La elección del cardenal Robert Francis Prevost Martínez, prefecto del Dicasterio para los Obispos, como el Papa León XIV -267° sucesor de san Pedro-, además de llenar a los católicos de alegría nos invita a reflexionar sobre el papel de los laicos en el mundo actual considerando lo que nos dijo en su primer mensaje:
“El mundo necesita de su luz (de Cristo); la humanidad necesita de Él como el puente para ser alcanzada por el amor de Dios. Ayudémonos los unos a los otros a construir puentes con el diálogo, el encuentro, uniéndonos todos para ser un solo pueblo, siempre en paz.”
Trabajar en ser un solo pueblo; a resolver las diferencias que nos separan, mediante el diálogo; y salir al encuentro de quienes necesitan a Cristo se convierten en algunos de los ejes que marcan el nuevo pontificado.
Esto significa que, más allá de las diferencias naturales derivadas de los carismas propios de sus militancias, los católicos requerimos dialogar con quienes -desde dentro, desde fuera o desde las periferias-, se han alejado y se han convertido en acérrimos críticos de la Iglesia, sea por ignorancia de su misión, de su riqueza doctrinal o de sus acciones en beneficio de los pobres; o porque viven una situación personal por la que se sienten excluidos, y creen que se requiere “actualizar” la doctrina para darles cabida, sin darse cuenta que con ello pervierten su misión y la convierten en una ONG.
Sería ingenuo pensar que la Iglesia se alejará de las enseñanzas de Cristo, modificará su Magisterio o cancelará la tradición para dar cabida al divorcio y al aborto; a sacerdotisas, obispas o papisas; a comulgar sin confesión; a la ideología de género, etc. Esto no significa que desconozca la realidad de quienes viven estas desgracias ni de que los abandone o les cierre las puertas porque todos somos pecadores y todos necesitamos de la misericordia divina.
Lo importante no es ganarles con los mejores argumentos teológicos, morales o científicos, sino ganarlos para la causa de Cristo a través de la amistad sincera. Eso no significa abandonar o cambiar nuestros principios, sino dar paso a la auténtica caridad cristiana a partir de reconocernos pecadores y falibles; de reflexionar y proponer conjuntamente caminos de acercamiento y explorar caminos de solución para lograr la unidad diversa.
La riqueza de los movimientos laicales y eclesiales, y de las Pastorales, radica en su originalidad organizativa, en su fuerza social, en su unidad y comunión con el Magisterio de la Iglesia, la Tradición y la jerarquía. El movimiento que no camina con la Iglesia -como la rama que se separa del tronco-, corre el riesgo de perder el rumbo, encerrarse en sí mismo y volverse estéril.
El ecumenismo, como lo promueve el Concilio Vaticano II, es otra expresión de esta fidelidad eclesial. No es un relativismo doctrinal ni un simple diálogo entre opciones, sino un llamado a que todos los cristianos volvamos a la fuente común de la fe, en comunión con la Iglesia fundada por Cristo. Esto requiere claridad doctrinal, caridad en el testimonio y una profunda fidelidad a la misión evangelizadora, no improvisada ni aislada, sino en sintonía con toda la Iglesia.
Ante el llamado de SS León XIV, la tarea de los movimientos laicales en el mundo seglar será profundizar en la oración, formación doctrinal y espiritual, la vida sacramental y el apoyo mutuo para contribuir a la santificación de sus miembros; llevar el mensaje del Evangelio -siempre fresco y siempre nuevo- a los ámbitos de vida y trabajo de sus integrantes; fortalecer sus vínculos y servicio a la comunidad eclesial; enriquecer la vida social, política, cultural, educativa, deportiva, etc., con los valores del Evangelio.
Mientras, las comunidades Pastorales están llamadas a enriquecer la vida religiosa y comunitaria desde los templos, atendiendo necesidades específicas, fomentando la formación doctrinal, espiritual y la participación de los fieles en la vida de la Iglesia.
En este contexto, la doctrina social de la Iglesia, es fuente de luz donde encontramos principios sólidos —la dignidad humana, el bien común, la subsidiariedad y la solidaridad— que ofrecen respuestas reales a los desafíos contemporáneos: la desigualdad, la explotación, la cultura del descarte. Este tesoro no puede ser relegado al olvido ni manipularlo según intereses políticos. La fidelidad al Magisterio implica asumir la integridad de la doctrina.
La adhesión al Papa, no puede regirse por simpatías o desconfianzas ideológicas. El Santo Padre es principio visible de unidad y guía para todo el pueblo de Dios. Separarse de su enseñanza, seleccionarla a conveniencia o contradecirla públicamente no es signo de discernimiento, sino de ruptura.
Urge, pues, una conversión eclesial: pasar del apego a banderas y líderes particulares al abrazo humilde de la Tradición, del Magisterio y de la comunión universal. Solo una Iglesia fiel puede ser también creíble ante el mundo. Y solo quien camina con la Iglesia, camina con Cristo.
Cada agrupación de creyentes está llamada a la santidad, a vivir con fidelidad el llamado de Dios; a conocer y hacer realidad el magisterio y la tradición; a conducirse con respeto y obediencia a la autoridad eclesiástica.
Quienes pretenden definir lo que estos movimientos y Pastorales deben hacer, carentes de un espíritu apostólico, aunque movidos por las lícitas preocupaciones de la triste realidad que se vive en algunos países y comunidades; o con criterios estrictamente materiales, es importante que se sientan parte del llamado de Dios y que abran su corazón a su llamado e inspiraciones participando en los aportan significativamente
Forja acoge el llamado de SS el Papa León XIV y reitera su compromiso de colaborar a estas tareas, a partir del pensamiento, de la reflexión, el análisis y la propuesta, abriendo nuestras páginas -como ya lo hicimos, a cristianos de otras denominaciones-, a fin de dar plenitud al humanismo integral; renunciando -como ya lo hicimos-, al engaño de la propaganda o la descalificación; dando plena libertad a nuestros colaboradores para que, de manera personal, libre y responsable, expongan sus ideas -página 2 de cada ejemplar-. Y también asumimos el deber reconocer nuestros errores, cuando sucedan.
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