Pero no se castiga adecuadamente al futbolista que, habiendo recibido una falta o, peor aún, sin haberla recibido, exagera el supuesto daño y el dolor que le ocasiona ello, sin otra finalidad que conseguir una oportunidad de juego en favor de su equipo. Eso es engañar, y va tan en contra del espíritu deportivo como insultar a un adversario por su color de piel o por cualquiera otra causa.
El deporte, como se sabe, ha sido por siglos vehículo de comunicación, herramienta de crecimiento físico, mental y espiritual, y también, hay que decirlo, un escaparate en el que los jóvenes y los niños miran con gran esperanza la posibilidad de convertir en realidad lo que sueñan.
Ni qué decir del futbol, que paraliza al mundo cada cuatro años, que acerca a los diferentes y fortalece las relaciones entre personas, países y regiones. El futbol es también un gran elemento de comunicación y de trabajo estratégico, técnico y táctico, competitivo y desarrollado en equipo, sujeto a reglas aceptadas por los contendientes.
Esas reglas no han sido siempre las mismas: se adaptan de tiempo en tiempo para tratar de hacer una competencia cada vez más leal, para cuidar mejor la integridad física de los deportistas y para agregar emoción al espectáculo.
Así, hubo un tiempo en el que sólo se permitía un cambio de jugador por equipo durante el partido, y únicamente si quien abandonaba el juego lo hacía a causa de una lesión. Después, ese cambio se convirtió en tres por equipo, lesionados o no, y, a raíz de la pandemia de coronavirus, la cifra subió a cinco por bando y uno más si, efectuados los cinco, alguien tenía que salir por lesión.
También quedó atrás la época en que la regla establecía que, para no caer en un fuera de lugar, un jugador atacante al recibir un pase tenía que tener entre sí y la meta a dos adversarios. Hoy, basta con tener a uno y que al menos uno más esté a la misma distancia de su propia línea de meta que el atacante. Y se incorporó tecnología digital para determinar con precisión que así sea. Todos esos cambios constituyen, sin lugar a dudas, notables avances en beneficio del deporte.
Sin embargo, no se ha hecho lo suficiente para preservar el espíritu de juego limpio que debiera caracterizar a todo deporte, sin que importe su grado de popularidad.
Es de esperar que en algún momento se establezcan medidas contra las conductas que intentan engañar, tan habituales incluso en ídolos de niños y jóvenes. Pero, mientras eso ocurre (si es que ocurre), vale la pena reflexionar, así sea de manera superficial, en la importancia ética del lenguaje corporal.
El lenguaje es, vale la pena recordarlo, el vehículo por excelencia para la socialización; para la comunicación entre personas. Y no solo el lenguaje hablado o el escrito; también el gestual, el corporal y los códigos especiales como la señalética internacional para el tránsito, la clave morse, las lenguas de señas…
Y utilizar esos vehículos de comunicación implica, a querer o no, hacerlo con un criterio ético que dé lugar al establecimiento de una verdadera socialización, porque la comunicación puede ser directa y clara o bien confusa y rebuscada. Y puede ser veraz o mendaz, mentirosa.
Eso es válido también para la comunicación corporal. Cuando un futbolista que es ídolo de las jóvenes generaciones cae al suelo en medio de gritos dignos de una amputación, golpeando el piso repetidamente con los pies o con la palma de una mano, revolcándose como bonzo envuelto en llamas, todo eso porque lo zancadillaron, miente. Engaña y falta a la ética profesional del deportista.
Es decir, es posible mentir no solo con las palabras escritas o habladas; también se puede mentir con el cuerpo. Y lo más lamentable en casos de ese tipo es que no faltan comentaristas y narradores de las televisoras, así como gente que usa las redes sociales, que califican esas actitudes antideportivas, antiéticas y deshonestas como vivezas y hasta como gestos inteligentes del mentiroso.
El deporte en general, y particularmente el futbol, requieren con urgencia de que se rescaten la conducta ética, la lealtad al juego y el respeto a las reglas.
Tirarse al suelo como si se estuviera herido de muerte por un simple empujón, meter un gol con la mano (como lo hizo en su momento un muy famoso pero nada ejemplar futbolista argentino), levantar los brazos en señal de inocencia después de infligir un golpe al adversario, es mentir.
Se trata de mentiras que en nada se distinguen del llamado amaño de partidos, del señalamiento de faltas inexistentes o del no señalamiento de otras claras, como ocurrió en uno de los primeros partidos de la Copa del mundo, en el cual, quien es considerado el mejor jugador del mundo cometió una falta grave que, si se hubiese aplicado el reglamento, debió ser castigada con la expulsión, pero el cuerpo arbitral decidió no marcarla.
La simulación, la invención de faltas inexistentes, la argumentación de inocencia cuando la culpabilidad es flagrante, son mentiras en el terreno de juego. Mentiras dichas sin palabras, mentiras expresadas con el cuerpo, con lenguaje corporal. Pero son mentiras tan completas como las habladas o las escritas. Son mentiras y punto.
Y las mentiras, en el deporte como en la política, como en la familia y como en todos los ámbitos de la vida, destruyen.
Cita este artículo
Camacho, P., (2026, julio 13). Mentir sin palabras. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/mentiras-sin-palabras





