Son muy variados los temas susceptibles de reflexión, de hecho, a partir de la investigación y publicación de La Cristiada de Jean Meyer, hace ya mas de medio siglo, se han realizado cada vez mayor numero de ensayos profundizando en dicho acontecimiento que conmocionó a una gran cantidad de familias de toda la nación mexicana, sobre todo en el centro y occidente del país, donde con la mayor intensidad se produjeron los levantamientos armados, así como la resistencia no violenta.
No abordaremos en este espacio aspectos relacionados con las consignas político-ideológicas de los gobiernos Obregonista y Callista, tampoco la ilegitimidad de la legislación persecutora y atentatoria de los más elementales derechos humanos, así como las estrategias militares y la distribución territorial de los Cristeros combatientes, ni la postura de la jerarquía eclesiástica ante los acontecimientos o las causas y efectos reales de los llamados Acuerdos de 1929.
Dedicaré este espacio a hacer una breve relación de lo que verdaderamente ha trascendido de aquella guerra civil entre mexicanos: la exaltación de cientos de hombres, mujeres y niños, sacerdotes, religiosos y laicos, que ofrendaron su vida en aras de obtener la tan preciada libertad de culto y de conciencia que se conculcó con las leyes persecutoras de 1917 y su reglamentación, que propiciaron el cierre de los templos, la suspensión del culto y el levantamiento armado llamado comúnmente “La Cristiada”.
En el prólogo del IV tomo, Grandeza Mexicana, de La Cristiada, Jean Meyer, afirma: “Fue la iglesia la que optó por suspender el culto, fue el César quien respondió impidiendo distribuir los sacramentos. Y el pueblo, separado de la raíz de la vida, se dio al sacramento global, el del sacrificio sangriento”.
Hacer un juicio valido y certero de los motivos que orillaron a miles de católicos a entregar la vida en defensa de lo que concebían como muy valioso, no es siquiera necesario, basta saber que los verdaderos y profundos motivos que los orillaron a entregar su sangre eran, con mucho, más valiosos que la vida misma. Podemos estar ciertos de que la defensa de las verdades de fe representaba el mayor valor al que podían aspirar: la vida eterna.
Para conocer con más precisión a los mártires de la persecución religiosa en México, nos referiremos al documento Martirologio Mexicano (1914-1940) elaborado por el P. Fidel González Fernández, Doctor en Teología y Doctor en Historia, presidente de la Comisión Histórica Vaticana, acucioso investigador y poseedor de un amplio conocimiento en la materia, así como múltiples libros publicados de la persecución religiosa en México, entre otros, Sangre y Corazón de un Pueblo, (Arquidiócesis de Guadalajara, 2008. 1,700 páginas!). (https://www.dhial.org/diccionario/index.php?title=MARTIROLOGIO_MEXICANO_%28_1914-_1940%29&utm_source=chatgpt.com) para consultarlo.
Advierte el P. Fidel que es prácticamente imposible conocer los nombres e identidad de todos los que fueron asesinados por odio a la fe y distingue “categorías” de quienes fueron víctimas.
1.- Los propiamente mártires de la fe católica en el sentido que la Iglesia ha siempre dado a este término: “El martirio es el supremo testimonio dado en favor de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte”. (Catecismo de la Iglesia Católica. No 247), por tanto, el mártir es aquel creyente que acepta voluntariamente la muerte por mantenerse fiel a Cristo, a la fe o alguna virtud cristiana, perdonando a sus perseguidores sin renunciar a su fe. Hasta el año 2005 la Iglesia había reconocido como tales a cuarenta mexicanos.
2.- Quienes han sido víctimas inocentes de la represión gubernamental directa, o han sido asesinados por grupos o individuos anticatólicos a lo largo de aquellos años. La gran mayoría quedan en el anonimato.
3.- Cuantos han sido víctimas de las guerras, concentraciones y represiones generalizadas, especialmente en los años de las luchas civiles entre 1911 y 1926, o bien durante la presidencia de Plutarco Elías Calles y hasta 1940.
4.- Las víctimas de la guerra durante la «Cristiada», que suman varias decenas de miles, así como los caídos en la guerra por la represión gubernamental de los derechos religiosos de los mexicanos y considerada como Guerra Justa.
5.- Miles de ex “cristeros” fueron victimados por indicación del Gobierno Federal o perseguidos por caciques y políticos locales adictos al sistema desde 1929, año de la “firma” de los Acuerdos o Arreglos, hasta 1940.
Las víctimas del periodo, 1926 a 1929, quizá no bajen de los cien mil. Jean Meyer apunta: “la guerra costó 80 mil muertos al país en su totalidad”; pero la Cristiada fue excepcionalmente mortífera, esa cifra es mínima. Otros autores afirman que los federales perdieron unos 60 mil soldados y los cristeros 30 mil. Si a estas cifras se añaden las de los civiles muertos a causa de “la peste, el hambre, de las heridas y sufrimientos”, la cifra superaría fácilmente las cien mil víctimas, en una nación con poco más de 15 millones de habitantes en 1930.
No hace mención el P. Fidel González en su martirologio de varias decenas de soldados y militares ejecutados, encarcelados o degradados por negarse a ahorcar o fusilar a sacerdotes católicos o a cometer actos sacrílegos o de profanación. Casos que permanecen sin documentar ya que, aunque hubiesen sido anotados en los partes militares, estos quedaron en reserva en los archivos castrenses y por tanto continúan desconocidos.
Dignos de mención son los casos conocidos y documentados del soldado Antonio Carrillo Torres, fusilado el 21 de abril de 1927 en Yahualica, Jalisco, por negarse a disparar a san Román Adame; así como el caso del joven soldado de apellido Vargas, fusilado el 5 de octubre de 1928 en el cementerio de Tepatitlán, por negarse a tirar de la soga con que ahorcarían a San Tranquilino Ubiarco.
En un recuento a manera de síntesis estadística del directorio realizado por el P. Dr. Fidel González, y publicado como Martirologio Mexicano, tenemos un total de 277 mártires, de los cuales 126 (45%) son laicos hombres, 8 (3%) seminaristas, 7 niños y adolescentes (2.5%) y 4 (1.5) mujeres; asimismo, 112 sacerdotes diocesanos (40%), 10 religiosos (3.5%), 2 religiosas y 8 seminaristas (3%).
Cabe hacer mención que 5 de los sacerdotes asesinados entre 1913 y 1920 fueron personalmente asesinados por Francisco Villa o subalternos suyos del ejercito Villista.
El P. Andrés Flores Quesney, párroco de Batúc, Sonora, fue asesinado por Villa el 2 de diciembre de 1915 cuando puesto de rodillas le pidió que perdonara la vida de 80 inocentes que serían fusilados, en respuesta Villa lo golpeó con su pistola y lo mató a balazos.
El estado en el que fue ejecutado el mayor número de mártires fue Jalisco (Guadalajara, Yahualica, Tequila, Tepatitlán, San Julián, Arandas, Mascota, etc.) con más del 45%; le sigue Michoacán (Sahuayo, Zamora, Tancítaro, Cotija, etc.), Guanajuato (León, Santa Rosa), Colima (Colima), Aguascalientes (Las Trojes) y Zacatecas (Chalchihuites, Palmira), con el 30%, y Coahuila (Saltillo, Parras), Oaxaca (Teposcolula, Tultepec), Veracruz (Naolinco), Puebla (Puebla), Durango, Edo. de México (Tenancingo, Toluca), Ciudad de México (Coyoacán), Tlaxcala (Ocotlán) y Querétaro con el restante 25%.
De entre los cuarenta mártires reconocidos por la iglesia, sobresalen por el heroísmo y personalidad, Anacleto González Flores, patrono de los laicos mexicanos, sometido a torturas indecibles; el P. Miguel Agustín Pro Juárez, por la injusta ejecución de un sacerdote inocente, publicitada, además, con lujo de imágenes que le dieron la vuelta al mundo; el caso de José Sánchez del Rio, valeroso niño michoacano que con plena conciencia del peligro de muerte, enfrentó la vileza de sus verdugos con entereza admirable.
Prácticamente en todos los casos, antes de la ejecución final, hubo una gran saña en la tortura, azotes y mutilaciones a que fueron sometidos los mártires, y aun ya muertos, en algunos casos, el sadismo se mostró en los despojos mortales con un odio verdaderamente oprobioso.
Era común también el engaño a los familiares o fieles, a quienes los mandos militares pedían grandes cantidades de dinero para, supuestamente, dejar en libertad a la víctima, engaño que concluía con el robo de dicha cantidad y la burla infame con la ejecución de la víctima.
Sirvan estos datos a manera de reflexión, deseando que nunca mas suceda en nuestra patria una persecución violenta por motivo de conculcar las libertades.
Cita este artículo
Cravioto Lebrija, A., (2026, septiembre 11). Catálogo del martirologio mexicano 1914 -1940. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/catalogo-del-martirologio-mexicano-1914-1940/
Enlace a edición mensual







