Si observamos la realidad cotidiana, percibimos una gran carencia de líderes, y por ello sociedades enteras se encuentran a la deriva, ya que, sin el ejercicio de la autoridad, es imposible la cohesión social; afirmamos esto, de la familia, de la comunidad educativa, de la empresa, del Estado, de la Iglesia, donde pareciera que se ha abdicado del ejercicio de la autoridad, por negligencia, cobardía o temor a la responsabilidad de la decisión tomada.
Etimológicamente, proviene de ‘liderato’, que significa jefe o dirigente de un grupo, en cualquiera de sus acepciones implica el ejercicio de la autoridad, palabra que proviene del vocablo latino ‘autorictas’, que significa ‘capacidad ordenadora’ que todo hombre posee por naturaleza en ‘potencia’ y que se concreta en ‘acto’ en el momento de asumir la responsabilidad de ejercerla.
Se vive hoy una sociedad sumida en un profundo individualismo, que conspira contra la esencia misma de la vida comunitaria; el hombre que ha perdido la fe, y se encuentra a expensas de los demagogos de turno, que pareciesen ser los únicos que dan respuestas a los interrogantes metafísicos, se halla, como dice Víctor Frankl, ante un ‘vacío existencial’; situación que lo lleva a desconfiar de todo y de todos, sumido en un escepticismo quietista que lo empuja a vivir un ‘eterno presente’, en el cual, ante el dolor y las contrariedades de la vida, sucumbe por no haber encontrado el sentido trascendente del existir.
Asimismo, la corrupción generalizada de quienes detentan la autoridad en las naciones, que han convertido su función en un ejercicio desmedido del poder, buscando el bien particular y no el Bien Común, provoca:
- Una actitud posmoderna de rebelión contra toda autoridad,
- Atacando la noción misma de paternidad, por la auctoritas que ella lleva implícita.
- La pérdida de la virtud del patriotismo, confundiendo a la patria con el gobierno de turno.
- La tentación moderna de vivir un espíritu ‘conformista’ donde consideramos que ser buenos, es ‘cumplir’ con nuestras tareas habituales, ocuparnos de la familia e ir a misa los domingos es suficiente.
Por ello se vuelve un deber el reflexionar juntos acerca de todo aquel que detenta autoridad, o que, sin ella hace ejercicio permanente y abusivo del poder.
- En este marco es en el que hemos de desarrollar esta reflexión, abordando la esencia del ejercicio de la autoridad y su necesidad en el día de hoy. Existe en el presente, el falso liderazgo y populismo, que se orienta a la manipulación demagógica de las masas, realidad habitual en nuestros días, recordando lo expresado por SS Benedicto XVI, “Quien excluye a Dios de su horizonte falsifica el concepto de realidad, y, en consecuencia, sólo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas”.
- Es en la Educación, donde deberían formarse los dirigentes de la Sociedad, si ésta fueran recintos donde se busque y se viva la verdad, y si hoy percibimos encontrarnos en un lodazal de mentira, engaño, y fraude en la sociedad, es porque desde hace décadas las instituciones educativas, han dejado de educar para abocarse a embrutecer al pueblo americano. URGE HOY, SALIR DE SEMEJANTE MEDIOCRIDAD.
- La juventud es tiempo vital de la manifestación de liderazgos, pues en ella naturalmente se vive el deseo de una generosidad sin límites, de un profundo inconformismo con el mundo, y un anhelo de cambiarlo todo, y es allí donde es imprescindible también mostrar que es posible comprometerse por un ideal, y que existe en la historia reciente quienes han sido capaces de una entrega total y generosa en la fidelidad a Dios y el servicio a los demás.
- La Familia es la primera escuela de ejercicio auténtico de autoridad, donde papá y mamá buscan con ardor el Bien Común Familiar… y, simultáneamente, no deben olvidarse de la comunidad en la cual se halla inmersa; la familia cristiana no es una ‘trinchera’ ajena a lo que le rodea. Por el contrario, está llamada a vivir de tal manera la virtud -levadura en la sociedad-, que ayude al pueblo a ser pueblo y no masa.
- Será en la vida consagrada en la Iglesia, donde se ha de vivir por excelencia uno de los rasgos característicos del verdadero líder, EL ESPÍRITU DE SERVICIO, que ha de animar a los pastores, quienes revestidos de autoridad deben ser TESTIGOS DE LA VERDAD, dispuestos a su entrega personal y al martirio si fuese necesario en el compromiso de proclamar la VERDAD oportuna e inoportunamente al decir de San Pablo… con gozo hoy tenemos en nuestra memoria la figura señera de nuestro venerado San Juan Pablo II, ejemplo de autoridad que con su vida nos enseñó, que el auténtico líder es el SANTO.
- Debemos plasmar cuáles han de ser los caracteres de los Dirigentes que Hispanoamérica necesita, siendo fiel a la vocación a la que Dios la llama, que no es vocación a la pequeñez y mediocridad, ni ha de quedar sujeta a ningún demagogo de turno, sino a vivir su destino de grandeza, con el signo de la Cruz que le dio origen; y con dirigentes que vivan apasionados por el Bien Común, siendo capaces de renunciar a su bien personal por el amor a los demás.
Necesitamos políticos que sean Santos y Santos que sean Políticos.
Los líderes: ¿nacen o se forman?
La autoridad es ‘capacidad ordenadora’ que en potencia se encuentra en todo ser humano, llamado a ponerla en ‘acto’ en el momento de ser revestido de autoridad, por lo cual podemos afirmar que el líder nace y se hace.
La magnanimidad es la virtud que anima al auténtico líder, para luchar por cosas grandes y plantearse desafíos a uno mismo y a los demás. Los líderes son magnánimos en sus sueños, visiones y sentido de misión, en su capacidad para esperar, confianza y osadía, en su entusiasmo por el esfuerzo que requiere el éxito en su trabajo. También en su propensión para usar medios proporcionados a sus objetivos, en su capacidad para lanzarse desafíos a sí mismos y a los que tienen alrededor. La magnanimidad del líder está dirigida a servir a los otros, a su familia, compañeros, a su país y a toda la humanidad.
El valor de la magnanimidad es poco conocido y poco entendido. Todas las definiciones nos hablan de “ánimo grande” o “espíritu grande”. A veces nos quedan más claros los conceptos contrarios de la magnanimidad: mezquindad, tacañería, pusilanimidad.
La magnanimidad es una disposición hacia dar más allá de lo que se considera normal -entregarse hasta las últimas consecuencias-; de emprender sin miedo, de avanzar pese a cualquier adversidad. El ánimo grande, la magnanimidad, es el valor que convierte a un simple ser humano en un héroe. Y este ha de ser el sello de quien ejerce el liderazgo y la autoridad.
En el momento que vivimos estamos propensos a conformarnos con lo que somos: calculadores y egoístas, orientando nuestros esfuerzos a la adquisición de bienes materiales y a la búsqueda de riqueza… Por el contrario, un ánimo grande, el del líder, se caracteriza por la búsqueda de su perfección como ser humano; y la entrega total para servir a los demás desinteresadamente.
Un ánimo grande aleja de sí toda envidia y resentimiento; supera el temor a ser criticado por hacer algo que considera bueno; tiene la capacidad de afrontar grandes retos con paciencia y perseverancia, y, sobre todo, la alegría y los buenos modales son rasgos característicos de su personalidad.
Para el Líder no existen tareas de ínfima categoría o el temor a cuidar lo que podría denominarse “buena imagen”, actúa con la convicción de cumplir con un compromiso y un deber personal.
Toda empresa es un gran reto y las hay de todos tipos, pero las de naturaleza humana son las primeras que deben interesarnos para sacar adelante: los hijos son la empresa para los padres; los alumnos al maestro; los empleados y trabajadores al director de la compañía; el cónyuge, el amigo… ¿Acaso no tenemos deseos de verlos prosperar y ser mejores? El verdadero triunfo de la magnanimidad en el líder está en ver por el bienestar de los demás sin medirlos por el beneficio material que puedan retribuir.
Es muy difícil entender el servicio del líder, del jefe, si pensamos únicamente en un beneficio inmediato y personal. Lo correcto es enfocar nuestro esfuerzo para traspasar las fronteras del egoísmo: si tengo más conocimientos puedo servir mejor a la familia, a la empresa, …o a mi país.
Sólo una sociedad con líderes con vocación de servicio tiene asegurado un futuro de grandeza y un pleno desarrollo humano





