Magnífica Humanitas

Asdrúbal Aguiar

Magnífica Humanitas. Parte I
La primera y reciente encíclica suya –documento papal dirigido a los obispos, al clero y al conjunto de los católicos en el mundo– hecha pública por León XIV en vísperas de su visita a España, comienza a revolucionar los ambientes en los que bulle el pensamiento y la acción.

(I)

La primera y reciente encíclica suya –documento papal dirigido a los obispos, al clero y al conjunto de los católicos en el mundo– hecha pública por León XIV en vísperas de su visita a España, comienza a revolucionar los ambientes en los que bulle el pensamiento y la acción.

Se trata, por una parte, de una relectura y actualización de la Doctrina Social de la Iglesia inaugurada por León XIII en 1891 con su encíclica Rerum Novarum o “Sobre las cosas nuevas”, aborda cuestiones de la sociedad, economía y política en el dominante contexto de la segunda revolución industrial –expansión del acero, la electricidad, y el petróleo– y a objeto de poner sobre la mesa del debate el tema del trabajo y los obreros. Por la otra, busca mostrar lo que es permanente como ideario en una tarea de suyo muy exigente, ya que, si bien explica cómo han logrado sostenerse los grandes vectores del magisterio a la luz de la tradición pontificia, esta vez el quiebre epocal interpela a sus enseñanzas -«nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma», dice el Papa- en búsqueda de un mayor discernimiento que permita “interpretar las grandes tendencias de nuestro tiempo, en particular los avances de la técnica” como hecho humano vinculado a la libertad del hombre.

Han transcurrido un siglo y algo más de tres décadas y el mundo, y las generaciones del momento, como prolongación de la tercera revolución industrial de mediados del siglo XX, la de los ordenadores y la energía nuclear, son ahora actoras y testigos de otra revolución industrial, la 4.0 –la del desarrollo de la realidad virtual– que, al fundir sistemas ciberfísicos e inteligencia artificial, marca una deriva en la que la transformación digital y de lo social inciden directamente, lo dice la nueva encíclica, en “el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones e inciden profundamente en el imaginario colectivo”.

Desplazan a los Estados, que antes impulsaban y orientaban la innovación, en el marco de “una rápida fase de transición, un cambio de época en el que la mayoría de las personas permanece a la espera, observa desde lejos y simplemente aguarda a que todo salga bien”.

Las preguntas, por ende, se acumulan y se las hace León XIV: ¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia que meta deseamos orientarnos? ¿Qué dirección elegir, como comunidad humana y como pueblos?

Humanismo cristiano

A quienes hemos bebido en las fuentes plurales del humanismo cristiano como ideario, como humanismo integral de inspiración maritainiana, es decir, la que sitúa a la persona humana y su dignidad en el centro de la sociedad –rechazando el individualismo egoísta y el colectivismo opresivo– en procura de una sociedad abierta y plural inspirada en los valores espirituales y evangélicos, Magnifica Humanitas es una gran noticia.

En la elipse que, a partir de 1989, busca enterrar las ideologías que se han vuelto dogmas y/o renuevan las formas totalitarias que, si acaso no alcanzar a lo totalitario ahora buscan totalizar a la experiencia histórica de lo humano, la relectura de criterios éticos y religiosos que iluminen la moral de la misma humanidad mientras ocurre el parto de otro orden global en medio de una “guerra mundial a pedazos”, se hace obligante.

En el descampado que anega y el culto del relativismo en avance, Magnifica Humanitas provee un anclaje, abre caminos para el cambio epocal a partir, digámoslo coloquialmente, de las leyes universales de la decencia humana, las del Decálogo y las de la razón práctica.

Situando nuestra mirada a la distancia, reparamos en la misma impresión que acaso tuvieron en su momento, sin mengua de la universalidad del ideario entonces planteado, quienes luego forjaron en América Latina partidos de inspiración demócrata cristiana. Me refiero a Eduardo Frei Montalva, quien frisaba 22 años y a Rafael Caldera en sus tempranos 18 años. Ambos viajaron a Roma en 1934 para participar en el Congreso de Pax Romana, donde al primero se le elige secretario general de la Confederación Iberoamericana de Estudiantes Universitarios Católicos que allí se funda.

Tienen encuentros con Jacques Maritain y Giovanni Papini, en la prolífica etapa de entreguerras del movimiento que promovía la paz y la solidaridad internacional bajo el lema Pax Christi in Regno Christi, impulsado por Pio XI y su célebre encíclica Quadragesimo Anno (1931), enfocada en los criterios de la justicia social, el bien común, la solidaridad y la subsidiariedad, ahora retomadas por León XIV. Era la necesaria renovación de la cuestión obrera con motivo del 40 aniversario de la Rerum Novarum, esa vez propulsada por la crisis económica mundial en marcha. Igualmente significaba – como lo hace constar Pio XI en su sucesiva encíclica Divini Redemptoris (1937)– la respuesta al comunismo, en el plano intelectual y de la que se harían eco los jóvenes participantes de Pax Romana.

“No temamos ensuciarnos las manos en la obra de nuestro tiempo” es el llamado actual de León XIV, con ferviente espíritu de agustino, al advertir las “nuevas formas de deshumanización”, bajo las que puede verse eclipsada la dignidad humana en la era de la inteligencia artificial.

Frei, celebrando a Maritain en 1952 y como discípulo de las enseñanzas romanas, destaca “la actitud de aquellos pesimistas que ven sólo los defectos de la libertad y no la gran aventura del hombre y su ensayo de construir una sociedad fundada en el acuerdo de voluntades que necesitan primero un acto de inteligencia, antes que obedecer y qué fácil es buscar primero la obediencia y, después, si cabe, la comprensión”, afirma.

Caldera, bajo esa inspiración compartida se hace propulsor de las leyes del trabajo en Venezuela –su tesis doctoral Derecho del Trabajo la presenta en 1939– y es animador de la creación de los sindicatos cristianos, cuyo liderazgo modelador asume Arístides Calvani a partir de 1940. La Roma vaticana, justamente, buscaba cerrarle el paso a la hegemonía en avance de los sindicatos marxistas, promotores de la lucha de clases y destructores de la propiedad privada, auspiciando la sindicalización católica mediante la colaboración armónica entre el capital y el trabajo, según los lineamientos de León XIII.

Mas como no se trata en el siglo XX de la explotación del hombre por el hombre, León XIV recuerda preocupado que “las decisiones delicadas que repercuten en el trabajo, el acceso a créditos y a otros servicios, y la reputación de las personas, corren el riesgo de ser confiadas completamente a sistemas automatizados que no conocen «la compasión, la misericordia, el perdón y, sobre todo, la apertura a la esperanza de cambio en el individuo» pudiendo así producir nuevas formas de descarte”.

Caldera, en su homenaje a Luigi Sturzo –sacerdote proveniente de la Acción Católica y fundador del Partido Popular italiano– apunta en 1953 a la complejidad de la realidad social para advertir, en similar línea de reflexión, que “resulta, por tanto, anacrónico, contrario a la más concluyente experiencia sociológica y al conocimiento más objetivo y desinteresado en el campo de la sociología, pretender que determinado fenómeno –como un descubrimiento científico– se aísle; cerrar los ojos a la influencia que por la misma complejidad social ese fenómeno tiene que recibir y ejercer sobre los otros órdenes de la vida colectiva”.

Una teología de la historia

A la luz de su postulado, suerte de desafió existencial, a saber, “permanecer siendo humanos” en la era de la Inteligencia Artificial, Magnifica Humanitas contrapone, como metáforas antitéticas sobre el bien común, las experiencias bíblicas de la Torre de Babel o el «síndrome de Babel» y la de la reconstrucción de los muros de Jerusalén. La humanidad, unida por un solo idioma, en aquella se dispuso a conquistar el cielo dando a Dios por muerto. Sufrió el castigo de la dispersión en lenguas y por el mundo. En esta, Nehemías, para acometer su obra reconstruye vínculos entre los dispersos antes que piedras y cada uno, animados por la responsabilidad compartida, tuvo su tramo en el levantamiento de la muralla.

Para edificar el bien de todos, la roca o piedra angular ha de fundarse en relación con Dios, proclama León XIV. ¡Y es que el mismo Robespierre toma la frase de Voltaire para darle sentido moral a la república!, al afirmar que “si Dios no existiera, habría que inventarlo”. Lo que implica aceptar “los límites y la fragilidad de la humanidad sin considerarlos un error que haya que corregir”; pues, en efecto, desconocerlos conlleva a la ilusión tecnológica para satisfacer el deseo de plenitud del ser humano.

“La verdadera realización no nace de la eliminación de las fragilidades, sino de un crecimiento armonioso; allí donde la libertad y la responsabilidad se entrelazan con el cuidado recíproco y la verdadera solidaridad, y donde el progreso se mide por la dignidad de cada uno y por el bien de los pueblos”, reza Magnifica Humanitas.

De allí que la corresponsabilidad valiente implica lo que, por cierto, y al cabo, es esencia de la experiencia democrática genuina: “A cada uno corresponde su tramo de muralla: científicos e investigadores, empresarios y trabajadores, educadores y legisladores, sociedad civil, movimientos populares y comunidades de fe”. Es lo que sintetiza a la lógica de la subsidiariedad, que valora la cooperación entre generaciones, pueblos y culturas. Es el principio cardinal que proclama la Quadragesimo Anno de Pio XI, que desarrolla la doctrina social inaugurada por León XIII, “Lo que puede ser realizado por las personas, las familias, los organismos intermedios y las comunidades locales no debe ser absorbido por instancias superiores”, refiere la relectura de la Doctrina Social de la Iglesia para el siglo corriente.

Cada tiempo tiene su propio tiempo y hace historia propia. Su realidad y dinamismo, en modo alguno pueden obviarse. Lo que no significa que la historia haya de reescribir al Magisterio eclesial sin antes considerar -lo precisa León XIV- “la forma en que la Iglesia habita la historia y se relaciona con el mundo”.

Ella acompaña, no impone, ofrece “un camino de discernimiento comunitario”, a través del “encuentro entre la verdad eterna del Evangelio y las preguntas de la historia”. Y aquella se deja interpelar por los signos de los tiempos. Aproximarse al mundo le significa, sin variar, nutrirse y comprender las culturas y las experiencias humanas. Es el diálogo entre razón y fe que abordara, con lucidez, Benedicto XVI.

“Cuando la política no responde a los dramas de la humanidad, cuando la economía se vuelve contra la persona o la ciencia traspasa los límites de su método, la Iglesia junto con las demás confesiones cristianas y los creyentes debe hacer oír su voz no para dominar, sino para servir a la comunión”, se lee en el texto cuya recensión sobre sus preliminares aquí intentamos. La actualización novedosa nos presenta León XIV de cara a la Era Digital y de la Inteligencia Artificial, es, según sus mismas palabras, “una teología de la comunión en la historia”.

¿A qué nos enfrentamos y cuál es la razón de la encíclica, y de la relectura necesaria de la doctrina social de la Iglesia emprendida?, lo explica Magnifica Humanitas: “Las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias”.

En efecto, “no es la experiencia de quien se deja modelar por la vida y crece en el tiempo por medio de decisiones, errores, perdón y fidelidad”, que es la constante del ser o no ser de Hamlet, príncipe de Dinamarca, en su soliloquio sobre la existencia, el dolor humano, y el miedo desconocido tras la muerte.

(II)

Cada tiempo tiene su propio tiempo y hace historia propia, es la afirmación que hicimos constar en nuestra precedente crónica, del mismo título, buscando referir la realidad y dinamismo como la autonomía del ser humano, que en modo alguno pueden obviarse. No significa ello que la historia haya de reescribir a la Verdad y sus verdades sin antes considerar -lo precisa León XIV en su amplia relectura- “la forma en que la Iglesia habita la historia y se relaciona con el mundo”. 

Esta es una cuestión clave para comprender la aproximación que hace su Encíclica Magnifica Humanitas sobre la cuestión digital y la Inteligencia Artificial (IA), a fin de que no se las vea como un tema singular sino como la manifestación de un «cambio epocal» en la misma historia; que, si bien interpela al magisterio eclesial con las cosas nuevas, este, como doctrina social y aquella como poseedora de “una consistencia y un orden propio”, permanecen atados a una raíz que las trasciende.

La creación, en efecto, lleva impresa una bondad originaria -lo recuerda la Encíclica- que la mirada humana debe custodiar, cultivar y hacer madurar, siempre con la libertad que es inherente a la existencia del hombre, a su albedrío. De donde la tarea de la Iglesia Católica, en el marco de ese reservorio de sabiduría que conjuga lo teológico con lo antropológico, sólo busca acompañar, ayudar al discernimiento comunitario. La Doctrina social de la iglesia en modo alguno es “un manual de principios y de normas que hay que aplicar”, precisa la Encíclica, pues se concreta como ayuda en la tarea de reconocer y promover “lo que contribuye a la dignidad de las personas, a la vitalidad de las comunidades y al bien de todos”.

El señalado Magisterio, que ausculta a la historia al objeto de acompañarla y caminar a su lado, es de suyo perfectible, pero a su vez está inspirado en la verdad constante de los Evangelios. Contiene una “comprensión de la verdad” y posee “un don que hay que compartir”. No es “una posesión que hay que reclamar”, como en los tiempos en los que se cedió -lo recuerda la misma Encíclica apelando a San Juan Pablo II- a métodos de intolerancia e incluso de violencia al servicio de la verdad, y tampoco “un territorio que haya que defender”. La Doctrina social de la iglesia, lo recordaba San Pablo VI, mal puede “pronunciar una palabra única” ante la gran variedad de las situaciones históricas, como la presente, signada por una ruptura epistemológica que diluye espacios y exorciza al tiempo.

Cabe observar, sin perjuicio de lo anterior y justamente por inspirarse tal Doctrina o por beber ella en las fuentes invariables del Evangelio, que su tradición ha evolucionado de manera coherente, sin fracturas intelectuales a la vista; todo lo contrario. Sin perjuicio, como conjunto de ideas, de haberse renovado mediante la escucha de las situaciones históricas concretas e interpelada por las preguntas que nacidas de la realidad social e histórica del hombre se le han dirigido.

Tal “corpus orgánico de enseñanzas sociales”, que Pio XII califica por vez primera como Doctrina Social de la Iglesia, como se ha dicho la inaugura la Encíclica Rerum Novarum de León XIII (1891), sobre la cuestión obrera y la dignidad del trabajo, revalorizando la dignidad humana por sobre el capital y defendiendo a la propiedad privada junto a su “indispensable función social”.

Le siguió la Quadragesimo Anno de Pio XI (1931), que al conmemorarla hace crítica, en medio de la crisis económica mundial, tanto a la competencia sin límites, concentradora del poder, como a los colectivismos “que anulan la libertad y la responsabilidad de las personas”. Da lugar, así, a la emergencia y reconocimiento del principio de la subsidiariedad, que proscribe la absorción por instancias superiores de aquello que corresponde y han de realizar “las personas, las familias, los organismos intermedios y las comunidades locales”. Su pontífice autor, lo precisa Magnifica Humanitas, “denuncia los totalitarismos que atropellan la dignidad de la persona, sofocan la vida social, exaltan al Estado por encima de su justo valor y adoptan la categoría discriminatoria de la raza”.

Pio XII, en su momento (1939-1958), “sostiene la necesidad de un Estado de Derecho sólido para prevenir los abusos de poder y reconoce en la democracia un instrumento adecuado para favorecer el ejercicio correcto de la autoridad”.

Tres enseñanzas o principios son extraídos como síntesis de lo anterior y para lo actual por León XIV, a saber, que (1) el derecho prevalezca sobre el interés, (2) la conciencia de que las disparidades económicas son fuente de tensiones, y (3) el valor del tejido asociativo como vía para la mediación entre el individuo y el Estado; lo que, al paso y mutatis mutandis, propugna este para orientar la dinámica de la globalización y la forja de un orden internacional que sea justo y pacífico.

Juan XIII, con su Mater et Magistra (1961) y Pacem in Terris (1963), apuntará, sucesivamente, a dos aspectos cruciales en su época, la vida social y el reconocimiento de los derechos y deberes de las personas, señalando, en cuanto a lo primero, el equilibrio que ha de mantenerse “entre la iniciativa de los ciudadanos y de los grupos, llamados a autoorganizarse, y la acción del Estado, que debe coordinar y sostener sin sofocar la libertad”; lo que sugiere la idea del Estado promotor. Y en lo relativo los derechos humanos, los vincula orgánicamente con la dignidad connatural de la persona, obligándose tanto el Estado como la comunidad internacional a su reconocimiento, con fundamento “en la verdad, la justicia, el amor y la libertad”.

Caminar dentro de la historia

Con la celebración del Concilio Vaticano II (1962-1965), que a distancia del tiempo aún suscita controversias, se promueve que la Iglesia deje atrás las abstracciones y se involucre con “la realidad concreta de las situaciones históricas”, observando a las estructuras institucionales y económicas según que sirvan o no “al desarrollo integral de la persona” y favorezcan “la participación responsable de todos”, como lo dispone la Constitución Gaudium et Spes (1966).

Sostiene León XIV al respecto, que dicha Constitución proporcionó un método valioso a objeto de que el diálogo de la Iglesia con el mundo no se reduzca a lo táctico, sino que se vuelva “una forma concreta de su misión”. Y ajusta que la Declaración Dignitatis Humanae (1966), enhorabuena vino a defender la libertad religiosa como “un derecho fundamental arraigado en la dignidad de la persona”.

Las dos encíclicas que siguen, de San Pablo VI, a saber, Populorum Progressio (1967) y Octogesima Adveniens (1971), una postula la idea del desarrollo integral -condiciones de vida más humanas- que atañe «a todos los hombres y a todo el hombre» en sus variadas dimensiones, siendo aquella “el nuevo nombre de la paz; en tanto que la otra, que renueva la Encíclica fundacional de la Doctrina Social de la Iglesia, traslada su perspectiva a la sociedad posindustrial y a los cambios que ya se aceleran -como las transformaciones urbanas, la modificación de lo laboral y lo cultural- poniendo en tela de juicio “el futuro de las personas y de las comunidades”.

Lo esencial es que se reivindica la fuerza del mensaje evangélico, pues si bien pasa a ser otra la circunstancia histórica, diferente a la del puente entre los siglos XIX y XX, recuerda San Pablo VI que son sus criterios los que permiten “reconocer lo que humaniza o deshumaniza”. O según la exégesis de León XIV con vistas a nuestro siglo, “para que ninguna persona ni ningún pueblo sea tratado como prescindible en los procesos de desarrollo”.

En la singladura del tiempo recorrido desde el quiebre epocal, tras descubrirse la falacia del socialismo real y en las décadas que ya frisa el siglo XXI, y mientras la acción de los añejos sindicatos cristianos y partidos políticos de raigambre humanista cristiana que luchaban contra la explotación del hombre por el hombre ha quedado como pieza de museo, el alerta de León XIV a propósito de la revolución digital y de la IA no se hace esperar: “No deben subestimarse las formas más sutiles de dependencia vinculadas a la economía digital…, donde las plataformas y los servicios están diseñados para captar el tiempo y la mirada de los usuarios, explotando sus fragilidades y debilitando la libertad interior”.

Las enseñanzas sociales de San Juan Pablo II resultan de mucho peso en tal orden, dada la encrucijada que le toca y marca la crisis de los grandes sistemas ideológicos del siglo XX e inicios de la globalización. A sus encíclicas las transversaliza la idea de la solidaridad y dos de ellas, Laboren Exercens (1981) y Centesimus Annus (1991), son conmemorativas de la Rerum Novarum que marca la deriva secular de la Doctrina Social de la Iglesia. La primera resitúa la significación del trabajo -que deja de ser costo de producción, problema de gestión, o medio para obtener ingresos- estimándolo como el elemento que pone en juego a la libertad, la creatividad y la capacidad de cada hombre para cooperar, “contribuyendo a la elevación cultural y moral de la sociedad”.

Mal cabe, así, según León XIV, evaluar al trabajo “únicamente en términos de eficiencia”. De allí que, entienda el Papa polaco, en su otra encíclica, que la democracia y la economía de mercado son las garantías de la participación ciudadana mientras se subordinen a la ley moral, sin sacrificar a los más débiles en aras de la lógica del lucro.

En Sollicitudo Rei Socialis (1987), conmemorando la Populorum Progressio de San Pablo VI, que media entre las dos señaladas con anterioridad, dirigiéndose a la comunidad internacional San Juan Pablo II la interpela sobre la importancia del juicio ético riguroso y no sólo técnico de los mecanismos económicos y financieros gestionados por las grandes potencias. Pide hacer prevalecer “una forma de amistad social”, de solidaridad, entendida como corresponsabilidad entre las personas, los pueblos y las naciones.

Benedicto XVI, su sucesor y previamente su Prefecto de la Congregación de la Fe, desde su denso pensamiento teológico y filosófico reinterpreta el concepto de desarrollo planteado en Populorum Progressio, para pedir se le concilie con “los límites de la creación”. No solo eso, sino que advierte la emergencia de nuevas formas de exclusión en los países ricos mientras que, en los pobres, aparecen sectores de fuerte consumismo conviviendo con la miseria deshumanizante. Destaca, seguidamente, el marco de esa movilidad de capitales globales que “ha reducido el poder político de los Estados”. Enseña, en fin, que la lógica del mercado debe orientarse por el bien común, sin sustituir la responsabilidad necesaria de la “comunidad política”.

León XIV recuerda que el gran aporte de Papa Ratzinger a la Doctrina Social de la Iglesia fue “mostrar que el desarrollo, la justicia, las instituciones y el mercado no son realidades neutras”, sino “espacios en los que la caridad en la verdad debe tomar forma histórica”. También que destacó la importancia de recomponer la relación entre la política y la economía a la luz de dos paradigmas, el bien común y “reconocer a la caridad un papel crítico y generativo en la vida pública. Lo que exige, en otras palabras, reconstruir la confianza en una hora de desestructuración de los sólidos culturales, de culto al relativismo y de perturbación de las distintas formas de relación social y política entre los hombres.

El patrimonio intelectual único que ofrece el magisterio social de la Iglesia, según reza Magnifica Humanitas, se resume en la dignidad de la persona, el valor del trabajo, el destino universal de los bienes, la solidaridad y la subsidiariedad, el cuidado de la creación, la centralidad de la paz, y la fraternidad; que, en palabras de Francisco (Fratelli Tutti, 2020), significa la “cultura del encuentro” y “una mejor política” capaz de ofrecer un mundo que garantice “tierra, techo y trabajo para todos”.

(III)

La encíclica Rerum Novarum, situada en el vértice entre los siglos XIX y XX, es el punto de partida de la doctrina social de la Iglesia. Relanzada por la Quadragesimo Anno, ejerció una importante influencia promotora como astrolabio de los sindicatos católicos y los partidos demócrata cristianos que cubrieran la experiencia del siglo XX, hasta sus declinaciones por obra del «quiebre epocal».

El cristianismo, lo explica el político e intelectual Rodolfo J. Cárdenas, autor de El humanismo cristiano (1992), “concibe un humanismo histórico” también integral, pues “ni la historia deviene sin el hombre ni el hombre sin la historia” a la vez que “concibe y defiende al hombre total, corpóreo y moral, material y espiritual, real tanto en lo físico como en lo intelectual. Por cuanto concibe a todos los hombres sin excepción”. Es decir, es integral el humanismo por cuanto es “abierto, penetrable hacia lo absoluto trascendente”, según Cárdenas. O, como bien lo explica su prologuista con fina vena literaria, el demócrata cristiano y expresidente venezolano Luis Herrera Campíns, “el cristianismo es una realización humanista y el humanismo, en su más recta concreción, es una realización cristiana. El hombre está en el centro. Su trascendencia lo hace superior en todo sentido a las demás criaturas, pero no para despreciarlas ni menguarlas en su significación, sino para asignarles su puesto, su nivel ontológico, su categoría”.

León XIV, sin perjuicio de lo anterior y de su validez como criterio, al tratar sobre los fundamentos y principios de la Doctrina Social de la Iglesia en su encíclica Magnifica Humanitas y al pedir, otra vez, “encarnar el amor de Dios en la trama concreta de la historia”, en el tiempo de la IA, alienta a las academias y las universidades a revitalizar tales principios, los del humanismo integral, “reconsiderándolos de forma que se adapten a los tiempos actuales y sean eficaces para afrontar la revolución digital”.

Se trata, en suma, de una tarea que, en el siglo XXI, trasvasa las fronteras sindicales y partidarias para que el diálogo con la historia -con las ciencias y la cultura- sobre ese “núcleo de verdad que no declina” y desde ese marco de sabiduría que representa la Doctrina Social de la Iglesia, oriente a todos los creyentes, en lo personal y en lo social, en el esfuerzo colectivo de “hacer más justa y fraterna la vida de nuestras sociedades”, según lo propone el Obispo de Roma.

Los tiempos son otros, no sólo son nuevos. Comprometen y desafían a la ontología, bajo la cultura del relativismo, la pulverización de lo social, el desarraigo nacional y su más peligrosa deriva, la vida al detalle instantánea, negada al compromiso con las viejas y las subsiguientes generaciones. De donde las formas de la experiencia social y política acaso deban ser otras sin que se renuncie a la esencia de lo humano.

Una revisión al vuelo de la elipse que media entre el papado de León XII y León XIV, vista desde la plaza pública y de la inserción en esta de los partidos de raíz cristiana, nos muestra que ellos mismos respondían a realidades temporales propias. Pues si cierto es que ya en el siglo XIX y en su segunda mitad se cuenta con partidos de tradición liberal -liberales, radicales, conservadores, moderados- inspirados en la revolución industrial burguesa como en la ilustración francesa (empirismo inglés, racionalismo, iluminismo), y en su otro ángulo se sitúan los de inspiración comunista o socialistas marxistas, excluyéndose a los del radicalismo de derecha o fascistas, los de inspiración cristiana emergen en un punto x distante de éstos y de aquellos, con peso especial los de orientación católica.

Tanto como la base social de actuación de los partidos liberales lo fueron, entonces, la burguesía urbana, clases medias, las propiedades del campo y todo aquello que transforme los bienes en capital para el desarrollo -se erró al culpárseles de las desviaciones del capitalismo-, los partidos demócrata cristianos pusieron su énfasis en la componente popular, en los estratos menos privilegiados de la población ante la dramática explosión de la revolución industrial; que, como lo hemos dicho y lo recuerda ahora la encíclica de León XIV, es el contexto de las cosas nuevas que dan pie a la doctrina social de la Iglesia.

Empero, sin desviarnos de la razón de estas apuntaciones, el momento histórico de cada partido de inspiración cristiana, dominantemente católica, fue asimismo variable, incluso conscientes de la especificidad que a todos les aproximaba, a saber, ofrecer una visión distinta, la del ser, por oposición al punto en el que convergen los liberales y los marxistas, el materialismo y/o la experiencia del tener.

El embrión del partido católico alemán -el Zentrum- se adelanta a los tiempos al observar la emergencia de un socialismo de dependencia marxista, incluso criticado por Marx al advertirlo como un sincretismo entre la asociación de trabajadores alemanes (ADAV), de estirpe lassalleana y el partido socialdemócrata obrero (SDAP) durante el Congreso de Gotta en 1875. Sus fundadores, los del Zentrum, adelantados en cuanto a las enseñanzas posteriores la Doctrina social de la Iglesia y del ala evangélica (Reichensperger, Von Mallinckrodt y el Obispo Wilhelm Emmanuel Ketteler), fijan como sus líneas: “cristianismo ante la indiferencia religiosa, empeño religioso y de derecho natural frente al maquiavelismo de Estado, responsabilidad social ante el manchesterismo invasor, y derechos históricos de los estados singulares frente a la expansión imperial prusiana. El Zentrum, así, logró forjarse, bajo distintos nombres sucesivos, como uno de los partidos fundamentales de Alemania hasta el presente.

En Italia, donde gobernó la democracia cristiana desde 1945, finales de la Segunda Gran Guerra hasta 1981, en una primera etapa, tanto como ocurre en Francia, los católicos se muestran adherentes a la monarquía y no reconocen al Estado italiano unitario que surge en 1861 bajo la monarquía de los Savoia. La Iglesia de Roma, entretanto, se opone hasta cuando inicia el siglo XX a la presencia de los católicos en la política, por vía de partidos o movimientos que se identificasen como demócratas y católicos. Así lo fue hasta que en 1919, el sacerdote siciliano don Luigi Sturzo, un eclesiástico de Caltagirone, funda el Partido Popular, el primero de tesitura demócrata cristiana animado por la idea de reivindicar el principio electoral de la extensión del voto a todos los estratos y de representación democrática proporcional, lo que le permitió hacerle frente a la onda socialista que emergió al concluir la Primera Guerra Mundial. Eran otros tiempos

Lo distinto y novedoso en el hoy es la severa perturbación de la democracia, sobre todo de la libertad natural de la persona humana, en cuya defensa y para cuya defensa se aproximan de conjunto las diversas tendencias separadas antes por las ideas y las ideologías. Redescubren, ante la emergencia de los autoritarismos iliberales, la importancia de salvaguardar y renovar como principio ordenador transversal -nominalmente declarado en 1945 y sucesivamente ahogado por el Estado y por los Estados- al de la dignidad eminente de la persona humana, centro de la historia y del cambio epocal.

“Su dignidad no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede”, observa el pontífice al presentarnos el primer elemento en el que se funda, con vistas al mundo de lo digital y de la IA, la doctrina social, a saber, la de la dignidad del ser humano, imagen de la Trinidad. Es este el “camino primero y fundamental de la Iglesia y el corazón de toda auténtica vía de desarrollo humano integral”, reza Magnifica Humanitas.

Los principios cardinales del humanismo cristiano

La dignidad y la igual dignidad de la persona y de todas las personas destaca por su valor ontológico -más allá de la dignidad moral, social, o existencial- y se sobrepone más allá del pecado, del fracaso y “ninguna exclusión puede afectar el valor profundo de una vida humana”, según la encíclica. Es la adquisición positiva de la cultura moderna, dice Juan Pablo II, y no puede ser ofuscada por ideologías o intereses de poder. Es unicidad y respeto al camino de la conciencia, por lo que le asigna valor a los derechos y deberes universales e inviolables de toda persona. Y “es infinita” esa dignidad, ya que “aun buscando hasta el infinito, nunca se encontrará nada que pueda suprimirla o negarla.

Los derechos humanos que de ella se desprenden, por ende, “no son un añadido externo a la persona, sino una traducción histórica de su dignidad intrínseca; por lo que, siendo inviolables, inherentes, universales e inalienables, comportan consecuencias prácticas y efectos jurídicos. El primero de todos, lo proclama Magnifica Humanitas “es el derecho a la vida, desde la concepción hasta su fin natural, sin el cual es imposible ejercitar cualquier otro derecho”. Hoy los amenaza su “declaración puramente formal” y “el progreso tecnológico”, observa León XIV. Lo que es más grave, al estarse perdiendo o renunciarse a sus fundamentos, se deja de reconocerlos o tutelarlos bajo el consenso de poblaciones que viven aterrorizadas, por lo mismo sujetas a manipulación, desde las redes y por los traficantes de ilusiones. “No basta con exaltar a la libertad… si después se acepta que una multitud de personas siga viviendo sin un trabajo digno, sin tutelas y sin acceso a los bienes fundamentales”, es la prédica del Papa.

Cinco principios que se derivan de la igual dignidad de la persona y de todas las personas reclaman, pues, ser relanzados y analizados, mediante sus relecturas, al objeto de conjurar las amenazas y atender a los desafíos de las cosas nuevas, es lo que propone la encíclica. Ellos son el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad, y la justicia social. Todos, interactuando y siendo interdependientes, han de configurar la base de actuación en la historia de quienes adhieren a la tradición judeocristiana de Occidente.

El bien común es un valor no negociable -lo recuerda Benedicto XIV – como tampoco es una suma de intereses. Es un plus o bien mayor referido al conjunto de condiciones sociales que hacen posible que los cuerpos intermedios y cada persona alcance su propia perfección. Es fruto de la interdependencia, de la cultura del encuentro, en suma, es el proceso que favorece el consenso que le da vida al pueblo, o es, diríamos, el que hace posible la existencia y la conciencia de nación. Es el odre en el que se cuece la legitimidad de los valores y proyectos compartidos y obra del reconocerse los unos a los otros, volviéndoles a todos corresponsables de la res publica.

En cuanto al destino universal de los bienes, significa este no la abrogación de la propiedad privada, que además de tener sentido es un medio para la custodia y administración de bienes “de manera que puedan servir mejor al bien común, en otras palabras, que no sea un obstáculo para burlar la correspondencia universal de los bienes materiales e inmateriales, pues “Dios ha dado la tierra a todo el género humano”, precisa la encíclica.

Se apoya esta en San Juan Pablo II para señalar que se trata del “primer principio de todo el ordenamiento ético-social”. Sin embargo, actualmente se apunta a lo que resulta más complejo y preocupa a la doctrina social, a saber, las nuevas formas de propiedad derivadas de la revolución digital y de la IA, como los algoritmos y las plataformas o infraestructuras tecnológicas, concentradas en manos de unos pocos “sin adecuadas formas de intercambio y de acceso”.

La subsidiariedad, como siguiente principio recordado por Magnifica Humanitas y ya precisado por el magisterio inaugural de León XIII, en cuanto a que “ni la persona ni la familia deben ser absorbidas por el Estado”, viene a significar, mejor aún, que “la organización social” debe respetarla para asegurar que toda persona sea “la protagonista de su propia vida” y de su participación “en la construcción de la sociedad”. Implica, de suyo, el rechazo de las formas paternalistas y asistencialistas de la vida social, y la promoción de la corresponsabilidad. Y aquí, de nuevo, León XIV apunta preocupado a lo novedoso, a saber, que ya no es el Estado el que busca ahogar al individuo y a sus formas de asociación intermedias, sino el “gran actor económico y tecnológico que ejerce un poder fáctico en las condiciones de la vida común”.

Seguidamente hace interactuar al principio de la solidaridad con los de subsidiariedad y de bien común, que, a su vez, San Pablo VI, radica en la fraternidad humana; cuestión que aborda Francisco en su encíclica Fratelli Tutti (2020), de la cual derivan “las obligaciones de solidaridad, justicia y caridad”. Nace dicho principio -lo expresa Magnifica Humanitas– “de la visión de persona concebida por la fe”, es decir, que “todo ser humano es creado a imagen de Dios e incorporado a una red de relaciones que lo vinculan a los demás, a los pueblos y a la creación”.

Su enseñanza, con vistas a la cuestión digital y de la IA, es que existe una “solidaridad de hecho” al unir las redes, en tiempo real, a personas y comunidades de todas partes del mundo”. Mas advierte León XIV que esa forma no significa solidaridad plena, mientras no se convierta en “una decisión consciente”. Y, ciertamente, la experiencia corriente indica que la interacción humana imperante parte de la incidencia directa de las grandes plataformas digitales sobre el mundo de los sentidos, apagando a la razón, haciéndola declinar.

Finalmente, en lo relativo al principio de la justicia social, que reclama de mucha atención pues expresa “una forma concreta de seguimiento” de las enseñanzas evangélicas en el plano de la historia, cabe decir con León XIV que se reconoce “por la capacidad de un orden social, económico y político que permita a todos -en particular “a los más frágiles” dentro de la sociedad- vivir de manera realmente humana”. Trasvasa, pues, al comportamiento individual y apunta de modo directo a la forma en la “que son concebidas y organizadas las estructuras de la convivencia”, no sólo las políticas. Más allá de las buenas o malas decisiones, pueden producir desigualdades automáticas, una “cultura del descarte” como la llamara Francisco. Y si bien San Juan Pablo II apuntaba a la “opción preferencial por los pobres”, el Papa le abre el vértice a las cosas nuevas.

La justicia social debe cumplir como función, afirma, “recomponer los vínculos rotos”, no sólo corregir las injusticias presentes, sino avanzar hacia su “dimensión reparadora”. Se trata de la “sanación de la memoria colectiva” y el sostenimiento de quienes todavía cargan a cuestas “las consecuencias de agravios sufridos en el pasado”. Podríamos sintetizarlo en las ideas de la memoria, la verdad, y la justicia.

A dos planos avanza la reflexión de la doctrina social de la Iglesia con miras a lo actual, destacando, por una parte, las formas de exclusión de las redes globales -falta de acceso a la tecnología digital, su uso para la vigilancia invasiva, algoritmos opacos que reproducen prejuicios y discriminaciones, desinformación o FakeNews- que, privilegiando el beneficio atentan contra la dignidad humana; por la otra, la situación de los migrantes -que se trata desde los polos del miedo y la fraternidad- negándoseles, en doble vía, el derecho de “formar parte activa de las sociedades que las reciben” y el “derecho a permanecer en la propia tierra en paz y seguridad”, resolviéndose las causas profundas que obligan a migrar.

En nuestro prólogo a la obra de Rafael Caldera, Justicia Social Internacional (Cyngular, 2015), destacamos lo que conceptualmente precisa este al recordar que “no se trata de arremeter contra los que tienen más para quitárselo y dárselo a quienes tienen menos”. Implica mejor, en su criterio, “la actitud de responsabilidad personal en el ejercicio de las libertades frente a los otros”. Y destaca el fallecido expresidente la interrelación del principio bajo examen con el del bien común: “El bien común es la finalidad; la justicia social es la norma, es la regulación de actitudes, de conductas y de situaciones para lograr el bien común”. Es lo que León XIV, justamente, subraya al referirse a la organización de las estructuras para la convivencia.

En suma, el conjunto de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, enhorabuena renovados por Magnifica Humanitas, exigirá, por una parte, de la ejemplaridad eclesial. Reclama León XIV “un examen de conciencia para la Iglesia, casa y escuela de comunión, siempre llamada a verificar que los principios expuestos … se vivan sobre todo en su interior”. Y por la otra “verificar si el poder de las infraestructuras digitales y de los algoritmos -dentro del ecosistema global emergente y dominante- favorece realmente la participación y la responsabilidad, protege a los más vulnerables, asegura un acceso equitativo a las oportunidades y se ordena al bien de todos”.

Cita este artículo

Aguiar, A., (2026, junio 24). Magnífica Humanitas. Parte I. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/magnifica-humanitas-parte-i/

 

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Revista Forja para el Bien Común núm. 57, junio 2026

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