La biotecnología ha aprendido de estas capacidades para desarrollar alimentos, medicamentos, enzimas y procesos industriales, pero quizá su mayor enseñanza sea otra. Más que organismos útiles, los hongos representan una forma distinta de habitar el mundo: transformar sin imponerse, crecer mediante conexiones y comprender que algunos cambios más profundos requieren tiempo e invisibilidad.
La época en la que vivimos premia la velocidad, visibilidad y el crecimiento constante. Sin embargo, En la vida cotidiana, la mayoría de los procesos que sostienen la vida ocurren lejos de los reflectores.
Los hongos pertenecen a este mundo silencioso: aunque rara vez ocupen el centro de la escena, han modelado ecosistemas, impulsado innovaciones biotecnológicas y transformado el planeta durante millones de años; entonces, ¿es posible cambiar el mundo sin hacerse visible?
VIVIR EN MODO HONGO
La modernidad ha convertido el movimiento en una medida de mucho valor: se admira a quien produce más, responde más rápido, acumula más actividades y mantiene una presencia constante. La quietud suele confundirse con pasividad. Sin embargo, en la naturaleza existen formas de vida que, aparentemente inmóviles, sostienen procesos fundamentales para la existencia de todos los demás.
Los hongos parecen encajar perfectamente en esta categoría de organismos secundarios. Pero sólo parecen.
EL MUNDO INVISIBLE QUE SOSTIENE LA VIDA
A simple vista, se perciben como organismos pasivos y casi invisibles. No se desplazan, no fotosintetizan, no son depredadores, por eso no llaman la atención como otros seres vivos. Sin embargo, esa aparente quietud es engañosa.
Los hongos pertenecen a un grupo de organismos eucariotas, es decir, poseen una organización celular compleja con compartimentos internos. No realizan fotosíntesis —no son plantas— y se alimentan de materia orgánica, lo que en biotecnología se conoce como nutrición heterótrofa. Su diversidad es amplia: pueden encontrarse formas microscópicas —como levaduras y microhongos, que constituyen la mayoría— hasta estructuras visibles como las setas.
En total, se han descrito cerca de 100 mil especies de hongos, aunque algunas estimaciones sugieren que podrían existir hasta 1.5 millones. Muchas de ellas desarrollan redes filamentosas conocidas como micelio, que se extienden en el suelo, la madera o diferentes sustratos, conectando y transformando el entorno.
Estas redes están formadas por filamentos llamados hifas que crecen y se ramifican hasta formar el micelio. En determinadas condiciones, producen cuerpos fructíferos —como las setas— o superficies con aspecto polvoriento debido a la abundante formación de esporas. Los cuerpos fructíferos pueden liberar millones de estas esporas, que es una de las estrategias reproductivas más eficientes descritas en la naturaleza.
Lejos de ser secundarios, se trata de actores fundamentales en los ecosistemas: descomponen la materia orgánica, reciclan nutrientes, facilitan la absorción de minerales por parte de las plantas y establecen relaciones simbióticas complejas con otros organismos. En muchos casos, esta “inactividad” es, en realidad, un trabajo constante de recomposición.
Lo más importante de un hongo suele ser aquello que no vemos.
TRANSFORMAR SIN DESTRUIR
La palabra descomposición no suele despertar entusiasmo, pues evoca a deterioro, pérdida y decadencia. Cuando algo se descompone, pareciera que deja de cumplir su función y comienza a desaparecer. En muchos sentidos, en nuestra cultura hemos asociado la renovación con la construcción, el crecimiento o la acumulación, mientras que la descomposición se percibe como el signo del fracaso.
Sin embargo, el modo hongo cuenta una historia distinta.
Cada hoja que cae de un árbol, cada tronco que muere en el bosque, cada organismo que completa su ciclo de vida contiene una enorme cantidad de materia y energía. Si esos restos permanecieran intactos para siempre, los ecosistemas terminarían sepultados bajo capas interminables de materia orgánica inmovilizada y la vida se quedaría atrapada en sus propios residuos.
Los hongos desempeñan entonces una función silenciosa y fundamental: liberan aquello que parecía perdido. Producen enzimas extracelulares capaces de degradar compuestos complejos. Convierten la madera, las hojas y otros restos orgánicos en moléculas más simples que pueden volver a incorporarse a los ciclos naturales: elementos como el carbono, nitrógeno y fósforo regresan al suelo y quedan disponibles para nuevas formas de vida.
Lo que desde una mirada superficial se ve como destrucción, es en realidad, una forma profunda de continuidad. Los hongos no eliminan la materia: la reorganizan. No borran lo que existió antes; permiten que se convierta en algo distinto.
CUANDO APRENDEMOS DE LOS HONGOS
La importancia de los hongos no termina en el bosque. Durante siglos, la humanidad convivió con ellos mucho antes de comprender qué eran realmente. Gracias a las levaduras aprendimos a elaborar pan, cerveza y vino.
Más tarde descubrimos que otros hongos producen moléculas capaces de combatir infecciones que antes eran mortales, y que muchos sintetizan compuestos con propiedades antitumorales, anticancerígenas, inmunomoduladoras, insecticidas, antifúngicas o probióticas —todo un espectro de posibles aplicaciones— y que se pueden usar en beneficio de las personas: mejores y más eficientes terapias antibióticas, curar o prevenir el cáncer, como control biológico de plagas de nuestros cultivos, o como aditivo alimentario y funcional.
Lo que comenzó como observación empírica terminó convirtiéndose en una de las fuentes más fecundas de innovación biotecnológica.
Probablemente su aportación más interesante no reside en un producto específico, sino en una estrategia: para sobrevivir, algunos hongos han desarrollado enzimas capaces de descomponer materiales que para muchos organismos resultan inaccesibles. Esa capacidad ha inspirado bioprocesos industriales para obtener alimentos, fabricar detergentes más eficientes, producir cosméticos, sintetizar biocombustibles o incluso degradar contaminantes.
Basta con decir que uno de los productos biotecnológicos bebibles más apreciado del mundo ¡lo produce un hongo! El alcohol que produce Saccharomyces cerevisiae. A pesar de todo esto, los hongos suelen pasar desapercibidos.
La biotecnología no inventó estas capacidades. Aprendió a reconocerlas. Antes de diseñar tecnologías, fue necesario aceptar que organismos discretos, casi invisibles, llevaban millones de años resolviendo problemas complejos. Mucho antes de que habláramos de economía circular, reciclaje, o aprovechamiento de residuos, los hongos llevaban cientos de años practicando una versión más sofisticada de esos procesos.
Por mucho tiempo, la innovación tecnológica se entendió como la capacidad humana de dominar la naturaleza. Sin embargo, algunas de las biotecnologías más prometedoras del siglo XXI apuntan en otra dirección: la capacidad de aprender de la naturaleza.
Cuando los biotecnólogos cultivan hongos para producir enzimas a escala industrial, no se está imponiendo la solución a un problema desde cero. Se está aprovechando la estrategia que ese organismo perfeccionó durante millones de años de evolución. Lo mismo cuando usan hongos para producir antibióticos, alimentos fermentados o compuestos con actividad farmacológica. La innovación surge, en gran medida, de reconocer capacidades que ya existían.
Por eso la biotecnología es tan fascinante. Más que una disciplina dedicada exclusivamente a transformar la naturaleza, es un ejercicio de humildad intelectual, observación y colaboración. Antes de intervenir, es necesario aprender y comprender.
UNA FORMA DISTINTA DE HABITAR EL MUNDO
Con la biotecnología, comprender estos procesos no solo permite desarrollar nuevas tecnologías: sino que propone revisar algunas ideas con las que solemos medir el éxito, la eficiencia o el progreso. Los hongos prosperan sin ocupar el centro de la escena. Transforman sin necesidad de imponerse. Construyen redes antes que protagonismos y trabajan durante largos periodos antes de mostrar un resultado visible.
Tal vez por eso “el modo hongo” no sea únicamente una curiosidad de la naturaleza o un recurso biotecnológico, sino una invitación para habitar el mundo de otra manera. Nos recuerda que la paciencia no siempre es pasividad, que colaborar puede ser más fértil que competir y que transformar no significa necesariamente destruir, sino reorganizar para que algo nuevo pueda surgir.
Paradójicamente, uno de los grupos de organismos que más ha contribuido al funcionamiento de los ecosistemas y al desarrollo de la biotecnología es también uno de los que menos solemos notar. Tal vez esa es su mejor enseñanza.
Si gran parte de la vida se sostiene gracias a procesos invisibles, lentos y profundamente interconectados, ¿por qué seguimos creyendo que sólo tiene valor aquello que logra hacerse visible?
Cita este artículo
Alvarado-López, M. J., (2026, julio 26). La vida vista desde la biotecnología. Parte II. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/la-vida-vista-desde-la-biotecnologia-parte-ii/
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