La paz mundial es una excepción, no una constante.
Desde 1900, no ha existido un solo año sin guerras. Los conflictos, como los de Rusia-Ucrania o Israel-Palestina, nos recuerdan que la paz sigue siendo un sueño frágil. Disputas territoriales, resentimientos históricos, choques ideológicos y religiosos, así como intereses económicos o militares, alimentan una espiral interminable de violencia global.
El ascenso de autócratas –de izquierda o derecha– ha encendido nuevas guerras, directas o por terceros. Con propaganda, estos líderes fabrican enemigos y manipulan a sus pueblos mediante el odio. La xenofobia, el proteccionismo y el terrorismo se vuelven herramientas políticas, mientras la pobreza y la falta de recursos avivan la tensión. La incapacidad de dialogar, de negociar, de confiar, alimenta la llama que todo lo consume.
Tecnología para destruir, no para salvar.
La guerra ya no requiere ejércitos masivos. Hoy, drones, misiles guiados y bombas inteligentes destruyen a distancia, con precisión milimétrica. Esta eficiencia bélica ha reducido los costos estratégicos para los gobiernos… pero ha multiplicado las víctimas civiles. La carrera por convertirse en la mayor potencia militar gira en torno a quién puede destruir más, no a quién puede evitar el conflicto.
La diplomacia ha sido sustituida por la lógica de la disuasión. Se impone el miedo como método de control y el armamento como lenguaje político. ¿Dónde quedó el poder de la palabra? ¿Dónde, el valor de la vida?
Gobernantes sin principios, democracias vacías.
La democracia, sin ciudadanos conscientes ni instituciones fuertes, ha sido incapaz de impedir el ascenso de gobernantes irresponsables. Muchos líderes actuales no gobiernan con principios, sino con intereses; no promueven derechos, sino obediencia. Suprimir contrapesos, silenciar disidencias y gobernar con voluntad absoluta son síntomas claros del nuevo autoritarismo global.
A ello se suma la debilidad de las organizaciones internacionales, incapaces de imponer el diálogo ni de frenar las guerras. La amenaza de un conflicto regional con consecuencias globales es más real que nunca.
Ideologías que ciegan, no que unen.
Las ideologías radicales destruyen el bien común al imponer una visión única. No toleran la diversidad; desprecian al diferente. En lugar de construir puentes, levantan muros. La tecnología, en sus manos, se convierte en herramienta de destrucción, no de creación. Incapaces de integrar a los más débiles al desarrollo, perpetúan la exclusión y la violencia.
Sociedades silenciadas, pueblos sometidos.
En los regímenes autoritarios, las sociedades son tratadas como súbditos. Las protestas y las ideas contrarias son criminalizadas. Las voces disidentes son perseguidas. Como ocurre en Rusia, o en muchos países del Medio Oriente, la propaganda justifica el uso desproporcionado de la fuerza y convierte la opinión pública en un eco del poder.
La guerra es una derrota para todos.
Lo advirtieron los Papas Pío XII y Francisco: “Nada se pierde con la paz, todo puede perderse con la guerra”. Las consecuencias no son solo físicas. Son morales, históricas, emocionales. Las guerras destruyen vidas, familias, culturas, economías, y dejan heridas que tardan generaciones en sanar. No hay victoria que valga el precio de la barbarie.
La paz empieza en el alma.
En este contexto, conservar la paz interior es un acto de resistencia ética. Ser disidente hoy es negarse a odiar, incluso cuando todo invita a hacerlo. Como enseñó Viktor Frankl, incluso en medio del horror, es posible preservar la dignidad, la libertad interior y la esperanza.
Ser constructor de paz no es ingenuo ni pasivo. Es una opción valiente que requiere claridad moral, firmeza de principios y capacidad de amar al diferente. La verdadera paz solo puede ser obra de quienes la viven primero en su conciencia y luego en sus relaciones.
Solo desde la paz interior es posible construir la paz del mundo.
Y esa tarea nos corresponde a todos.
Foto de Alexandra Koch en Pixabay





