A un año de gobierno, eliminación del contrapeso interno

Guillermo Torres Quiroz

A un año de gobierno, eliminación del contrapeso interno
La llegada de Claudia Sheinbaum Pardo a la Presidencia fue un parteaguas doble: la primera mujer en encabezar el Ejecutivo y una dirigente que, a diferencia de sus antecesores, no se formó ni socializó en el viejo Sistema Político Mexicano (SPM) priista.

A la memoria de Héctor Uriel Rodríguez

Ese dato no es menor: gobernar sin haber “crecido” en los códigos del SPM —los equilibrios de facciones, el arte del reparto y la disciplina vertical— supone ventajas simbólicas, pero también déficits operativos cuando el poder real sigue residiendo en redes que sí beben de aquella lógica. El episodio Adán Augusto López Hernández exhibe con nitidez esa tensión entre el legado de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y la necesidad de Sheinbaum de construir mando propio.

El “Plan B” y la arquitectura del contrapeso

El lopezobradorismo diseñó su sucesión con redundancias políticas. El “juego de las corcholatas” no sólo activó temprano la campaña de 2024: dejó expeditos los caminos para mantener cohesionado el movimiento ante accidentes o desviaciones.

Ahí encaja Adán Augusto, el “hermano” político que llegó en 2021 a la Secretaría de Gobernación para recomponer operación tras dos golpes: la pérdida de la mayoría calificada en Diputados y el traspié de Morena en la Ciudad de México. Con Olga Sánchez Cordero desdibujada, López Hernández tejió en tiempo récord una red que atravesó gobiernos estatales, bancadas, gabinetes y, según líneas de investigación oficiales, rozó intereses empresariales y delictivos. Era, en los hechos, el Plan B.

La señal más clara llegó después de la encuesta interna: pese a quedar debajo incluso de Gerardo Fernández Noroña, Adán Augusto fue premiado con la coordinación de la bancada en el Senado. En septiembre de 2024 tomó control no sólo político —presidencias de comisiones para su grupo—, sino también administrativo —Oficialía Mayor, áreas ejecutivas y comunicación—. Operó mayorías calificada sumando senadores del PRD y a los Yunes para empujar la reforma judicial; impuso la reelección de Rosario Piedra en la CNDH, contra la preferencia de la Presidenta; y pospuso para 2030 la entrada en vigor del dique a los “herederos” políticos, en guiño al PVEM.

Todo ello bajo una premisa: “vengo con línea de AMLO”. El episodio de los líderes parlamentarios dándole la espalda a Sheinbaum en un acto público sintetizó el momento: el Senado había dejado de serle orgánico.

La Barredora: cuando la seguridad perfora la política

El caso de Hernán Bermúdez Requena, exsecretario de Seguridad de Tabasco nombrado por Adán Augusto, detonó el cambio de fase. La acusación de encabezar a “La Barredora” —y su supuesto engarce con estructuras criminales mayores— cruzó dos planos: el penal y el de la legitimidad. En política, las crisis no se explican sólo por lo que se descubre, sino por cuándo y cómo se filtra. Aquí coincidieron tres vectores: una Presidencia urgida de recentrar mando, un aparato de seguridad e inteligencia con nuevos incentivos y una cooperación con Estados Unidos más exigente. El resultado fue una pinza: debilitamiento público del líder senatorial y apertura del espacio para que la Presidenta recoloque piezas sin confrontación directa con su antecesor.

A la presión judicial se sumó el golpe reputacional: el reportaje televisivo que documentó una declaración patrimonial incompleta —“herencias” y “ventas ganaderas” como coartadas—, y la postal de López Hernández viendo la Champions desde su curul en plena comparecencia de Hacienda. Más allá de la anécdota, esos gestos rompen el encanto del operador infalible y dan permiso político a sus aliados para desmarcarse.

Sheinbaum: continuidad estratégica, ruptura instrumental

Sheinbaum no parece dispuesta a romper con López Obrador: su coalición social y parlamentaria aún depende del magnetismo del fundador.

Pero el caso Adán Augusto le permite modular —por la vía de los hechos— tres rupturas instrumentales:

Ruptura en seguridad: del “abrazos, no balazos” a la primacía de inteligencia, cooperación y golpes selectivos. No se enuncia como doctrina, pero se practica. Ese lenguaje lo hablan Washington y los mercados; también los gobernadores que exigen resultados.

Ruptura en la cadena de mando legislativa: mantener a López Hernández como “senador en funciones” pero sin el timón es más útil que decapitarlo de golpe. En Morena, neutralizar sin victimizar evita mártires y preserva votos para la agenda prioritaria.

Ruptura en la lógica de candidaturas: 2027 será el verdadero plebiscito del claudismo. Sin limpiar el tablero —bancadas federales y 17 gubernaturas—, otros impondrán sucesión y, peor, podrían usar a la propia Presidenta como chivo expiatorio de los costos de la 4T.

El reto es quirúrgico: avanzar sobre los contrapesos internos sin activar el reflejo defensivo de AMLO. La salida dorada para Adán Augusto —una misión diplomática, por ejemplo— conserva formas, evita choques y despeja la pista.

¿Qué nos dice el episodio sobre el poder hoy?

Primero, que el SPM no murió: mutó. La gobernabilidad sigue dependiendo de redes territoriales, lealtades transaccionales y control de palancas administrativas. Quien maneja Oficialías Mayores, comunicación y nóminas, maneja incentivos. Sheinbaum tuvo que aprenderlo en marcha.

Segundo, que la política mexicana ya no se entiende sin el vector externo. La cooperación con Estados Unidos dejó de ser discreta: presiona por resultados en crimen, contrabando fiscal y extradiciones. Cuando el vecino exige “entregas”, reordena prioridades y biografías.

Tercero, que el relato cuenta, pero el mando decide. El discurso de continuidad sirve para la plaza; la consolidación del mando exige decisiones que se miran mal en la liturgia del movimiento. En ese cruce, Sheinbaum está definiendo su propio lenguaje.

Riesgos y oportunidades de aquí a 2027

El mayor riesgo es la tentación de convertir la victoria sobre un “adversario interno” en agenda. Sacar de la jugada a López Hernández no resuelve la gobernabilidad del Senado ni la calidad de las reformas: la Ley de Amparo —como se ha planteado— erosiona garantías ciudadanas y tensiona con inversionistas; la reforma judicial requiere jueces capaces y reglas claras, no sólo votos. Si la depuración no se traduce en institucionalidad, será revancha, no reforma.

La oportunidad es obvia: pasar de la dependencia al liderazgo. Eso implica: (a) blindar la seguridad como política de Estado, no como herramienta de facción; (b) profesionalizar las palancas administrativas del Congreso para que respondan a una agenda de gobierno y no a un “jefe de tribu”; y (c) someter al mismo estándar ético a aliados y adversarios. Sin esa simetría, todo ajuste parecerá vendetta.

El primer año de Sheinbaum confirmó que el poder heredado exige ser reeditado. Gobernar sin haber transitado el SPM puede ser un activo —menos deudas con las viejas mafias— si se suple con reglas nuevas, no con cacicazgos sustitutos. El caso Adán Augusto es una oportunidad y una advertencia: oportunidad para que la Presidenta deje de administrar el legado y empiece a gobernar su propia coalición; advertencia de que, si no lo hace, otros escribirán su sucesión y ella podría terminar pagando la cuenta completa de la 4T.

En política, la autonomía no se proclama: se ejerce. El reloj hacia 2027 ya corre.

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