.
Sin embargo, los graves problemas que estamos enfrentando como sociedad, el relativismo en las ideas, el menosprecio de la vida humana, la exaltación del hedonismo, el olvido de los valores trascendentes, la pérdida del respeto por lo trascendente, amenazan hacer nugatorios los avances en la reivindicación de los derechos de la mujer.
Con la bandera de los derechos de la mujer, se menosprecia la maternidad y la vida, se disfraza de igualdad el ataque a la dignidad, el pudor, la decencia. Pretendiendo defender a las mujeres, se les utiliza como anzuelo para obtener ganancias. Con el pretexto de las cuotas de género, se les maneja como objetos intercambiables.
Es imperativo, en este joven Siglo XXI, refrescar los conceptos de la Carta a las Mujeres e insertarlos en la realidad que vivimos en ambientes sociales y educativos para contribuir a hacer propuestas en temas como la violencia intrafamiliar, la formación de niños y adolescentes, la prevención de adicciones, el valor de la formación religiosa, la defensa de la vida, la pobreza y el hacinamiento que impide el desarrollo armónico de las familias, y de manera especial de las mujeres.





