En un mundo saturado de discursos, de palabras vacías, de promesas sin compromiso y de mensajes cuidadosamente construidos —muchas veces ahora incluso desde la inteligencia artificial para que suenen correctos y creíbles—, esta frase resulta incómoda. Y lo es porque encierra un valor al que, poco a poco, hemos dejado de dar la importancia que merece: la coherencia.
El poder de hablar con el ejemplo
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