Cuando las reglas cambian: ¿actor o espectador?

Felipe Rebollo

Cuando las reglas cambian: ¿actor o espectador?
Ante la incertidumbre, ¿cuál es el camino? ¿Activismo personal o colectivo? ¿La búsqueda del bien común? ¿Personalismo? ¿O la apatía, la anulación como protesta, la movilización en las calles? Todas son formas de reaccionar, pero la pregunta clave es: ¿Cuál será la estrategia más efectiva para influir en el resultado y lograr que las circunstancias cambien? 

El ser humano, por naturaleza, tiende a la estabilidad. Pero la historia nos grita una verdad ineludible: el cambio es la única constante. Desde el arado en la prehistoria hasta la imprenta, la máquina de vapor o la explosión digital, la humanidad ha prosperado no resistiendo ciegamente, sino adaptándose. 

Sin embargo, no todos los cambios tienen las mejores motivaciones ni son siempre para bien, ni legales, ni justos. ¿Qué hacemos entonces? ¿Nos aislamos en una protesta estéril, condenándonos a la irrelevancia? O, como dijo John F. Kennedy: “Aquellos que solo miran al pasado o al presente seguramente se perderán el futuro”. 

Ante la incertidumbre, ¿cuál es el camino? ¿Activismo personal o colectivo? ¿La búsqueda del bien común? ¿Personalismo? ¿O la apatía, la anulación como protesta, la movilización en las calles? Todas son formas de reaccionar, pero la pregunta clave es: ¿Cuál será la estrategia más efectiva para influir en el resultado y lograr que las circunstancias cambien? 

La apatía no es una opción; es una estrategia perdedora. La historia nos brinda ejemplos contundentes: el Movimiento por los Derechos Civiles en EE. UU. en los años 50 y 60, frente a las “legales” pero inmorales leyes Jim Crow, demostró el poder de la acción. La participación activa de millones —desde Rosa Parks en Montgomery hasta las marchas de Martin Luther King Jr.— derivó en la aprobación de las Leyes de Derechos Civiles (1964) y de Derecho al Voto (1965). Si hubieran elegido la indiferencia, la segregación habría persistido. 

Lo mismo ocurrió en la lucha contra el apartheid sudafricano: la resistencia (incluyendo a Nelson Mandela) y la presión internacional desmantelaron un sistema brutal en 1994, estableciendo una democracia multirracial. O en Polonia, donde el sindicato Solidarność, frente a un régimen comunista opresor, forzó negociaciones que contribuyeron a la caída del Telón de Acero en 1989. En todos estos casos, la inacción o la protesta pasiva habrían perpetuado la injusticia. 

Un ciudadano responsable se informa, participa, respeta y contribuye. Esto incluye ejercer presión social y política, pero también recurrir a tácticas legales: impugnar, documentar, sentar precedentes y proponer soluciones. No basta con señalar. 

No hay espacio para la indiferencia. Como afirmó San Juan Pablo II en Christifideles Laici: “Ningún miembro de la Iglesia puede permanecer indiferente ante la realidad social que le rodea y ante el deber de comprometerse activamente en ella”. Este principio trasciende lo religioso: la participación es un imperativo cívico. 

¿Cómo SÍ seguimos jugando? 

El mundo del deporte es un excelente espejo social, mostrando cómo los cambios en las reglas y la necesidad de adaptación impactan a sus participantes. 

Tomemos el VAR en el fútbol: su implementación buscó mayor justicia al corregir errores evidentes, aunque generó controversia por la fluidez del juego y la subjetividad en su aplicación. El error humano —como “la mano de Dios”— era parte de la mística, pero esa imprecisión también anuló goles, carreras y hasta naciones enteras. 

Otro ejemplo: el fútbol americano a finales del siglo XIX era un deporte brutalmente peligroso. En 1905 se registraron 18 muertes directas en el campo, lo que casi llevó a su prohibición. La respuesta fue modificar sus reglas priorizando la seguridad del jugador. Desde entonces, la NFL ha implementado más de 50 cambios normativos desde 2002. Esto demuestra que la exigencia de nuevas reglas, acompañada de participación activa y cooperación, puede transformar un escenario inaceptable en uno viable, seguro y, sobre todo, disfrutable. 

La Teoría de Juegos: El poder se abre paso en el vacío… 

Todo esto nos lleva a una pregunta crucial: ¿Para qué actuar? Vivimos una época de incertidumbre, donde la falta de incentivos empuja a muchos a la inacción. 

La Teoría de Juegos nos ayuda a entender por qué esta apatía es peligrosa. Esta disciplina estudia cómo las decisiones de individuos o grupos interactúan, afectando los resultados colectivos. Nos enseña que, con una estrategia, se puede llegar a un Equilibrio de Nash: un estado donde ningún jugador mejora su situación cambiando su estrategia, siempre que los demás mantengan las suyas. La clave es que la participación colectiva sí puede alterar ese equilibrio. 

Consideremos el Dilema del Prisionero. Si cada ciudadano decide no votar o anular su voto pensando “nada va a cambiar”, y los grupos de poder imponen su agenda, el resultado es el peor posible para la sociedad. 

O el juego del Halcón y la Paloma: una paloma solitaria puede ser explotada, pero muchas palomas juntas pueden forzar al halcón a cooperar o a retirarse. La apatía generalizada favorece a quienes tienen intereses en mantener el statu quo. 

El voto nulo y en blanco tiznó la #ElecciónPJ2025  

Ni con acordeón se pasó el examen. 

Esta lógica no es solo teórica ni se limita a ejemplos históricos lejanos. En México, acabamos de vivir una muestra clara de cómo la apatía —ya sea en forma de abstención, voto nulo o desinformación— tiene consecuencias reales. La elección judicial de 2025, la primera en su tipo, fue presentada como un ejercicio democrático, pero terminó evidenciando lo contrario: una ciudadanía confundida, desmotivada y, en muchos casos, ausente. La anulación masiva de votos, más que un gesto de protesta, abrió espacios peligrosos para que otros actores —menos democráticos— capitalicen el vacío. Y ahí es donde el “juego” se desequilibra. 

La lógica de los votos nulos y en blanco que suman más de lo que sacaron los candidatos punteros, hubiera podido ser una estrategia de oposición pero parece que sólo fue la inercia de la apatia  y/o la complejidad de las boletas y los cientos de candidatos a elegir. La línea corporativa, los “acordeones” partidistas y gubernamentales fueron cínicamente claros. No se explica como candidatos que sin gran popularidad obtienen 2 millones de votos y de repente de un lugar a otro cae la votación con diferencias abismales de 600 mil votos que evidencian como no entraron en la línea del acordeón.  

A la Cuarta Transformación, este resultado le tizna su aspiración de presumir una elección democrática. No hubo un resultado distinto al que el Presidente podía haber designado por sí solo, mandando sus ternas. Ahora, con la participación ciudadana, popularizando puestos que deben ser independientes y sumamente especializados, se abrió la puerta a que el Poder Judicial ceda más fácilmente a grupos de poder —incluido el crimen organizado o la incompetencia—, alejándonos de la autonomía republicana. 

La apatía es una derrota anticipada. Anular o marchar son expresiones válidas de descontento, pero la participación estratégica, informada y colectiva es la mejor vía para influir en el juego a largo plazo. Así como los movimientos sociales o las reformas en el deporte mejoran las prácticas, la democracia también se afina participando. 

La ciudadanía debe dejar de ser espectadora. Hay que sacudir la apatía. Participar con un rol activo y propositivo para impulsar un mejor futuro. 

Las reglas ya cambiaron. Cómo jugar este nuevo juego es nuestra decisión. 

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