Hay una escena que se repite en casi cualquier conversación política. Cuando una acusación alcanza a quienes rechazamos, pedimos explicaciones inmediatas, investigaciones y consecuencias. Cuando un señalamiento semejante toca a quienes sentimos más próximos, aparecen la cautela, el contexto y la presunción de inocencia. Esas cautelas son necesarias. El problema comienza cuando solo recordamos su valor de un lado de la discusión.

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