Digitalización sin competencias digitales

Guillermo Zaracho

Digitalización sin competencias digitales
La digitalización de lo cotidiano ha transformado, de manera irreversible, nuestra forma de vida. Esta metamorfosis abarca desde lo elemental hasta lo complejo: desde la transición hacia los pagos virtuales hasta la reconfiguración de nuestras interacciones sociales.

La digitalización e hiperconectividad han forjado nuevas formas de entender la experiencia humana en su totalidad. En este escenario, la temporalidad se ha contraído: procesos que antes requerían años ahora se resuelven en segundos. La información es ubicua e instantánea, consolidando a los datos como el activo estratégico más valioso de nuestra era.

Tal es la magnitud del cambio que, actualmente, gran parte de las naciones impulsan la digitalización gubernamental para integrar a los ciudadanos en la vida política.

La banca es digital, la burocracia ha migrado del papel a la pantalla e incluso se debate con frecuencia sobre las «identidades virtuales». Sin embargo, se discute poco sobre el hecho de que esta transformación avanza con mayor rapidez de la que nuestra capacidad de comprensión permite. Las legislaciones actuales nacen obsoletas y las del mañana probablemente sean insuficientes para su propio presente. Mientras los gobiernos proclaman que este camino es el más efectivo para integrar a la ciudadanía al mundo global, la reflexión profunda es escasa; se progresa basándose en premisas y modelos importados que, a menudo, no se ajustan a nuestros contextos locales.

Ante este panorama, resulta imperativo rescatar conceptos y teorías que, aunque han evolucionado en las últimas tres décadas, siguen siendo fundamentales para explicar y mitigar estos problemas: la brecha digital, las competencias digitales y la ciudadanía digital.

Brecha digital

Durante las últimas tres décadas, Jan van Dijk se ha consolidado como uno de los principales referentes en esta materia, atribuyéndosele el desarrollo del concepto de «brecha digital»1. Este término refiere a la división entre quienes poseen acceso a herramientas digitales y quienes carecen de ellas. Sin embargo, el acceso no es solo una cuestión técnica; está condicionado por la capacidad adquisitiva, lo que determina las oportunidades de interacción en entornos virtuales. Así, el acceso instrumental a dispositivos y conectividad está directamente ligado al estatus socioeconómico, el área geográfica y el capital cultural familiar.

La descendencia de familias con mayores recursos posee ventajas competitivas sobre quienes no los tienen. Del mismo modo, el entorno geográfico puede potenciar o limitar el acceso a una conexión de calidad. Van Dijk ya advertía que el problema no radicaba únicamente en el acceso físico —el cual tiende a equilibrarse con la saturación del mercado—, sino en cómo las disparidades en las competencias de uso crean una brecha aún más profunda y compleja de cerrar.

Aquellas personas que se desarrollan en entornos estables poseen un capital cultural que les permite aprovechar estos ecosistemas para el crecimiento personal, mientras que otros perciben el mundo digital únicamente como un espacio de ocio.

Quien goza de una posición financiera sólida tiende a utilizar las herramientas digitales para capacitarse, adquirir habilidades (tanto técnicas como interpersonales) e identificar información veraz. En contraparte, los sectores con menores recursos suelen quedar relegados al rol de consumidores pasivos de entretenimiento. Esta brecha de uso es la más imperante y difícil de gestionar, otorgando una relevancia crítica a las competencias digitales como herramientas de empoderamiento.

Competencias digitales

En un mundo digitalizado, tener acceso a las herramientas digitales no garantiza la capacidad de entenderlas y saber utilizarlas. Para navegar a través del sinfín de información en la web, es necesario la capacidad de pensamiento crítico para poder identificar fuentes de información veraces, interacciones humanas reales, programas de capacitaciones virtuales de instituciones confiables y más. Es ahí donde también varios autores han dedicado tiempo a explicar el concepto de competencias digitales: la capacidad de un individuo de navegar en los entornos virtuales de manera critica, responsable y segura1–4.

Sin embargo, ¿cómo uno adquiere dichas competencias? Es en este sentido donde la educación y las políticas públicas juegan un papel fundamental para reducir esta brecha y ayudar a aquellos que no tiene el capital material ni humano para desarrollar el entendimiento necesario para interactuar de manera significativa en el mundo digital. Ya ha sido tema de discusión durante varios años la inclusión de competencias digitales en las mallas curriculares nacionales, sin embargo, la deficiencia de las capacitaciones docentes, el acceso a estos recursos y el poco interés y motivación de los cuerpos educativos, familias y sociedades en sí han cumplido un rol adverso en el progreso de estas5–8.Es así que la brecha digital profunda se va formando, donde el acceso se vuelve fácil, pero el uso productivo y virtuoso de estas es escaso.

¿Sobre quién debería recaer la responsabilidad?, ¿sobre las instituciones?, ¿el gobierno?, ¿las familias?, ¿el individuo? Si uno utiliza un enfoque de capacidades, donde se da énfasis a la autonomía del individuo, fácilmente podría ignorarse un problema mucho más profundo. Si bien, la decisión última recae sobre cada uno, esta decisión es alimentada por el entorno. Es ahí donde uno ve más allá del discurso simplista de la decisión personal y empieza comprender como los roles políticos, financieros, sociales y educativos solamente juegan a favor de algunos.

Una familia no puede enseñar a sus hijos cómo utilizar un teléfono inteligente de manera responsable cuando ellos mismos no fueron enseñados al respecto. Y no solamente se trata sobre la capacitación recibida, sino sobre la capacidad de pensamiento analítico. Ha sido reiteradamente demostrado que el rol financiero permite a las familias acompañar a sus hijos en su desarrollo educativo, social y cognitivo, en este caso, por ejemplo, con la compra de libros, juguetes o dispositivos didácticos9–11.

Pero así también, otro factor que influye casi tanto como la posición social, es la educación de los padres. Aquellos hijos de padres que poseen un título universitario (a pesar de su clase social) son capaces de obtener la misma criticalidad que aquellos de una posición acomodada12. A esto se entiende como capital cultural, que muchas veces no depende del capital material, y que se traduce a varios ámbitos de la vida, en este caso en específico, a lo digital.

Entonces, ¿qué ocurre con aquellos qué no cumplen con este criterio? La decisión fácil sería culpar a las familias. Sin embargo, el gobierno debería velar por los más vulnerables. Debería llegar ahí donde el mérito, las finanzas y condiciones sociales no alcanzan. Allí yace la importancia de las políticas públicas, que primeramente entiendan este fenómeno y posteriormente puedan actuar, ayudando a aquellos que más lo necesitan.

Sin embargo, si esto no se termina por observar, controlar y posteriormente subsanar, terminará por afectar el comportamiento social en sí, lo cual consecuentemente deteriora las relaciones sociales, económicas y políticas, ya que, la manera en que hacemos comunidad, negocios e incluso política ocurre mayormente en el mundo digital. Es así como nace el concepto de ciudadanía digital.

Ciudadanía digital

La ciudadanía digital es la capacidad de interactuar en los entornos virtuales de manera cívica, respetuosa y crítica para poder identificar la necesidad de acción, de discernimiento e impacto en el mundo real13. Es otras palabras, la ciudadanía digital se refiere al modo en que el individuo utiliza los entornos virtuales para navegar, informarse, y participar activamente en el mundo virtual de manera crítica, cívica y política.

Un ejemplo sería recibir información de los candidatos en épocas electorales, de distintos medios, y saber distinguir las agendas de cada sitio web, página de Facebook, Instagram, TikTok, etc. Saber entender las motivaciones y cómo las noticias son enmarcadas desde cada fuente llevaría a un análisis crítico y mejor comprensión de estas para luego traducirlas en el voto. Este sería el primer paso de responsabilidad personal. Un segundo paso sería la difusión de noticias luego de haberlas estudiado a profundidad, para tener un impacto en la comunidad virtual. Y un siguiente paso convendría en la creación de contenido sobre ese mismo tema para el difundirlo y que los amigos, seguidores o subscriptores puedan recibir un punto de vista de una persona que consideran confiable.

Estos ejemplos demuestran de manera general, cómo un ciudadano ejerce la ciudadanía digital con comportamientos cívicos en medios virtuales. La realidad nos demuestra que hoy por hoy estos medios se convierten en el principal medio para la convocatoria de marchas, protestas, voluntariados, etc.; así como un medio y/o espacio de reflexión, crítica y expresión sobre temas sociales, políticos, religiosos, económicos y otros.

A diferencia de décadas anteriores, cuando la información predominante provenía de medios tradicionales —televisión, radio y prensa— y se discutía bajo una narrativa uniforme en círculos familiares o laborales, hoy las comunidades acceden a fuentes alternativas. Esta multiplicidad informativa genera una disonancia entre los datos recibidos, la versión de los hechos y la percepción social de la realidad.

Esto representa un peligro cuando la persona participa cívicamente en un entorno digital sin ningún tipo de criticalidad, replicando información falsa, no verificada o incluso, actualmente, contenido no real generado por inteligencia artificial. Ejemplo de estos son vídeos virales que incluso han llegado a los medios tradicionales como noticias, resultando ser contenidos falsos creados digitalmente. Otra ilustración más cotidiana es la difusión de información falsa o no verificada a través de cadenas de texto en WhatsApp, Telegram u otros medios.

Y es ahí donde se ve reflejada la cadena de brechas que hemos estado discutiendo.

La brecha digital material afecta a aquellos más vulnerables, quienes no teniendo acceso ni llegan siquiera a desarrollar las habilidades operacionales requeridas por estos entornos.

Esto consecuentemente se traduce en la falta de competencias digitales, que no solamente afecta a los más vulnerables, sino a aquellos que no tienen acceso a una educación digna debido a distintas problemáticas. Y así, eso se traduce en la ciudadanía digital, donde las personas ejercen sus derechos, obligaciones y compromisos de manera no crítica. Se exponen a la manipulación, polarización algorítmica, y desinformación debido a la falta de acceso, competencias digitales, capital cultural, criticalidad y poca capacidad analítica.

Desafíos para el futuro

Estos temas han sido abordados en Europa con la debida seriedad y buenas políticas públicas han salido al respecto 13–15. Sin embargo, en países como Estados Unidos, y los del Sur Global, es un tema bastante reciente y por lo tanto ignorado. El panorama en Latinoamérica no es alentador, y como siempre, el desarrollo llega con décadas de retraso8,16–18.

Sin embargo, en cuanto al análisis de información se refiere, se entra en un debate interminable sobre quién decide cuál información es veraz y cuál no. Esto cuando se entra en áreas grises sobre temas políticos, sociales, financieros y otros. No así cuando se trata de información fabricada. Quizás, una solución sea la cooperación comunitaria online (como las notas de la comunidad en la red social X), donde el proceso de verificación es auditable y participativo.

De lo contrario, mientras sigamos entendiendo más sobre estos fenómenos, lo más importante por hacer es asumir la responsabilidad personal para analizar la información recibida, educar a nuestros algoritmos y en lo posible difundir información corroborada en nuestros círculos online y offline.

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Referencias

  1. van Dijk, J. The Deepening Divide: Inequality in the Information Society. (Sage Publications, Thousand Oaks, 2005).
  2. Choi, M., Glassman, M. & Cristol, D. What it means to be a citizen in the internet age: Development of a reliable and valid digital citizenship scale. Comput. Educ. 107, 100–112 (2017).
  3. Flórez, L. M. T. Competencias digitales para el siglo XXI una visión desde la ciudadanía digital. 16, (2022).
  4. Warschauer, M. Technology and Social Inclusion: Rethinking the Digital Divide. (The MIT Press, Cambridge, 2004).
  5. Álvarez-Herrero, J.-F., Denis, M., Palacios Zuiderwyk, R. M. C. & Raychakowski Sowa, E. C. Análisis de la competencia digital docente real y autopercibida en profesionales de la formación docente en Paraguay. Digit. Educ. Rev. 215–228 (2025) doi:10.1344/der.2025.47.215-228.
  6. Bordoli, E. Curricular design for competencies in basic education in Uruguay: Positions and current debates (2008–2019). Comp. Educ. 57, 67–82 (2021).
  7. Contreras Pardo, C. M. J. & Vera Sagredo, A. Educación ciudadana y el uso de estrategias didácticas basadas en TIC para favorecer el desarrollo de competencias en ciudadanía digital en estudiantes. Cuad. Investig. Educ. 13, (2022).
  8. Rojas-Estrada, E.-G., Aguaded, I. & García-Ruiz, R. Media competence in the early, primary and secondary education curriculum: presence and progression in Latin America. J. Curric. Stud. 57, 346–363 (2025).
  9. Larghi, S. B., Lemus, M., Moguillansky, M. & Welschinger, N. Digital and Social Inequalities: A Qualitative Assessment of the Impact of the Connecting Equality Program on Argentinean Youth. Electron. J. Inf. Syst. Dev. Ctries. 69, 1–20 (2015).
  10. Pedraza, L. F., López, D. A. & Salcedo, O. J. Brecha Digital por Estatus Socio-Económico en la Localidad de Ciudad Bolívar de Bogotá (Colombia). Inf. Tecnológica 23, 63–72 (2012).
  11. Sánchez-Zárate, A. & García-Morales, K. Análisis comparativo sobre nativos, migrantes digitales y brecha digital profunda en México y Uruguay, 2016. Anu. Iberoam. Derecho Int. Penal 8, (2021).
  12. Pazmiño-Sarango, M., Naranjo-Zolotov, M. & Cruz-Jesus, F. Assessing the drivers of the regional digital divide and their impact on eGovernment services: evidence from a South American country. Inf. Technol. People 35, 2002–2025 (2022).
  13. Schulz, W. et al. Education for Citizenship in Times of Global Challenge: IEA International Civic and Citizenship Education Study 2022 International Report. (Springer Nature Switzerland, Cham, 2025). doi:10.1007/978-3-031-65603-3.
  14. Fraillon, J., Ainley, J., Schulz, W., Friedman, T. & Gebhardt, E. Preparing for Life in a Digital Age: The IEA International Computer and Information Literacy Study International Report. (Springer International Publishing, Cham, 2014). doi:10.1007/978-3-319-14222-7.
  15. Jennings, M. K. & Zeitner, V. Internet Use and Civic Engagement. Public Opin. Q. 67, 311–334 (2003).
  16. Blasco, M. & Krause Hansen, H. Cosmopolitan Aspirations: New Media, Citizenship Education and Youth in Latin America. Citizsh. Stud. 10, 469–488 (2006).
  17. Digital Technologies for Democratic Governance in Latin America: Opportunities and Risks. (Routledge, 2014). doi:10.4324/9780203361986.
  18. Sandoval-Hernández, A. & Miranda, D. The Landscape and Recent Developments of Civic and Citizenship Education Across the Latin American Region. in Influences of the IEA Civic and Citizenship Education Studies (eds Malak-Minkiewicz, B. & Torney-Purta, J.) 261–275 (Springer International Publishing, Cham, 2021). doi:10.1007/978-3-030-71102-3_22.

 

Cita este artículo

Zaracho, G., (2026, 23 marzo). Digitalización sin competencias digitales. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/digitalizacion-sin-competencias-digitales/

 

Enlace a edición mensual

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Autor

  • Guillermo Zaracho

    Magíster en Educación - Universidad de Oxford. Profesor de la Facultad de Lenguas Vivas de la Universidad Evangélica del Paraguay. Profesor de la Universidad Politécnica de Taiwán en Paraguay. Consultor e investigador educativo. Autor y conferencista.

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