The Economist rara vez aborda rutas o viajes desde una perspectiva meramente turística. Cuando lo hace, trata de explicar el impacto de un fenómeno económico, político, social o cultural. En este caso, analiza a la Ruta 66 como un ejemplo para comprender cómo funcionan las comunidades, la cultura y la economía de Estados Unidos en la actualidad.
La Ruta 66 llegó a convertirse en la carretera más famosa del mundo, en parte porque nació en el momento histórico adecuado, sostiene The Economist. Su época dorada coincidió con el ascenso cultural y geopolítico de Estados Unidos y con la consolidación de la cultura del automóvil como uno de los símbolos de la modernidad estadounidense.
Aunque en sus inicios fue apenas un mosaico heterogéneo de caminos estatales y locales –pavimentados totalmente doce años después de su inauguración en 1926– pronto se transformó en la principal ruta hacia el oeste atravesando ocho estados y tres husos horarios.
Durante décadas la vía pasó por diferentes etapas. En sus primeros años fue símbolo de desesperación y optimismo al mismo tiempo. Miles de estadounidenses emprendieron el camino hacia California impulsados por los efectos devastadores de la Gran Depresión y por las tormentas de polvo y sequía de los años treinta, conocidas como Dust Bowl.
La Ruta 66 representaba la posibilidad de escapar de la pobreza y la esperanza de una vida mejor en la tierra prometida.
Al estallar la Segunda Guerra Mundial, la carretera adquirió una importancia estratégica. Se convirtió en una arteria esencial para el movimiento de convoyes militares hacia bases de entrenamiento y centros de producción de armamento en Nuevo México, Arizona y California.
Al término de la guerra, los estadounidenses descubrieron el placer de viajar por carretera. Al ritmo de «Get your Kicks on Route 66», la carretera pasó a formar parte de la cultura popular y encarnó una nueva idea de libertad, prosperidad y aventura. El automóvil dejó de ser únicamente un medio de transporte para convertirse en una expresión de identidad personal.
El arribo de una nueva generación de autopistas –más rectas, rápidas y de cuatro carriles– transformó para siempre la movilidad estadounidense. Las grandes interestatales desviaron el tráfico y dejaron atrás gasolineras, restaurantes, moteles y pequeños negocios que durante años habían dependido del paso constante de viajeros. Comunidades enteras quedaron al margen del nuevo mapa económico del país.
En 1985, la Ruta 66 perdió oficialmente su estatus de carretera federal. Después de 59 años de existencia (1926-1985) parecía destinada a convertirse en vestigio de otra época. Sin embargo, ocurrió algo inesperado. Las comunidades locales se negaron a aceptar que aquella carretera histórica cayera en desuso y en el olvido. Su resistencia permitió que la Ruta 66 sobreviviera como patrimonio cultural y es precisamente esta historia la que lleva a The Economist a analizar, a través de la carretera centenaria, tres rasgos inherentes de la sociedad estadounidense.
Primero. La tradición del voluntariado y la capacidad de organización comunitaria. Los estadounidenses conservan una larga tradición de participación voluntaria y asociación ciudadana. Un ejemplo emblemático surgió en 1987, cuando Ángel Delgadillo, un barbero mexicano-estadounidense de Seligman, Arizona, fundó la primera organización ciudadana dedicada a proteger y preservar la Ruta 66.
Su iniciativa confirmó la observación que Alexis de Tocqueville hizo hace dos siglos en “La democracia de América”: “Los estadounidenses siempre están formando asociaciones” para impulsar iniciativas colectivas.
El ejemplo de Delgadillo fue seguido por las comunidades de los otros siete estados: Illinois, Missouri, Kansas, Oklahoma, Texas, Nuevo México y California. Con el trabajo voluntario de numerosos ciudadanos, cada localidad comenzó a rescatar y conservar pueblos, moteles, estaciones de servicio y restaurantes que forman parte de la memoria de la Ruta 66.
Segundo. Una economía creativa capaz de reinventarse. La historia reciente de la Ruta 66 refleja la capacidad de la economía estadounidense para adaptarse, crear nuevas oportunidades y transformar el pasado en actividad económica. Las comunidades locales y las organizaciones nacionales de conservación han desarrollado nuevas atracciones para atraer visitantes y estimular el crecimiento económico. Se han restaurado antiguos letreros de neón, moteles, cafeterías y gasolineras, convirtiendo elementos que parecían obsoletos en símbolos de identidad y fuente de ingresos.
Tercero. La movilidad como parte de la cultura e identidad estadounidense. La posibilidad de desplazarse por un territorio inmenso, descubrir nuevas regiones y cruzar paisajes muy diversos forma parte de la experiencia nacional. La cultura del automóvil no solo transformó la economía del país; también moldeó su imaginación colectiva.
Recorrer las 2,400 millas (3,860 kilómetros) entre Chicago y Santa Mónica –o transitar algunos de sus tramos– continúa atrayendo a viajeros de todo el mundo que buscan descubrir la “América auténtica”, la que no se puede apreciar desde las modernas autopistas interestatales, concluye The Economist.
Por su parte, El País, uno de los diarios más influyentes del mundo hispanohablante, ha dedicado dos artículos a esta vía icónica: “¿Por qué hay que hacer la Ruta 66 al menos una vez en la vida?” y “La Ruta 66 cumple 100 años troceada y descuidada, pero la aventura es fascinante”.
Ambos artículos parten de una misma tesis: la Ruta 66 es mucho más que una carretera. Aunque dejó de ser una vía principal hace décadas, permanece como uno de los grandes símbolos de Estados Unidos y como una referencia universal del viaje por carretera. El primero invita a imaginar el recorrido y, sobre todo, a emprenderlo. El segundo propone una mirada más reflexiva, dirigida a quienes desean comprender el significado histórico y patrimonial de la carretera.
La idea central del primer artículo es que recorrer la Ruta 66 constituye una experiencia cultural y humana única e irrepetible. Allí donde las modernas carreteras interestatales acortan las distancias y convierten el desplazamiento en una carrera contra el reloj, la Ruta 66 propone justamente lo contrario: detenerse, viajar despacio, apreciar el paisaje.
Su recorrido conduce al viajero por pequeños pueblos, moteles históricos, antiguas gasolineras, cafeterías, museos locales, letreros luminosos que parecen resistirse al paso del tiempo. Pero quizá su mayor atractivo se encuentre en las personas: conversar con habitantes de las comunidades, con propietarios de negocios, escuchar anécdotas, recuerdos e historias familiares que han pasado de una generación a otra.
La carretera deja así de ser una línea trazada sobre un mapa para convertirse en un territorio humano. En ese sentido, el primer artículo presenta la Ruta 66 como uno de los viajes por carretera más míticos de Estados Unidos.
El segundo artículo adopta una mirada histórica y patrimonial. Su argumento principal es que la Ruta 66 terminó convirtiéndose en un símbolo de esperanza, aventura y libertad. Su valor no desapareció cuando perdió su condición de gran arteria nacional. Por el contrario, adquirió otra dimensión. Incluso fragmentada, abandonada o deteriorada en algunos de sus tramos, conserva la capacidad para evocar la historia de un país y continúa funcionando como corredor económico y cultural.
Los dos artículos transmiten la idea de que la Ruta 66 dejó de ser una carretera para convertirse en mito cultural, en una marca reconocible mucho más allá de las fronteras estadounidenses. Su atractivo se encuentra en recorrer pueblos, paisajes y negocios tradicionales que conservan las huellas de un siglo de historia, una historia en la que se entrelazan la literatura, el cine, la música y la televisión.
John Steinbeck la llamó “la carretera madre”, pero también “la carretera de la huida”. Cyrus Avery, considerado el padre de la Ruta 66, acuñó la expresión “la calle principal de América”, precisamente porque la carretera atravesaba el corazón de tantos pueblos. Michael Wallis, por su parte, recoge la denominación “el camino de la gloria”, término asociado a los Okies que recorrieron la Ruta 66 durante la gran migración hacia California.
Otros medios de comunicación, como The Independent y National Geographic, coinciden en subrayar que el mejor indicador de su alcance global no se encuentra únicamente en el asfalto que queda de la antigua carretera, sino en las historias, comunidades y tradiciones que han sobrevivido a su desaparición como vía principal.
Para The Independent, la Ruta 66 no fue concebida solamente para cruzar el país con seguridad y eficiencia. Su verdadera trascendencia estuvo también en conectar la América rural con grandes ciudades y favorecer el surgimiento de núcleos de actividad económica y comercial. La carretera modificó el paisaje, pero también transformó la vida de las comunidades que crecieron a su alrededor.
National Geographic, por su parte, presenta la Ruta 66 como una experiencia cultural y turística que invita a viajar con calma, curiosidad y capacidad de asombro. Su relato incorpora, además, la presencia y el legado de los pueblos indígenas y reconoce la diversidad de las comunidades que se desarrollaron a lo largo de su trazado.
Ambos medios reconocen que la Ruta 66 es parte esencial de la cultura e historia estadounidense. Cada etapa de la historia contemporánea del país dejó su huella sobre ella: la expansión hacia el oeste, la Gran Depresión, las migraciones, la Segunda Guerra Mundial, el auge del automóvil, la prosperidad de la posguerra, el placer de viajar en carretera, y, finalmente, la transformación de la red nacional de carreteras.
Quizá por ello algunos historiadores encuentran un paralelismo sugerente entre la Ruta 66, El Camino de Santiago y la Ruta de la Seda. Los tres nacieron para cumplir funciones concretas –comerciales, religiosas, económicas o de comunicación– pero terminaron trascendiendo su utilidad original para convertirse en itinerarios cargados de memoria, identidad y simbolismo. Son caminos que ya no conducen únicamente de un lugar a otro: conducen también hacia una historia.
En suma, los cuatro medios citados coinciden en que el centenario de la Ruta 66 no conmemora solamente una carretera sino un fenómeno cultural, económico e histórico de alcance internacional. A cien años de su inauguración, continúa despertando interés en Alemania, Francia, Reino Unido, Italia, Japón y Australia. Alrededor de ella siguen surgiendo clubes de aficionados, festivales, exposiciones fotográficas, desfiles de autos clásicos y motocicletas.
Y quizá ahí reside su mayor paradoja: la Ruta 66 perdió su función original y, sin embargo, ganó una nueva vida. Dejó de ser una ruta necesaria para convertirse en una ruta deseada.
Es por ello por lo que se afirma que el centenario celebra, en último término, una idea sencilla y profundamente humana: que el viaje puede ser tan importante como el destino.
También resulta valioso destacar que la Ruta 66 forma parte del imaginario de los viajeros mexicanos, una asignatura pendiente por explorar. Para México, la carretera posee una resonancia particular que puede explicarse, al menos, por tres factores: la proximidad geográfica, la migración y los vínculos familiares y la profunda influencia cultural estadounidense.
Para muchos mexicanos, recorrer la Ruta 66 significa transitar por un camino que no les resulta completamente ajeno. La carretera atraviesa territorios en los que la presencia mexicana es anterior a su propia construcción en 1926. Detrás de los moteles, las gasolineras, los restaurantes y los pequeños pueblos aparecen también historias de mexicanos que llegaron a esos lugares para trabajar en la agricultura, el ferrocarril, la construcción, los servicios y el comercio. La historia de Ángel Delgadillo es uno de los ejemplos más elocuentes de ese vínculo humano que se tejió a lo largo de la carretera.
Por eso, para los viajeros mexicanos la Ruta 66 puede representar algo más que un paseo estadounidense. Puede convertirse también en un recorrido por una parte de la historia compartida entre México y Estados Unidos.
Finalmente, cabe plantearse una pregunta de mayor alcance: ¿Tendría Estados Unidos interés en presentar la Ruta 66 como candidata a Patrimonio Mundial ante la UNESCO?
En principio, la respuesta podría resultar negativa por la decisión estadounidense de abandonar la UNESCO el 31 de diciembre de 2026. Sin embargo, desde una perspectiva estrictamente jurídica, la retirada de la organización no implicaría necesariamente la imposibilidad de presentar una candidatura, siempre que Estados Unidos permaneciera vinculado a la Convención sobre la Protección del Patrimonio Mundial, Cultural y Natural de 1972 y que pudiera demostrar que la Ruta 66 posee un valor universal excepcional.
De acuerdo con la interpretación de especialistas en derecho internacional, si Estados Unidos abandona la UNESCO, pero permanece dentro de la Convención del Patrimonio Mundial, una eventual candidatura de la Ruta 66 seguiría siendo jurídicamente posible. El retiro de la UNESCO no impide que Estados Unidos siga utilizando el sistema del Patrimonio Mundial. La Convención es, precisamente, el instrumento jurídico que hace posible que Estados Unidos tenga actualmente 27 sitios reconocidos.
Cita este artículo
Quilantán Arenas, R., (2026, octubre 16). La ruta 66: Un siglo de historia y un legado universal. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/la-ruta-66-un-siglo-de-historia-y-un-legado-universal/
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