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La ley, sin duda, es un instrumento necesario y eficaz para hacer justicia. Pero no cualquier ley. El ordenamiento jurídico requiere, también, ser justo. Y para ser justo no resulta suficiente que sea elaborada y aplicada por quien tiene facultad de hacerlo, sino que en sus términos y en su finalidad busque el bien de las personas de manera equilibrada y por igual para todos. La ley justa no lo es porque sea aprobada por una mayoría de legisladores en un Congreso.
Cuando la democracia logró su auge luego de la caída del totalitarismo soviético, el mundo creyó estar cerca de la «tierra prometida», pero la democracia no termina de ser comprendida en su sentido más amplio como la posibilidad de aportar al bien. Aunado a ello, el ejercicio de la política, incluso en países democráticos, ha olvidado su propósito: el Bien Común.
La izquierda socialista se ha instalado en varios países, y a pesar de los nuevos fracasos, más animados por resentimientos que por la razón, los electores van dando el triunfo a quienes ondean las mismas propuestas fracasadas una y otra vez.
El socialismo latinoamericano, ante el fracaso de su ortodoxia, está adoptando rostros distintos como el indigenismo en Perú, el sandinismo en Nicaragua o una aparente transformación nacional en México.
Pese a los increíbles avances producidos en últimas épocas, la violencia, el descarte y los conflictos no parecen pacificar y mejorar al mundo. Se necesita reducir la velocidad y reflexionar qué razones nos trajeron a este mundo.
Bajo sutiles argumentos de sanidad o en claros desplantes autoritarios, gobiernos de distintas esferas e ideologías atacan la libertad religiosa y con ellos rompen los cimientos democráticos de una convivencia respetuosa.
En aras de supuestas mayorías, de un falso laicismo o de una corrección política, libertades democráticas, como la de expresión y religiosa, son atacadas en diversas partes del mundo.
Al poner al alcance indiscriminado el poder de la comunicación en quienes la manejan por capricho, intereses, irresponsabilidades o con el afán de dominio y sometimiento de aquellos a quienes los medios sin fronteras puedan alcanzar, ha generado despreocupación o indiferencia respecto de la búsqueda de la verdad. Esto ha llevado a que se afirme, con toda tranquilidad, que vivimos en la era de la posverdad.
A la institucionalización de la posverdad contribuyen quienes desde el inicio de la educación hasta los más altos niveles universitarios, han hecho del subjetivismo y el relativismo su herramienta más frecuente.
La democracia está en riesgo: amparados en mayorías electorales se imponen ideologías y regímenes contrarios a la propia democracia.
La denominación de la nueva época no puede ser unívoca, pues no reflejaría la tendencia actual donde se deforman principios para justificar las propias acciones. Es la hora de buscar y reafirmar la Verdad. Insistir, una y otra vez, en los primeros principios, en los valores humanos y en la necesidad de una convivencia social orientada hacia la búsqueda del bien común.



