EL GRITO DE DOLORES
Cada 15 de septiembre, por la noche, desde los balcones de los palacios municipales, estatales y del Palacio Nacional, se repite el ritual tradicional del Grito de Independencia, un remedo del grito que el cura de la parroquia de Dolores, Guanajuato, Miguel Hidalgo, lanzara a los pobladores de la región para iniciar la rebelión contra el “mal gobierno”, el de José Bonaparte, impuesto por Napoleón luego de invadir España en 1808.
Porfirio Díaz, durante sus más de tres décadas de presidente, cada año y hasta 1910, Centenario del grito que da inicio a la guerra de independencia, consolidó el formato contemporáneo de la ceremonia: dar el “Grito” en la noche del 15, por cierto, día de san Porfirio, como preludio a la celebración de su Santo Patrono con un festín en toda forma, tal como se realiza en la actualidad. En 1896 mandó Don Porfirio trasladar la Campana de la parroquia de Dolores, desde Guanajuato, al Palacio Nacional y la hizo sonar por primera vez desde el balcón presidencial la noche del 15 de septiembre.
Solo en contadas ocasiones, verdaderamente excepcionales, (como lo hizo el Gobernador Emilio González en Jalisco en 2012), se ha hecho mención al verdadero consumador de la Independencia, Don Agustín de Iturbide, quien con talento y diplomacia supo “desatar el nudo, sin romper la cuerda”, exactamente 11 años y 11 días después de iniciada la revuelta, el 27 de septiembre de 1821, una vez firmados los tratados de Córdova, con los cuales quedaba, de hecho, finiquitada la dependencia política y administrativa de la Nueva España a la Corona Española.
MESES DE CAOS Y SAQUEO
Durante los caóticos cuatro meses en los que el cura Hidalgo toleró, y en algún caso ordenó, las degollinas de españoles en Valladolid, hoy Morelia, y en Guadalajara, proliferó el crimen y saqueo, así como el desorden y la falta de un plan o estrategia política o militar que dirigiera a las hordas que le seguían.
De hecho, la batalla de Puente de Calderón, en Zapotlanejo de la entonces Nueva Galicia, no fue sino el colofón de una aventura que costó a la nación la perdida de miles de vidas y enormes caudales.
Aquí merece la pena detenerse en un documento poco conocido y menos difundido, que de manera clara describe tanto la personalidad como la identidad de Don Miguel Hidalgo, es el “mea culpa”, la retractación, de Hidalgo, que publica integra Lucas Alamán en el 2° volumen (apéndices) de su Historia de México.
Dicho documento, “…lo leyó desde el principio hasta el fin… y nos expuso que todo era de su puño y letra; que su contenido era dictado por sí mismo, sin que persona alguna lo hubiese inducido o violentado a ejecutarlo” y lo firmó en el Hospital Militar de Chihuahua, el 7 de junio de 1811, estando prisionero del ejercito Realista y sentenciado a muerte. Fue publicado en la Gaceta del Gobierno de México, el 3 de agosto de 1811.
EL ROSTRO HUMANO DE HIDALGO
En el libro El rostro humano de Hidalgo, del sabio historiador e investigador jalisciense Manuel Aguilar Moreno, luego de múltiples citas de testigos, contemporáneos y posteriores, que niegan la veracidad de la autoría de Hidalgo en el documento, afirma:
“La única forma de explicar que Hidalgo hubiera tenido esa mutación súbita de actitudes, es que al sentir la muerte próxima, su espíritu revolucionario se hubiera “debilitado” y dentro de su agitación emocional quizá buscó un desahogo a través de su apego a la fe católica y consideraciones morales”.
Los términos en que está redactado, los conceptos emitidos y la declaratoria de fe que contiene, han sido cuestionados por cuantos piensan que esas líneas demeritan la obra realizada por el cura Hidalgo. Sin embargo, es todo lo contrario, esa declaración lo confirma en su identidad como lo que era: sacerdote católico, arrepentido, sí, de todos los excesos de su vida, no solo los cometidos durante la revuelta; pero vale la pena hacer cita textual de algunas de las principales ideas.
Inicia con un lamento: “! Quien dará agua a mi cabeza y fuentes de lágrimas a mis ojos ¡ … no solo para llorar día y noche los que han fallecido de mi pueblo, sino para bendecir las interminables misericordias del Señor.”
CONFESIÓN DE FE Y AMARGURA
Continúa con un reconocimiento y confesión de faltas: “Ay de mí, que no puedo espiar hablando y desengañando al mundo mismo de los errores que cometí” “…en medio de mis justas prisiones me presenta… los males que he ocasionado a la América… aquí veo, no muy lejos, el aparato de mi sacrificio, exhalo cada momento una porción de mi alma… y me siento morir de dolor de mis excesos… distante no mas que un paso del Tribunal Divino… veo al Juez Supremo que ha escrito contra mí causas que me llenan de amargura y que quiere consumirme por solo los pecados de mi juventud”.
Hidalgo tuvo tiempo de reconciliarse con la iglesia y la fe de sus mayores –mediante la confesión sacramental-; murió rebajado del ámbito presbiteral al seglar, requisito para que el brazo civil -político- pudiera proceder con la ejecución del veredicto que lo señalaba culpable y por tanto reo de muerte. Contempló desde su crujía la ejecución de sus compañeros de lucha, fusilados entre mayo y julio de 1811: Allende, Aldama, Jiménez, su hermano Mariano Hidalgo y una decena más, en total 18.
Las palabras de lamento y dolor denotan un sincero arrepentimiento ante el desastre ocasionado: “América querida patria mía, americanos mis compatriotas, europeos mis progenitores… veo la destrucción de este suelo que he ocasionado: las ruinas de los caudales que se han perdido, la infinidad de huérfanos que he dejado, la sangre que con tanta profusión y temeridad se ha vertido, y lo que no puedo decir sin desfallecer, la multitud de almas que por seguirme estarán en los abismos”.
IDENTIDAD Y PETICIÓN FINAL
Perfectamente consciente del daño ocasionado y desde el fondo de su conciencia, suponemos, declara su identidad católica. De hecho, durante casi un siglo, antes de que sus restos fueran trasladados al mausoleo de la Columna de la Independencia en 1925, sus despojos mortales descansaron en la Catedral Primada de México, hecho que habría sido imposible si hubiese muerto declarado hereje formal e irredento, o como algunos afirman sin ningún sustento, miembro activo de alguna secta masónica.
Hidalgo concluye con una afirmación definitiva:
“…quiero morir y muero gustoso porque ofendí a la Majestad Divina, a las humanas y a mis prójimos: deseo y pido que mi muerte sea para gloria de Dios y de su justicia y para testimonio el más convincente de que debe cesar al momento la insurrección, concluyendo estas mis últimas y débiles voces con la protesta de que he sido, soy y seré por toda la eternidad católico cristiano, que como tal creo y confieso cuanto cree y confiesa Nuestra Santa Madre Iglesia, que abjuro, detesto y retracto cualquiera cosa que hubiese dicho en contra de ello, y que por último espero que las oraciones de los fieles de todo el mundo… se interpongan para que dándome el Señor una muerte de amor suyo y dolor de mis pecados, me conceda su beatísima presencia”.
Sirvan estas líneas para reflexionar en este denominado Mes de la Patria, así como reivindicar la dignidad eclesiástica y la identidad católica del iniciador del movimiento de independencia de México.
Cita este artículo
Cravioto Lebrija, A., (2026, noviembre 2). ¡Viva México! Del grito de independencia a la retractación. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/viva-mexico-del-grito-de-independencia-a-la-retractacion/
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